lunes 7 de febrero de 2011

TCDM 01 - Más allá de las Columnas de Hércules.

Navegaba un día Tecnófilo más allá de las Columnas de Hércules, cuando de pronto una gigantesca tromba marina agarró su embarcación y se lo llevó, tras un viaje de siete días y siete noches, hasta la Luna. Sucedió de esta manera.

Perseguido a causa de ciertos crímenes cometidos contra la seguridad del Emperador Tiberio, incluyendo asesorías al traidor Sejano, juzgó prudente Tecnófilo desaparecer un tiempo desde el Orbe Terrarum, y utilizar sus magnos conocimientos científicos para conquistar a alguna tribu bárbara de la que hacerse su cabeza, y así conquistar el mundo. Con tales designios en mente, embarcase en un navío de homéricas velas, que acariciado por los rosados dedos de la aurora, dióse a la mar con rumbo a las Columnas de Hércules. Iba enmascarado bajo un nombre supuesto, y conocíanle los otros pasajeros tan solo como el Griego, habiendo adivinado que tal era su procedencia por su acento. Pensativo a través de la borda miraba, rumiando nefastos pensamientos de venganza en contra de Marbod el Bárbaro, el guerrero que en varias ocasiones habíale enfrentado y abortado sus planes en embrión, cuando de pronto acércase la antedicha tromba, y vuelan Tecnófilo, embarcación y tripulantes, todos aquellos por los aires.

Conversan entre sí entonces marineros, y dícense los unos a los otros:

–En verdad bien empleados nos están tales sucesos, por cuanto más allá de lo que le es permitido al hombre hemos tentado a navegar. Así, pues, hagamos acto de contrición hacia los dioses, roguemos con humildad, y quizás se dignen los divinos en regresarnos a la superficie a la cual pertenecemos.

–¡Pero cuánta necedad!– protestó otro, dándole expresión al mudo sentir de muchos, para quienes la humildad y la contrición vergüenza son, porque no debe un hombre arrodillarse enfrente de un dios, que a fin de cuentas es también hombre, sólo que con superpoderes. –Mas bien deberíamos averiguar cuál es la causa de la molestia, deberíamos echarlo a suertes, y pasajero que saliere elegido, a fe mía que pasajero por la borda arrojado es. ¡Ea, pues, dejemos tales dudas y vacilaciones, y empleemos tales métodos para llegar al fondo de esta verdad!

Y como protestare uno de ellos, violentamente acallado fue gritándosele: “¿Es que acaso temes ser vos quien ha provocado la cólera de los dioses…?”.

De esta manera echáronse a suertes los marineros, principiando por las nacionalidades, y entre ellas salió la griega. Luego echáronse a suertes quien de los griegos a bordo merecíase tan aciago destino, y resultóle tan negro sorteo a Tecnófilo.

Viéndose entonces perdido, plenos de violencia como estaban los marinos, tentó entonces Tecnófilo de dirigirles un discurso que placer en la pluma del poeta épico hubiera sido, y dióse entonces a las siguientes palabras:

–¡Compañ…!

–¡¡¡AGÁRRENLO, AGÁRRENLO, SE ESCAPA, A ÉL!!!

–¡Dénle una por mí!– dijo un enano que iba en la tripulación, que odiaba a Tecnófilo por principio ya que odiaba a todo el género humano por ser demasiado alto, pero que era de patitas demasiado cortas para emplearle algo al griego, o a cualquier ser humano, ya puestos.

Tecnófilo se refugió en la cocina de la nave, y trató de buscar entre las provisiones algún compuesto que le sirviera para preparar un arma química y defenderse. De pronto, luego de abrir un barril, exclamó:

–¡Eureka!

Y sacó entonces del barril un ejemplar de la revista infantil “Eureka”. REVISTA INFANTIL “EUREKA”, LA FAVORITA DE LOS NIÑOS GRIEGOS. CÓMPRELA EN SU KIOSKO ANTES QUE SE AGOTE.

Abrió otro barril, y volvió a decir “¡Eureka!”, pero ahora sí en el sentido griego de “lo encontré”. Y sacó lo que había allí, a saber, unas astillas de un árbol aromático que crece en Etiopía y que después la codicia de los seres humanos se encargaría de extinguir. Con dichas astillas, moliéndolas adecuadamente, podría fabricar un compuesto químico que, arrojado entre los marineros, desataría un aroma tan fuerte que los anestesiaría y drogaría lo suficiente como para incapacitarlo. De manera que empezó a moler para así fabricar su…

–¡¡¡AGÁRRENLO, AGÁRRENLO, SE ESCAPA, A ÉL!!!

La versión corta del cuento señala que Tecnófilo fue agarrado de esa manera, y arrojado limpiamente por la borda de la nave.

Pero consiguió agarrarse a una jarcia, y se columpió en ella, mientras por debajo veía el disco de la Tierra. Tecnófilo sabía que la Tierra era redonda gracias a que conocía adecuadamente bien la obra de Eratóstenes, galardonado en su día con un Premio Alexandros al Mejor Científico de 251 antes de Cristo por la Academia Científica Publicidad a Tolomeo. Pero otra historia era ver los mares, los continentes, el verdor de los bosques, el amarillo de las estepas y desiertos, el blanco de los hielos, los jirones de nubes desgarrando el manto azul de las olas…

–¡¡¡AGÁRRENLO, AGÁRRENLO, SE ESCAPA, A ÉL!!!

Mientras Tecnófilo empezaba a preguntarse si el guionista de su vida había escrito los diálogos de los marinos con copy-and-paste, éstos a punta de remos lo hicieron soltarse de las jarcias. Ahora sí que cayó a velocidad libre, de regreso a la Tierra.

Ni él ni los marinos murieron por asfixia porque por encima de la atmósfera existe el éter, como fue probado por los experimentos de Maxwell en el siglo XIX, y antes que él, por Micromegas en su gargantuesca visita a la Tierra, y aún antes que ellos, por Tecnófilo al evitar morirse de asfixia por encima de la atmósfera.

Pero eso no impediría que en algunas horas, Tecnófilo acabara estrellado contra la superficie terrestre.

Sin nada mejor que hacer en el largo camino que le quedaba hasta su previsible final, y decidido a dedicar hasta los últimos segundos de su vida al conocimiento científico, Tecnófilo agarró el ejemplar de la revista Eureka que, de alguna manera, seguía en su bolsillo, y se puso a leer. En la portada aparecía un grabado de Herón de Alejandría, con las siguientes palabras: “¡¡¡EXCLUSIVO!!! Entrevista con el inventor de la máquina de vapor: sus sueños, sus predicciones, su Premio Alexandros, y su proyecto de fabricar el juguete a vapor más grande de todos los tiempos”. En la primera página apareció un reclamo publicitario, con el grabado de una bella chica de senos turgentes promocionando una calculadora de Antikiera: “Sólo Antikiera es capaz de calcular con exactitud el diámetro de mis pechos”. Tecnófilo deploró que los segundos de su vida estuvieran contados, y hubiera desperdiciado algunos valiosos de ellos en publicidad.

En ese minuto, apareció una ballena y se lo tragó.

Debo escribirlo así porque de esa manera tan repentina es como sucedió. Pero ahora no pasará nada importante durante algunas horas, así es que aprovecharé de explicar. No es que Tecnófilo haya caído al mar y allí una ballena se lo hubiera comido; si tal hubiera sido el caso, como mucho se habría devorado sus restos molidos por el impacto. La ballena efectivamente estaba en el éter, porque más allá de la atmósfera, en el éter, viven las ballenas espaciales. No son demasiado abundantes, pero allí están: se alimentan de plancton del éter, y las atmósferas de los mundos para ellas son venenosas, por lo que no se adentran en ellas. La próxima vez que escuches aquello de que por suerte las vacas no vuelan, piensa en la suerte de que las ballenas espaciales vuelan demasiado lejos de la Tierra, y muchas veces sus deyecciones caen en muchas otras direcciones, a según la fuerza de gravedad, además de que se queman en la atmósfera. La próxima vez que le pidas un deseo a una estrella fugaz, considera que eso podría ser una cagada de ballena. Los astrólogos saben bien que esa es la razón de que no todos los deseos pedidos a las estrellas fugaces se cumplen, porque sólo valen los que se piden a los meteoritos.

Todo este devenir de los acontecimientos obró a favor de Tecnófilo, por una sencilla razón. Ustedes han escuchado aquello de que lo que te mata no es la caída sino el impacto, ¿no? Bueno, eso pasó con los pobres tripulantes de barco arrebatado por la tromba. Después de siete días y siete noches, la tromba azotó al barco contra la Luna. No sobrevivió nadie, ni siquiera el enano maldito que mencioné.

En cambio, Tecnófilo estaba bien asegurado en el interior de la ballena. El problema es que sólo tenía un alimento a disposición, que era el plancton del éter, medio digerido en el estómago de la ballena, lo que muchos hubieran considerado como algo vomitivo. Pero claro, si estás dentro de una criatura que jamás va a posarse ni en la Tierra ni en ningún mundo y no tienes reservas de alimento, entonces agradeces tener plancton del éter semidigerido aunque tenga gusto a… bueno, no tengo por qué ser suave aquí: aunque tenga gusto a vómito de ballena, que eso es exactamente lo que sería si una ballena decidiera rascarse el interior del gaznate con una pluma de garza de asteroide.

Ya se estaba resignando Tecnófilo a que pasaría el resto de su vida comiendo vómito no vomitado de ballena, y echando sus heces de manera tal que se irían a mezclar con las heces de la ballena para posteriormente desintegrarse en la atmósfera de algún mundo, cuando de pronto sintió que las paredes empezaban a llenarse de sangre. Tecnófilo estaba familiarizado con la obra de Hipócrates de Cos como para saber lo que era una hemorragia interna, pero éste las atribuía a la influencia del viento del norte cuando viene salino desde el mar, combinado con un temperamento que pudiera ser considerado como bilioso (melancólico o colérico, cualquiera de los dos, porque como se sabe, el temperamento sanguíneo viene de la sangre y el flemático de la flema). Preocupado por lo que pudiera estar sucediendo, Tecnófilo corrió arriba y abajo del sistema digestivo de la ballena, hasta que de pronto, vio como las paredes de su prisión (o sea, el cuerpo de la ballena, sus músculos, tegumentos, etcétera) eran arponeados. Y entonces entendió que se había topado con algo nuevo: arponeros cazadores de ballena del espacio.

Cuando todo acabó, la sangre seguía manando, y Tecnófilo, ahora completamente embadurnado, se corrió hacia la boca de la ballena para no acabar ahogado en un baño de sangre… dicho en forma literal. En la boca de la ballena, ahora entreabierta, alcanzó a ver algunas extrañas figuras. Estas aparentemente le vieron, y se gritaron entre sí algunas expresiones que Tecnófilo no pudo entender. Pero las criaturas entraron, y le sacaron a las rastras de ahí. Al verle, éstas se interrogaron entre sí: por los gestos que hacían a sus espaldas, Tecnófilo entendió que las criaturas se preguntaban por qué el humano carecía de alas.

Las criaturas que habían arponeado a la ballena espacial eran insectoides.de un enorme tamaño, incluso más grandes que un humano, pero bastante desgarbados. Tenían cuatro brazos, dos de ellos terminados en tenazas y dos en algo así como manos rudimentarias, y dos patas, y alas. Su coraza quitinosa parecía gruesa y muy resistente. Tenían ojos facetados, y carecían de pabellón auditivo.
Entonces Tecnófilo miró hacia el enorme disco que estaba delante suyo: era blanco como la leche, y enormemente brillante. Luego miró en otra dirección, y encontró el disco azul de la Tierra, colgando en el espacio. Entendió de inmediato.

–Por Zeus… ¡Estoy en la Luna!

Los insectoides se lo llevaron rápidamente atmósfera abajo, cargándolo como un trofeo. Conversaban entre sí con un idioma que parecía una mezcla de chasquidos y zumbidos, y que tenía una desagradable carencia de vocales.

A mitad de camino hacia la Luna, los insectoides que habían capturado a Tecnófilo se posaron sobre una plataforma. Tecnófilo la observó detenidamente, preguntándose qué había de raro en su arquitectura, cuando de pronto entendió: en realidad estaba sobre un gigantesco insecto que muy seguramente medía un estadio griego de largo o más, y que planeaba sobre la atmósfera lunar. Sobre dicho insecto, los insectoides habían construido algunos albergues. Seguramente eran el equivalente insectoide lunar a los bárbaros cazadores de pieles del norte de Europa o similares.

–Tecnófilo– se presentó.

–Tknflu– trató de farfullar uno de los insectoides.

–Tecnófilo. Tec… nó… filo.

–Tkn… flu– dijo el insectoide.

Y luego, en lo que parecía presentarse, se llamó a sí mismo:

–Trknsh.

–Vaya un nombre, el hijo d…

–¿Vrgkrish?

–Eh… er… nada. No importa.

Aquello fue seguido por una catarata de ruidos por parte de los otros insectoides.

Pasaron algunos días, y Tecnófilo confirmó que la plataforma era el hogar de los insectoides cazadores de ballenas, que la utilizaban como base de operaciones para perseguirlas más allá de la atmósfera y regresar. También descubrió que habían más insectoides en la superficie de la Luna, y que eran mucho más civilizados, algo esperable considerando que sobre la sólida superficie lunar había mucho más espacio para construir que allá arriba en el insecto convertido en plataforma.

En estas investigaciones, llegó una comisión de cuatro insectoides desde la superficie lunar. Uno de ellos claramente tenía más rango que los otros porque vestía una especie de capa corta de un tejido suntuoso. Ver a un insecto con tales ajuares era tan ridículo como ver a un mono coronado de rey, y Tecnófilo no pudo evitar reirse ante el espectáculo. Afortunadamente, los insectoides no entendieron qué cosa le causaba tanta gracia al humano.

Pero la sorpresa de Tecnófilo fue mayúscula cuando el insectoide lo miró y le dijo:

–Huuuu… mno.

–Humano, sí…– dijo Tecnófilo.

–Yo… so… Trgkptl.

–Trg… k… ptl– dijo Tecnófilo, que ya aprendía algo d el idioma de los insectoides, actividad favorecida porque en realidad no tenía nada mejor que hacer (la revista Eureka ya se la había leído de parte a parte, además de que había quedado casi ilegible después de estar bañado de sangre de ballena, y hacerse tocaciones con la chica de la publicidad ya le aburría por lo monótono). –Oye… ¿te puedo llamar Trug, mejor?

Los dos brazos derechos de Trgkptl se movieron con violencia y lo arrojaron contra el suelo. Tiempo después, Tecnófilo descubriría que la raíz léxica “trg”, pronunciada con una débil vocalización de la “r” que puede crear en oídos humanos la ilusión de haber una vocal “u” ahí, en realidad significa “cobarde de mierda” en el idioma principal de los insectoides, y que Trgkptl se sentía muy orgulloso de su nombre que significaba “Azote y perdición de los cobardes de mierda”, porque era un guerrero sin par.

Trgkptl chapurreaba algo de latín, y Tecnófilo comenzaba a entender palabras simples del idioma insectoide, de manera que ambos pudieron más o menos entenderse. Parecía ser que Trgkptl había sido enviado por el monarca más poderoso de los insectoides, en la noticia de que existía un humano vivo en la plataforma (los únicos humanos que conocían los insectoides eran los pobres desgraciados a los que de tarde en tarde aplastaban las trombas, de manera que en sus museos palatinos habían varios esqueletos humanos, pero ningún cuerpo completo, y menos aún un humano vivo para sus zoológicos). Por supuesto que el monarca ése, quería tener a Tecnófilo en su zoológico particular.

Dadas las circunstancias, Tecnófilo no tenía demasiado para elegir. Siguió dócilmente a Trgkptl, o más bien, fue llevado por éste. Trknsh, como jefe de la expedición que había descubierto por accidente a Tecnófilo, fue también llevado a la corte, en donde le esperaría una suculenta recompensa.

Al acercarse a la superficie de la Luna, Tecnófilo descubrió con asombro que casi toda su superficie estaba cubierta por un gigantesco y único mar con un líquido blanquecino, lechoso, que Tecnófilo no pudo identificar. En algunas partes, habían algunos cráteres, en cuyas paredes parecían haberse instalado los insectoides. (Los barcos azotados por las trombas, son despedazados contra la superficie marina, que a esa velocidad es como si fuera una pared sólida).
Se dirigieron a uno de los cráteres, que en su centro tenía un lago con ese mismo líquido lechoso, y al mismo nivel, por lo que Tecnófilo sospechó que existían túneles y canales submarinos conectando el interior con el exterior del cráter. En sus paredes se habían construido algunas fastuosas edificaciones, todas ellas en adobe o piedra porque no parecía existir demasiada madera disponible, incluyendo el que evidentemente era el palacio del monarca. Las ciudades insectoides no tenían calles porque no las necesitaban, teniendo los insectoides alas como las tenían, y eso les facilitaba construir en los acantilados y desfiladeros. Tecnófilo empezó a sospechar que la Luna sería un mundo bastante difícil para él, a no ser que se dedicara a su pasatiempo favorito de construir armaduras de madera y metal accionadas con poleas que pudieran, de alguna manera, suplir sus desventajas corporales.

El monarca era un insectoide más grande que sus pares, y tenía como tocado un gracioso gorro alto y abombado, terminado en punta. En su cuello se había anudado un largísimo pedazo de tela que le llegaba hasta donde debería estar el ombligo, y que a Tecnófilo, a la vista, le recordó la seda italiana, pero que en general producía un efecto ridículo en el insectoide. Sus partes pudendas estaban desnudas, como el resto de los insectoides, lo que para ellos no era problema porque carecían de órganos genitales visibles.

Trgkptl obró como traductor entre el monarca y Tecnófilo, con sus conocimientos de latín extraídos de vaya uno a saber dónde, y su horrífica pronunciación. Gracias a eso, Tecnófilo entendió que sería destinado a una celda en que sería exhibido por el monarca, como uno de sus más valiosos y raros tesoros (¡un humano VIVO!). Quizás no sería una mala vida, después de todo.
En la corte, muchos se fijaron en las ropas de Tecnófilo, obviamente ajadas después de todas las peripecias transcurridas. Muchos de ellos las miraron con curiosidad y chasquearon las pinzas de la boca: Tecnófilo había aprendido que esa era la manera de reirse de los insectoides. Particular gracia parecía causarles que Tecnófilo se tapara la sección entre las piernas, y hacían gestos que parecían indicar su incredulidad ante cómo Tecnófilo podría moverse con semejantes telas rozándole las piernas e impidiéndole abrir las piernas.

Durante los siguientes días, semanas y meses, Tecnófilo empezó a vivir su nueva vida en una celda. Era un poco incómodo, es cierto, pero el alimento no era malo. Aparentemente, los insectoides vivían principalmente de la pesca de especies sacadas del mar lechoso, y las cosas ésas no tenían mal sabor, aunque los insectoides tenían la nefasta costumbre de comer tales especies marinas casi crudas, aderezadas sólo con un producto vegetal que bien podría haber sido arroz, amasado y sobajeado hasta ser convertido en unas bolitas insípidas. Si Tecnófilo hubiera conocido alguna vez a un japonés, tampoco habría gustado del sushi, probablemente. No tenía material de lectura, porque los insectoides no parecían conocer la escritura, y lo que podría llamarse su arte literario eran espesas recitaciones de poetas que memorizaban sus obras de memoria, lo que para Tecnófilo era un suplicio por la barrera del lenguaje. Así, durante los primeros días se aburrió soberanamente, pero después, cuando un insectoide que lo observaba pasó con un par de palillos y el insectoide se los pasó, Tecnófilo tuvo algo con lo que divertirse, ejercitando su habilidad mecánica. Maravillados, los insectoides pusieron entonces a su disposición otras cosas que pudieran servirle como palancas, engranajes o piezas, y le contemplaban jugar con aquellos aparatos como un niño con sus juguetes.

En su desprecio por aquella criatura tan inferior que parecía incapaz de hablar de manera decente su idioma, y tan débil que ni siquiera tenía una caparazón de quitina, los insectoides no se daban cuenta de que Tecnófilo estaba desarrollando una nueva armadura de guerra. Lo único que veían eran piezas, placas y engranajes dispersos por aquí y por allá en la habitación de Tecnófilo, pero sin entender demasiado de aquello, le dejaban en paz como a un animal chiflado.

Eso, hasta el día en que la armadura de Tecnófilo estuvo acabada. Ese día, Tecnófilo salió de la habitación montado en una armadura de metal y placas de piedra, increíblemente pesada, que se movía gracias a unos ingeniosos mecanismos hidráulicos que Tecnófilo había improvisado utilizando el líquido lechoso, que tenía algunas interesantes cualidades hidrodinámicas para tales efectos. Incluso se las había apañado para convertir sus dos brazos en cañones que disparaban bolas de metal con un sistema de aire comprimido, con los cuales derribó a varios insectos en su camino.

Con una escalofriante carcajada, Tecnófilo apareció en el salón del trono, dispuesto a liquidar de una vez por todas al rey insectoide e instalarse en su lugar para apoderarse DEL MUNDO, o del satélite del mundo al menos.

Pero lo siguiente que vio, fue una hermosa doncella de piel delicadamente azulina, músculos muy tonificados, pechos turgentes sostenidos como en una copa por un corset de metal dorado, y los más bellos y profundos ojos negro azabache que Tecnófilo hubiera soñado con ver jamás.

Y turulato como estaba ante la arrobadora visión, fue derribado. Ahora, Tecnófilo tenía a los insectos encima, y no tenía escape posible. Sus sueños de conquista mundial, o mejor dicho lunar, habían durado apenas unos cuantos minutos, y se habían desvanecido apenas ante la visión de una tentadora.

Próximo capítulo: “Los trípodes de Marte”.