Tecnófilo hizo sus estimaciones mentales acerca de cuánto podría resistir haciendo ejercicio físico al accionar la armadura, sin el pellejo de aire comprimido, y sus cálculos en el mejor de los casos no fueron optimistas. De manera que optó por la retirada. Utilizando los balines de los cañones en los brazos, retrocedió poco a poco, mientras los trípodes se conformaban con disparar. Afortunadamente, la piedra laja lunar seguía tan resistente como de costumbre al rayo calorífico de los trípodes.
–Perdona, Kelennia…– dijo Tecnófilo, y cogió a la princesa con un brazo, listo para salir corriendo.
–¡Su Supremacía!– gritó ella.
–¡No es tiempo para protocolos!– gritó Tecnófilo.
Y teniendo bien asida a la princesa por su cintura de avispa, corrió con ella por las calles. Desafortunadamente, un trípode lo emboscó en una esquina y le disparó por la espalda. Por alguna razón, la piedra laja no resistió bien, y se rompió en dos: el impacto arrojó a Tecnófilo contra una pared de cristal, que medio derretida por el intenso calor, se rompió como si estuviera hecha de caramelo.
Tecnófilo miró a su alrededor y cogió una mesa sobre la cual había una cantidad desordenada de papeles, mientras un hombrecillo también de piel azulosa contemplaba la escena con horror e incredulidad, y chillaba y chillaba y chillaba… Bien asida la mesa, Tecnófilo la arrojó contra el trípode que se asomaba por la abertura. Este, actuando por reflejo, disparó el rayo calorífico, que incendió la mesa en el aire, convertida así en un bólido que chocó contra su único ojo. Tecnófilo entonces pateó con desesperación, hundiendo los restos de la mesa en llamas contra el ojo. Se escuchó un horrible alarido dentro del trípode, y éste cayó lentamente de espaldas, con su ojo humeando.
–¿Qué diablos dice ese hombrecillo que se está mesando los cabellos?– preguntó Tecnófilo.
–Se está quejando porque han quemado sus planos de diseños de agujas cristalinas.
En ese minuto, toda la estructura cristalina empezó a resquebrajarse, y aparecieron quemaduras negras en algunos puntos. En cuestión de segundos, todo se encendió. Tecnófilo y Kelennia salieron corriendo. El hombrecillo siguió chillando, cayó una estructura de cristal encima suyo, y se quedó ardiendo en las llamas.
–Nos veremos en la otra vida– dijo Kelennia.
–¿Otra vida?– preguntó Tecnófilo. –¡No hay otra vida…! ¡”Cuando la máquina perece, preciso es también que perezca el alma”!
–Quizás eso valga para los terrestres– dijo Kelennia. –Pero los marcianos creemos en la reencarnación– explicó Kelennia. Y luego se dirigió hacia el hogar ardiendo, con el hombrecillo que dibujaba edificios de formas geométricas enroscadas perdido en su interior: –Adios, Gaudí, viejo amigo.
En ese minuto aparecieron más trípodes en el horizonte. Tecnófilo empezaba a sentir los efectos de la lucha en sus propios pulmones, no acostumbrados a la delgada atmósfera marciana. El fuelle que se había fabricado para tener aire comprimido, estaba ahora casi por completo vacío. Estuvo a punto de gritarle a Kelennia alguna frase heroica y robacorazones, de tipo “¡Huye, princesa, huye sin mí, bella ensoñación de la noche marciana, que yo los detendré mientras vos arrancáis!”, pero luego pensó muy racionalmente que si moría luchando, jamás conseguiría aparearse con Kelennia, por mucha reencarnación que hubiera de por medio, así es que prefirió quedarse callado y disponerse para luchar, y arrancar a la primera oportunidad.
Ahora Tecnófilo estaba dándoles el frente a los trípodes, de manera que los rayos caloríficos chocaban contra la placa de piedra en su pecho y no causaban un impacto significativo. Pero le obligaban a retroceder de espaldas contra una pared, y Tecnófilo se preguntaba cuánto tiempo podría aguantar así. Además, los disparos que chocaban contra la pared eran riesgosos porque podían inflamar el cristal de las mismas.
Además, el aire se le estaba yendo cada vez más aprisa.
En ese minuto un trípode más grande y robusto que los demás, de color azulino en vez del rojizo de los otros, avanzó entre el humo, las cenizas flotantes y las llamas, y se paró frente a frente contra Tecnófilo.
La tapa del trípode azulino se abrió, y una enorme criatura de piel verde y escamosa, cuatro brazos, y una ancha y siniestra mandíbula, emergió desde el interior.
–Eljus Daudrum– susurró Kelennia.
–¡Vaya, vaya, vaya! Miren esto– rio Eljus Daudrum, y Tecnófilo observó que también hablaba latín, con cierta dificultad, pero lo hablaba. –¿De dónde sacaste este juguetito…?
–¡Eljus Daudrum!– dijo Tecnófilo. –¡Deja a la princesa Kelennia en paz!
–¿Eso? ¡Ni soñarlo! Debo capturarla para contraer matrimonio con ella y legitimar así mi posición como rey de Satrapium. Y entonces… ¡ninguna fuerza de Marte detendrá mi dominio! ¡¡¡GUA-JA-JA-JA-JÁ!!!
–¡Cómo te atreves a pretender ser más malvado que yo!– gritó Tecnófilo. –¡Yo soy el más grande genio criminal de todos! Tú… Tú no eres más que un advenedizo. Tú te escondes y escudas detrás de tus hombres porque sin ellos no serías nada. En cambio, yo tengo mi inteligencia, mi intelecto. ¡Estaba solo en la Luna, y pude fabricarme esta armadura y luchar con ella! ¡Debes admitirlo, Eljus Daudrum, YO SOY EL MAYOR SUPERVILLANO DE NUESTRA ERA!
–¡Ah, bueno, si es por cuestión de títulos, entonces de acuerdo! Te concedo el título de Mayor Supervillano de Nuestra Era. Yo prefiero el título de… ¡¡¡MONARCA SUPREMO IMPERIAL DE MARTE!!! ¡¡¡GUA-JA-JA-JA-JÁ!!! Además, yo no soy un supervillano… ¡Yo soy un marciano bueno! Yo quiero la paz y la felicidad para mis súbditos. Cuando yo sea el dictador supremo y nadie pueda oponérseme, toda la sociedad marciana reunida bajo un cetro podrá afrontar la crisis de la desecación. Reclutaré a todos los marcianos sobrantes en un gigantesco ejército y los enviaré al genocidio de la Tierra. Si ganamos, colonizaremos la Tierra, y si perdemos, entonces morirán suficientes marcianos como para que el resto tenga agua y alimentos en abundancia. En cualquier caso, Marte prosperará. Y dime, ¿eso acaso eso SER MALVADO? ¿¿¿AH???
–Suena lo suficientemente malvado para mí– dijo Tecnófilo.
–¡Cómo te atreves! Es que no eres un marciano, con esa piel… naranjácea tan horrible que tienes… humano… Deberías morir como el sucio e inferior humano que eres, pero no te mataré. Tu habilidad para fabricar armaduras de combate podría serme útil. De manera que te capturaré, y también a la princesa Kelennia, y me casaré con ella… ¡¡¡GUA-JA-JA-JA-JÁ!!!
–¡Jamás!– gritó Tecnófilo. –¡Ella jamás se apareará contigo, monstruoso reptil de cuatro brazos!
–¿Aparearme con ella? ¡Pero qué asquerosidad! Yo sólo la quiero como esposa para legitimar mi reinado. ¿Engendrar huevos en su horrible vientre? No, jamás podría hacerle eso a mi fiel Finum.
Y apareció otro guerrero detrás, también de cuatro brazos, piel verde reptiliana y mandíbulas, también montado en un trípode.
–¡Ay, gracias, Eljus!
–¡Ay, gracias, Finum! Besito para ti, muac-muac-muac.
–Y besito para ti, muac-muac-muac…
–¡No! ¡Besito para ti! ¡Muac-muac-muac!
–¡No! ¡Besito para ti! ¡Muac-muac-muac!
–¡Ay, siempre quieres ser más cariñoso que yo!
–¡No, tú quieres ser siempre más cariñoso que yo!
–¡Ay! ¿Por qué siempre me tratas así? ¿Acaso no te he dado todo mi cariño, todo mi amor…?
–¡Ay, pesada, por qué siempre te quejas así…!
–¡Ay, como si no te gustara quejarte cuando estamos juntos…!
–¡Ay, sí, Eljus, me gusta mucho! ¡Háceme quejarme!
–¡Ahora no, que estamos en medio de una guerra, estúpida!
–¡Ay, pesada, siempre estás muy ocupada!
–¡Estoy tratando de conquistar Marte! ¿Vale? ¡Es tarea de tiempo completo esto!
–¡Marte, Marte, Marte! ¡Siempre Marte! ¡Estoy cansada de tu estúpido Marte!
–¡Es también TÚ estúpido Marte! ¡Es el Marte de todos!
–¡Ay, y por todos no tienes tiempo para mí!
–¡Ay, por qué…! ¡Por qué…! ¡Por qué siempre tienes que ponerte así en cada campaña militar! ¿Acaso no te regalo lo mejor de cada botín que saqueamos?
–Ay, sí, lo mejor, sí, claro, por supuesto, como ese collar de perlas que me regalaste… ¡Puaj, que horrible!
–¡Perra malagradecida, pero me dijiste que te había gustado…!
–¡Ay, sí, tengo que decirte eso porque o si no te enojas y estás enfurruñado durante tres días! ¡Ordenaste matar a quinientos prisioneros de guerra la última vez que te enojaste así conmigo…! ¡Eres un bruto, un salvaje! Te odio, perra…
–Claro, sí, a ti no te gusta que yo sea un bruto y un salvaje…
–Bueno… Sí, un poquito…
–¡Un poquito! ¡Te lo voy a dar bruto y salvaje a la noche, ya lo verás!
–¡Ay, sí, bueno ya!
–Te voy a hacer mi perra.
–Ya SOY tu perra.
–Ya, mi perra, venga para acá y…
–¡¡¡BAAASSS…!!! ¡¡¡TA!!!– gritó Kelennia, fastidiada. –¡Qué! ¡Van a capturarnos de una buena vez o qué!
–Eh… Ah… ¡Sí, claro, capturar a la princesa!– dijo Eljus Daudrum. –¡Captúrenla! Y tambíen al terrícola.
–Claro, tenías que recordárselo– dijo Tecnófilo.
Un rato después, en medio de las ruinas de la principal ciudad de Satrapium, que por flojera topográfica también se llamaba Satrapium y punto, Tecnófilo y Kelennia estaban convenientemente amarrados como prisioneros de guerra, en el interior de una celda móvil. Tecnófilo aprovechó de contemplar las prominentes formas de Kelennia enfundada en su corset, bellamente amarrada con las manos en la espalda. De tarde en tarde, Kelennia hacia algún intento desesperado por zafarse, y en esos intentos su hermoso cuello azulino lucía aún más estirado e indefenso, y por lo tanto, más sensual si es que cabía.
–Muy bien, Tecnófilo, tú eres el amo de las ideas aquí. Dime ahora cómo nos fugamos.
–¿Fugarnos? ¿Quién se va a fugar?– preguntó Tecnófilo. –Ahora tengo empleo como fabricante de armamentos para el principal militarista de Marte… Militaristas e imperialistas son buenos clientes, ¿sabes? Pronto conseguiré mi libertad… ¡Y seré el amo de Marte! ¡¡¡GUA-JA-JA-JA-JÁ!!!
–¿Entonces no lucharás a nuestro lado, con el Bien y la Justicia?– preguntó Kelennia, entristecida.
–¿Con el Bien y la Justicia? ¿Yo? ¡Pero si me fugué de la Tierra para poder comenzar en otra parte porque el Bien y la Justicia no me dejaban en paz en la Tierra! ¿Te hablé alguna vez de un tal Marbod el Bárbaro…? Tipo fastidioso, fíjate tú que en tres ocasiones…
–¡Pero acá no existe el Bien y la Justicia porque el Mal y la Injusticia están triunfando! ¡Tú podrías ser el Bien y la Justicia si lo quisieras!– protestó Kelennia. Ahora, ya no era la altiva y arrogante princesa marciana quien hablaba, sino una pobre y desamparada mujer necesitada de auxilio.
–Pero… princesa…
–Tecnófilo… Por favor…
Tecnófilo miró profundamente a la chica de piel azulada, y miró en lo más hondo de los ojos negro azabache. Había una tristeza infinita e inconmensurable en ellos, una tristeza como sólo un marciano es capaz de sentirla. ¿Valdría acaso la pena…? Tecnófilo recordó sus días de infancia, en que sus compañeros se burlaban de él porque era el más aplicado de la clase y se sabía bien que para todo triángulo rectángulo es válido que “alfa al cuadrado más beta al cuadrado es igual a gamma al cuadrado”, en donde alfa y beta son los catetos y gamma es la hipotenusa. Recordó los días en que se había hecho supervillano para conquistar el Imperio Romano y darle una lección a todos quienes se habían burlado de él. Y habría tenido éxito si no fuera por Marbod el Bárbaro, quien en cada ocasión lo había combatido y había burlado sus más mortíferas trampas mortales… ¿Cómo era posible que el músculo bruto pudiera triunfar sobre el delicado cerebro?
Además, no se sentía ni un poquito celoso ni obligado a rescatar a Kelennia porque, después de todo, el matrimonio del supervillano Eljus Daudrum con la princesa sería uno de mentirijillas, ¿no?
–Lo siento, princesa– dijo Tecnófilo.
Una lágrima furtiva se salió del ojo de Kelennia, y rodó por su mejilla. Ya ni siquiera luchaba por tratar de zafarse las manos, de manera que se quedó con la espalda apoyada contra la pared de la celda móvil, respirando hondo para no derramar más lágrimas, toda altivez y gracia. Tecnófilo bajó la cabeza.
Cuando la celda móvil se abrió, Tecnófilo y Kelennia fueron bajados del vehículo. Ahora estaban en una isla. Tecnófilo echó un vistazo alrededor. Podía verse a cierta distancia la costa, que probablemente fuera el gigantesco continente marciano. La isla misma era un peñón más o menos desolado, en donde un grupo de marcianos de piel azulina se aplicaban al trabajo de reconstruir unas ruinas cristalinas, bajo el látigo de un grupo de reptiles verdosos de cuatro brazos con sus feroces mandíbulas sonriendo.
–Supongo que estamos en medio del lago Alkbar, ¿no?– preguntó Tecnófilo.
–Esta es la Isla de los Mil Demonios de la Perdición. Fue una fortaleza en los tiempos antiguos de Marte, pero cuando Satrapium creó la confederación de ciudades marcianas y la paz reinó, se hizo innecesario mantenerla y acabó en ruinas. Ahora, Eljus Daudrum la está reconstruyendo para convertirla en su bastión inexpugnable, el centro de su imperio. Porque nosotros gobernábamos por la paz, mientras que él quiere gobernar por el terror. Y tú le ayudarás a ganar, Tecnófilo.
–Bueno… ¡Tienes tu merecido por ser tan arrogante, princesa! Por haberme tratado mal… ¡Sí, eso es! Por no haber sabido tener RESPETO por mi magnífica mente criminal! ¿Ya ves…? Ahora estoy con los vencedores.
–Espérate a que empecemos a ganar nosotros. Si ganamos sin tus máquinas de guerra, entonces nos serás inútil. Te devolveré a los lunáticos para que te despellejen y se devoren tu piel mientras tus ojos están mirando y tus músculos se desangran– dijo Kelennia.
–Uh… Tienes algunas extrañas fantasías sexuales conmigo, ¿no, Kelennia…?
–¡¡¡HMPF!!!– restelló Kelennia.
En ese minuto se acercó Eljus Daudrum.
–¡Pero qué haces con este adefesio de piel azul, humano! Mira, qué asco… Azul… Vamos, Tecnófilo, tenemos cosas que hacer. Cosas… importantes… qué hacer.
Y Eljus Daudrum puso uno de sus brazos superiores sobre el hombro de Tecnófilo, y el brazo inferior correspondiente en la cintura de éste. Cuando Tecnófilo intentó soltarse, descubrió que estaba firmemente aferrado.
Eljus Daudrum se llevó a Tecnófilo a sus aposentos privados.
Un par de horas después, Tecnófilo estaba lavándose desesperadamente la boca. Para su fortuna, aquellos reptiles no tenían genitales, de manera que su trasero seguía intacto.
En ese minuto apareció por detrás otro reptil.
–Eljus, mira, si tú y yo vamos a ser amantes, entonces quiero que… Er…– soltó Tecnófilo, dándose vueltas e interrumpiéndose… –Tú no eres Eljus.
Era Finum el que estaba ahí.
–¡Con que teniendo algo con MI reptil! ¡Yo te voy a enseñar, perra…!– gritó Finum, y se lanzó con sus cuatro portentosos brazos contra Tecnófilo.
Este consiguió esquivar a duras penas, descubriendo de paso que estaba acostumbrándose al delgado aire marciano y podía moverse con mayor rapidez sin perder el resuello. Pero uno de los cuatro brazos de Finum se agarró a la pierna de Tecnófilo y no lo dejó irse. El humano pateó con desesperación, pero en vano.
–¡Te mataré, perra!– gritó Finum.
Tecnófilo trasteó desesperadamente en su cinturón, en donde había guardado unos hierbajos urticantes que había recolectado en la Luna, sin pensar demasiado bien en qué podían servirle. Ahora tenía la oportunidad de averiguarlo. Rogando porque funcionara, abrió el frasco y le arrojó el contenido a la cara de Finum.
En el paso del tiempo, las hierbas medio se habían secado y se habían hecho polvo, y ese polvo quedó más o menos suspendido en la atmósfera, metiéndose a los ojos de Finum, su único punto vulnerable a tal clase de ataque, por otra parte protegido por su piel reptiliana. Un horrible alarido salió de la garganta del cuatro brazos, y se empezó a restregar, con lo que el efecto urticante, lejos de marcharse, se hizo aún más profundo.
Tecnófilo corrió por el palacio semicristalino, mientras un semiciego Finum lo perseguía aullando:
–¡¡¡TE MATARÉ, PERRA!!! ¡¡¡TE MATARÉ!!!
Finum medio vio y medio sintió con el oído una puerta cerrándose. Se dio la media vuelta y fue a abrir la puerta… para encontrarse a Tecnófilo completamente embutido en su armadura.
–Noticias para ti, reptil. Ya no me afecta la delgada atmósfera marciana– dijo Tecnófilo, y disparó un balín.
O intentó hacerlo, porque descubrió, para su estupor y fastidio, que las pocas municiones que le quedaban en los dos cañones, habían sido descargadas. ¿Sería un mano-a-mano entonces? ¡Bien! Tecnófilo corrió con su pesada armadura y le descargó dos serios puñetazos en la mandíbula a Finum.
Ahora se invirtieron las tornas: era Finum corriendo por el palacio, y Tecnófilo aullando detrás:
–¡¡¡TE MATARÉ, PERRA!!! ¡¡¡TE MATARÉ!!!
Pero Finum se metió en el hangar de los trípodes. Antes de que Tecnófilo pudiera hacer nada, el trípode le atacó con todas sus fuerzas.
La piedra laja en el pecho de Tecnófilo le protegía del calor de los disparos, sin duda, pero Finum estaba aplicando toda la potencia, y con eso, el empuje del disparo obligaba a Tecnófilo a retroceder. Aquella batalla era corta y contra un solo enemigo, de manera que Finum no tenía por qué contenerse en el uso de energía para el rayo calorífico. De esta manera, empujó a Tecnófilo fuera del palacio, al aire libre, cada vez más cerca del risco en el borde del Lago Alkbar…
El rayo calorífico se acabó. Tecnófilo se dispuso a contraatacar, pero Finum, en una maniobra suicida, cargó contra Tecnófilo. En el momento decisivo se impulsó con una pata del trípode y aprisionó a la armadura de Tecnófilo con las otras dos. Trípode y armadura cayeron entonces al lago.
–¡Bien, te mueres conmigo, al menos!– gritó Tecnófilo, pero para su estupor, Finum abrió la escotilla y ascendió nadando hasta la superficie. Tecnófilo, con desesperación, descubrió que no podía zafarse ni salirse de la armadura, mientras que el agua se filtraba por las junturas: su carrera criminal acababa de esta opaca manera, ahogado dentro de su propia armadura, en un lago de un mundo alienígena, allí donde nadie recordaría para la posteridad que alguna vez Tecnófilo había sido la mayor mente criminal de su tiempo.
Próximo capítulo: “La batalla por Marte”.
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