lunes 14 de febrero de 2011

TCDM 02 - Los trípodes de Marte.

ANTERIORMENTE EN “TECNÓFILO CONQUISTADOR DE MARTE”: Dirigiéndose a tierras de bárbaros por mar, Tecnófilo se embarca en una nave que se lo lleva más allá de las Columnas de Hërcules. Pero una tromba marina levanta la embarcación y se la lleva fuera de la Tierra. Arrojado por la borda, Tecnófilo es engullido por una ballena espacial primero, liberado por unos insectoides arponeros después, y finalmente llevado a un palacio de la Luna en donde los insectoides lo exhiben como un animal de zoológico. Tecnófilo consigue fabricarse una armadura y se rebela, tratando de dar un golpe de estado, pero apabullado por la presencia de una exuberante mujer, es sobrepasado por los insectoides y derrotado

El monarca dijo algo, que Trgkptl aparentemente tradujo en su latín macarrónico:

–Ahora verás– y añadió con intención sombría: –Gusano.

Duele que un insectoide te llame gusano, pero duele aún más que los insectoides subordinados a ese insectoide en particular te proporcionen una paliza. Porque Tecnófilo había reaccionado y se trataba de defender con su ciclópea armadura, pero los insectoides, aunque no tan fuertes, eran superiores en número, y además Tecnófilo y su armadura estaban ambos derribados en el piso.

–¡Esperen!– dijo la mujer de piel azulada, corset dorado, ojos negro azabache, etcétera, ustedes que leyeron el capítulo anterior ya saben a quién me refiero. –Déjenlo.

Los insectoides se apartaron con respeto.

La mujer se acercó a la armadura.

Tecnófilo trató de medio incorporarse. Estaba adolorido en su armadura abollada, y apenas podía moverse.

Cuando estaba por fin levantándose, la mujer sacó un bastón de alguna parte, y propinó un bastonazo tan férreo contra el cuello de la armadura, que si no hubiera estado la placa de delgada piedra laja ahí, Tecnófilo hubiera podido ir despidiéndose de su tráquea. El bastón siguió ahí, impidiéndole a Tecnófilo levantarse.

–¡Quién eres tú!– gritó la mujer, hablando un latín aceptablemente correcto. Y luego, como Tecnófilo, aturdido, no acertara a responder debidamente, repitió en griego: –¡Quién… eres… TÚ!

–¿Yo?– dijo Tecnófilo, medio carraspiento y derrotado, pero recobrando su ampulosidad habitual. –Yo… soy… ¡Tecnófilo! ¡El más grande genio criminal de esta era! ¡Yo, destinado a gobernar y regir… EL MUNDO!!!

Y Tecnófilo consiguió por fin levantarse, pero varias clavijas en lo que se correspondían a la rodilla derecha de la armadura cedieron en medio de una nube de vapor lechoso, y Tecnófilo trastabilló y estuvo a punto de irse al suelo. Consiguió equilibrarse, pero al precio de cojear lastimosamente.

–¡Lo quiero!– espetó la mujer, volviéndose imperiosa hacia el rey de los insectoides.
Un insectoide se encargó de traducir, y el rey insectoide explotó en un bufido de rabia.

–Tráiganlo– dijo la mujer.

–¡Oye, tú, mujer…!– gritó Tecnófilo.

La sala entera se detuvo, y el tiempo mismo pareció congelarse. La chica se quedó quieta, muy quieta, ominosamente quieta. Se volvió con mucha, mucha, con extrema lentitud hacia Tecnófilo, y haciendo chirriar los dientes de rabia, le soltó un enojadísimo:

–¿Cómo me… llamaste…?

–Mu… jer…– dijo Tecnófilo, turulato de pronto, presintiendo problemas.

La mujer dio un salto, seguido de una vuelta en el aire hacia atrás, y cayó a horcajadas sobre el cuello de la armadura. Aplicándole un par de secos y muy precisos golpes, consiguió abrirla, y extrajo la cabeza de Tecnófilo de ella. Luego, giró la cabeza entera de Tecnófilo. Los miembros del pobre humano hicieron lo mismo dentro de la armadura, con el resultado de que se sintieron una serie de chasquidos seguidos de los chillidos de agonía de Tecnófilo: eran sus huesos y articulaciones crujiendo.

–Escúchame, insolente– dijo la mujer en voz muy baja y sibilando amenazas: –Me llamo Kelennia, y soy la Princesa del Reino de Satrapium. Pero para ti, soy… Su Supremacía. ¿Entendido?

Pero los ojos de Tecnófilo estaban fijos en la zona entre las piernas de Kelennia, porque al estar ella sentada a horcajadas sobre el cuello de su armadura, sus ojos iban rectos a la zona genital de la princesa.

–¿¿¿ENTENDIDO???– bramó Kelennia.

–Eh… eh… ¡Sí!

–Ahora, escucha bien lo que sigue. Tu talento para construir armaduras puede ser muy útil. Necesito que construyas máquinas de guerra para mi reino.

–¿Yo? ¡Jamás! ¡Desperdiciar mi genio, el genio más asombroso que el mal ha producido desde…!

–Escúchame… los insectos te van a comer vivo. Literalmente. Después de despellejarte. Por golpista. Si no me eres útil de alguna manera, te dejaré acá, para que te prepares a ser miel de larva.

Algunas horas después, Tecnófilo estaba embarcado en el vehículo de la princesa Kelennia. Era éste una especie de gigantesco dardo hecho con alguna especie de cristal que Tecnófilo nunca había observado en la Tierra, a medias traslúcido y a medias vítreo. Las paredes del dardo de cristal no estaban construidas con planchas de metal, sino que el cristal mismo parecía crecer en ramificaciones: no parecía algo construido, sino más bien… cosechado de alguna planta cristalina. Lo que tenía a Tecnófilo algo intranquilo, es que el medio de propulsión a utilizar sería… una catapulta.

–Ignition sequence activated!– gruñó uno de los pilotos del dardo de cristal, en un idioma desconocido y místico incluso hasta para ellos. –Ten! Nine! Eight! Seven! Six! Five! Four! Three! Two! One! Ignition!

Un par de recios insectoides aplicaron sus pinzas a una correa de algo que podía ser o no ser cuero, y cortando dicha correa, soltaron la catapulta. El dardo de cristal ascendió, ascendió, ascendió…

–¿Vamos hacia la cara oculta de la Luna?– preguntó Tecnófilo.

–Marte– dijo Kelennia, con una frialdad glaciar.

–¡M…! ¡Marte!– soltó Tecnófilo. ¡Guau! ¿Eres la reina de Marte o algo así…?

–No. Soy la princesa de Satrapium. Mi reino está a orillas del lago salino de Alkbar, el último de gran tamaño que va quedando de Marte. Pero mi reino ha sido invadido por las fuerzas del malvado Eljus Daudrum, el malvado señor de Askarva. Eljus Daudrum pretende conquistar todo el planeta, y después… ¡conquistar la Tierra! Es un malvado.

Tecnófilo sintió una alegría salvaje al saber de Eljus Daudrum. ¡Al fin un tipo al que sería agradable conocer! Un imperialista megalómano que les enseñaría a todos cómo se deben hacer las cosas, a saber, con mucha autoridad, opresión y fuerza bruta. Eljus Daudrum les enseñ…

Er… Ehm…

Tecnófilo miró una vez más los tersos y bien delineados muslos de Kelennia. Luego, su mirada ascendió. Los ojos de la princesa parecían a la vez fríos y melancólicos. Tecnófilo sintió la viva necesidad de consolar a aquella pobre mujer, para quien sin duda el gobierno era demasiado grande en un mundo de hombres.

–No te preocupes, mi gatichorri, que aquí está un hombre que te va a def…

El ofendido ¡¡¡BAM!!! (guantazo) que Kelennia le asestó a Tecnófilo en todo lo que se llama su cara, quizás se haya escuchado incluso en Júpiter.

Tecnófilo se sintió cohibido. ¿Qué haría? Podría unir fuerzas con Eljus Daudrum y apoderarse de Marte. Después se las arreglaría para traicionarlo y quedarse como gobernante único. O bien…

Podía ponerse de lado de Kelennia, salvar su trono, casarse con ella, y después aparearse de la manera en que Lucrecio describe que se unen los átomos en su poema épico “De Rerum Natura”: “Pero aunque concedamos ser posible, ¿su conjunción engendrará otra cosa que un pueblo numeroso de animales? Así como los hombres, los ganados y alimañas por medio de la Venus engendran hombres, fieras y ganados”…

¡¡¡BAM!!!

Tecnófilo se sobó una vez más la mandíbula, mientras Kelennia lo miraba con reprobación.

–¿Y? ¿Qué dices a lo que te pregunté, infeliz?

¿Qué rayos le había preguntado ella…?

–Er… Sí– dijo Tecnófilo.

–¡Bien!– dijo Kelennia, marcial.

–Bien… ¿qué…? Si es que… se puede… ya sabes… ¿saber…?

–Que esa armadura que produciste, la producirás para mis soldados en Marte, para que podamos resistir a la tiranía de Eljus Daudrum.

–¡Pero por supuesto que sí!– dijo Tecnófilo. –Y si queréis, princes…

¡¡¡BAM!!!

–¡¡¡SU… SUPREM…!!!

–…macía, sí, Su Supremacía, por supuesto, me corrijo, Excelenc… er… Su Supremacía, sí, eso quise decir, ehm… Pero como iba diciendo, si queréis, princ…. er, quise decir, excel… er… quise decir… Su Supremacía… si queréis os fabrico una armadura especial para vos, grande y resistente como el mundo nunca… como el mundo de Marte, se entiende, nunca ha visto… y os ayudo yo mismo a encajar en ella y usar y probarla… Tendríais que desnudaros, sí, pero es que así se maneja mejor, ya sabéis…

Tecnófilo se interrumpió y apretó muy apretados los ojos, por si le llegaba otro golpe, pero al notar que pasaban los segundos y no había un nuevo ¡¡¡BAM!!!, miró en dirección a la princesa Kelennia muy tímidamente, sin bajar la guardia. Para su sorpresa, ella estaba pensativa. Y dijo:

–Está bien…

Atónito e incrédulo, Tecnófilo intentó entonces aprovechar mejor su suerte:

–Y a propósito… ¿cómo es que hacéis para, siendo vos marciana, hablar tan bien el latín y el gr…?

¡¡¡BAM!!!

–¡Eso no te importa!

En ese minuto, el piloto anunció a la princesa Kelennia:

–¡Su Supremacía, estamos a la vista del planeta Marte! ¡Estamos preparándonos para el amartizaje!

Tecnófilo concentró su atención a través de lo que buenamente se traslucía por las paredes retorcidamente barrocas del cristal. Ahí estaba Marte, un enorme disco rojizo con dos prominentes casquetes polares de un deprimente blanco sucio, y con algunos manchones de verde y azul con nubes arremolinándose encima del Ecuador. Este salvaje contraste entre los relajantes tonos verdiazules y la apabullante monotonía del rojo en el resto del cuerpo celeste, hacían aún más abrumadora la perspectiva de aterrizar allí.

–¡Preparen las escaleras!– gritó la princesa Kelennia.

–¿Escaleras? ¿Vamos a aterrizar en el aire o algo…?– preguntó Tecnófilo.

El dardo de cristal entró a gran velocidad en la más bien raquítica atmósfera marciana, y se estrelló violentamente contra su superficie, hundiéndose en la misma y generando un cráter de respetable tamaño. El piloto, con una palanca, expulsó el motor del dardo de cristal hacia el exterior, y por el forado que quedó en la base del dardo, ahora convertido en el techo, podían verse las paredes del agujero creado por el impacto. La princesa y los suyos pusieron las escaleras en dichas paredes, y así se las arreglaron para ascender.

–Tomen nota de dónde cayó la nave– dijo la princesa Kelennia.

–Con lo enterrada que está, y con el material de que está hecho, y considerando las fisuras por fatiga de material que pude apreciar, no creo que la nave pueda tener otro uso como tal…– opinó Tecnófilo.

–No seas idiota, tomamos nota de la ubicación de la nave para después enterrar los restos y que germinen para crear más agujas de cristal que convertir en naves espaciales. O qué creías acaso, mamarracho, ¿qué las naves espaciales crecen en los árboles?

–Más bien salen de la tierra como los arbustos– observó Tecnófilo.

–¡Bien!– dijo la princesa. –¡No eres tan idiota después de todo!

La princesa y su pequeña comitiva caminaron por la planicie marciana. Tecnófilo respiró la atmósfera marciana, y observó que el aire estaba sumamente enrarecido, un poco como en las alturas de Tesalia. El suelo era de una gama de tonos que iban desde el ocre al rojizo. La atmósfera por su parte era rojiza también, aunque en la distancia, allí hacia donde se dirigían, había algunos jirones azules. La princesa explicó:

–Ese es el lago Alkbar, uno de los últimos reductos del viejo Marte. Por alguna razón, nuestro planeta se está desecando. Antes estaba lleno de bosques y fauna de todo tipo. Nuestros mares no eran extensos como el océano de leche de la Luna, o el de agua salina de la Tierra, pero el agua en las capas freáticas alimentaban a nuestro mundo. Pero desde hace unos cinco milenios, el agua ha ido desapareciendo. Los marcianos tienen sed y están dispuestos a cualquier cosa por tener agua o cultivos. Nuestra civilización se está apagando.

–¿Y no pueden hacer nada? Con la tecnología que tienen para viajar por el espacio, no me creo que…

–Eljus Daudrum cree en la fuerza. Quiere reunir a todo Marte bajo su cetro para iniciar la conquista de la Tierra, exterminar a los humanos, y colonizar tu planeta. Nosotros, en cambio, confiamos en la ingeniería social, y además en el desarrollo tecnológico que nos permita generar más agua. Hasta el momento, la alianza de naciones que lideraba Satrapium había conseguido crear grandes acueductos techados a través de los cuales transportamos el agua desde los casquetes polares de Marte hasta las regiones tropicales, pero ahora la desecación ha avanzado demasiado incluso para que eso sea una solución. Las tormentas de arena se vuelven más frecuentes y los valles fértiles quedan hundidos bajo las dunas, y la gente está desesperada.

Tecnófilo hizo un gesto de fastidio. Esperaba encontrarse con un mundo próspero y fértil, en donde la presencia funesta de Marbod el Bárbaro no le impediría conquistarlo a su antojo. Pero en vez de eso, se encontraba con un planeta moribundo, con habitantes también moribundos. Tecnófilo sería el último rey, el secundario gracioso que recita la última línea de diálogo en una obra teatral antes de que ésta se termine.

De pronto, allí donde había un color azulino en el cielo, éste comenzó a mutar en un tono rojizo, y luego un rojo oscuro, y a continuación el negro. Indiscutiblemente, era humo.

–¡Eljus Daudrum! ¡Ha iniciado la invasión de Satrapium!– dijo Kelennia.

–¡Princesa!– dijo Tecnófilo. –¡Mi armadura! ¡Habéis traído mi armadura! ¿Verdad?
Los soldados que escoltaban a Kelennia, la miraron con preocupación. Pero ella, obviando el hecho de haber sido llamada “princesa” y no “Su Supremacía”, probablemente por la gravedad de la situación, hizo un gesto mudo de asentimiento con la cabeza, y los soldados con obediencia retrocedieron hasta la nave.

Sacar la armadura empotrada dentro del dardo no fue misión sencilla, pero lo lograron. Tecnófilo la examinó acuciosamente, y se dedicó en cuerpo y alma a repararla. Finalmente pudo introducirse en ella, y utilizarla como correspondía.

O casi. Porque la gravedad marciana, mayor que la lunar, y la más o menos baja densidad atmosférica, hicieron que pronto Tecnófilo estuviera resollando con todas sus fuerzas para agarrar aire.

–¡Muévete, maldito, o yo mismo entraré ahí para moverte!– gritó Kelennia.

–¡Princesa…! ¡No sabéis…! ¡Lo feliz…! ¡Que me haríais…! ¡Si entrárais…! ¡En mi armadura…!– resolló Tecnófilo, pero su mente discurrió una idea. Usando su kit de herramientas, que portaba junto con la armadura por razones de seguridad, se fabricó un pequeño pellejo al que adosó un pequeño compresor de aire, que se alimentaría a si mismo conforme la armadura corriera hacia delante.

Tecnófilo hizo andar entonces la armadura. Con éxito.

El grupo entero comenzó a correr.

Ante Tecnófilo se presentó entonces un espectáculo como aparentemente ningún par de ojos antes había visto.

La ciudad marciana era una bella y ajedrezada colección de edificios semicristalinos, que parecían crecer desde el mismísimo suelo marciano. Estos salían desde robustas y chatas raíces y se elevaban un poco sobre el suelo, quizás treinta o cuarenta centímetros, antes de enroscarse en formas vivas y flamígeras, creciendo después hacia lo alto como enormes agujas que en su base tenían espacio suficiente para varias habitaciones, y en su cúspide servían como torreones. Las calles estaban pavimentadas con losas también semicristalinas. Aquello parecía una especie de bosque fantasmagórico, bajo una atmósfera en la que combatían los jirones azules que venían del lago, con los rojizos procedentes desde el desierto marciano tragándoselo todo.

Pero aquel paisaje estaba también poblado de estertores y humo: los gigantescos edificios cristalinos ardían refulgientes como diamantes echados a un horno, mientras eran atacados sin piedad por enormes máquinas que avanzaban como gigantescas caparazones de alguna clase de metal. Eran trípodes, máquinas de tres pies que se movían con mucha calma, implacables, calle a calle, y que proyectaban alguna clase de rayo calorífico: al contacto del mismo, el cristal de los edificios se cuarteaba y ardía como una hoja de papel. La ciudad entera estaba cubierta de cenizas, y el aire se hacía irrespirable a medida que avanzaban hacia el incendio.

–¡Su Supremacía, qué bueno habéis vuelto!– gritó un hombre también de piel azulina, éste anciano y barbado. –¿Habéis obtenido ayuda de los lunáticos?

–¡Esos malditos lunáticos están lunáticos!– gritó Kelennia, por encima del estruendo de la batalla. –¡No quieren abandonar su Luna para pelear esta batalla decisiva! ¡Tendremos que bastarnos solos!

–¡No os preocupéis, Su Supremacía, que yo, el fiel Uurgha, que ha servido a vuestra familia desde la generación de vuestro bisabuelo, pasando por la de vuestro abuelo y vuestro padre, estaré por siempre con vos a vuestro lado, y lucharé sin cesar para que el malvado Eljus Daudrum sea finalmente derrotado! ¡He aquí que yo, de pie, hago juramento solemne en esta hora de adversidad, para declarar que me mantendré firme y sin caer en la lucha contra…! ¡¡¡AGH!!!

Un rayo calorífico había alcanzado al pobre Uurgha, y ahora el viejo era una colección de huesos semicalcinados. Kelennia se agachó con reverencia ante él, y soltó una lágrima.

El trípode que había lanzado el rayo calorífico, enfiló ahora hacia Uurgha. Tecnófilo se puso entonces entre ella y el trípode. De pensarlo jamás hubiera hecho eso, pero el instinto reproductivo estaba muy activo en él desde que había visto los muslos y el busto de la princesa Kelennia.

El trípode disparó. El rayo calorífico golpeó directamente a Tecnófilo en su pecho.
Nada sucedió.

–¡Vaya! El coeficiente calórico de esta piedra lunar es… ¡Asombrosamente bajo!– soltó Tecnófilo, asombrado y boquiabierto. Y luego le gritó al trípode: –¡Muy bien, marciano, ahora te enseñaré!

Tecnófilo corrió hacia el trípode y le asestó primero un golpe y luego otro con sus puños recubiertos de la más dura piedra laja lunar que había podido encontrar, abollándolo irremisiblemente. Luego, cuando lo tenía trastabillando, apuntó directo y a bocajarro su cañón de brazo contra el único ojo que tenía, y desde el cual salía el rayo calorífico. El trípode trató de disparar, pero Tecnófilo fue más rápido, y le encajó uno de sus balines de piedra en el interior de su reactor. El trípode estalló por debajo, y su carcasa ahora muerta, se desplomó cuan corta era sobre la superficie marciana.

Tecnófilo revisó su armadura rápidamente. Para su irritación, descubrió que el pellejo del que dependía su propia respiración, se había roto. Además, otros trípodes asomaban alrededor, no demasiado atemorizados por el nuevo enemigo, y sí muy ansiosos de acabarlos.

Próximo capítulo: “Supervillanos de un planeta moribundo”.