ANTERIORMENTE EN “MARBOD EL BÁRBARO: ROMA PREVALECERÁ”: Incriminado del asesinato de Druso, Marbod el Bárbaro emprende una guerra personal para impedir que un grupo de conspiradores capitaneado por Sejano, el jefe de los pretorianos, se tome el poder en Roma. Pero al regresar a la ciudad, es capturado por Sejano, quien se prepara para derrocar al Emperador emboscándolo en la isla fortaleza de Capri. Sejano, a la vez, se ha apoderado de la última pluma del Simurgh, capaz de conceder cualquier deseo a quien la queme…
Marbod el Bárbaro fue arrojado a un calabozo, siempre cargado de cadenas que lo envolvían desde los tobillos hasta el pescuezo. Eran demasiadas para tratar de romperlas: su cuerpo entero estaba cubierto con ellas, y seguramente daban varias vueltas alrededor suyo. Además, la herida de la flecha en el tórax le hacía doler horrores con tan solo respirar, y era muy probable que tuviera alguna clase de veneno, porque no conseguía centrar la mirada salvo con grandes esfuerzos, que le costaban a la vez nuevos grandes dolores. Dentro de poco entrarían los pretorianos de Sejano, le sacarían, le juzgarían ante el propio Sejano, y éste haría la pantomima de dictar una sentencia judicial justa e imparcial, antes de ordenar su ejecución como traidor a la Patria. Con su cuerpo entero destrozado por la herida, el veneno y la futura caída, sería el fin.
De pronto, Marbod el Bárbaro abrió los ojos, levantó la mirada, y descubrió allá arriba el limpio y cristalino sol. Miró a su alrededor, y vio un paisaje con algunos árboles, detrás del cual podía verse la costa, la que de todas maneras estaba presente gracias al ruido del oleaje y las gaviotas. Sus cadenas ya no estaban. Y su mente estaba bien concentrada y enfocada. Ya no le dolía respirar. Marbod el Bárbaro se revisó la herida, y no sólo había sanado, sino que incluso no tenía cicatriz alguna, como si nunca una flecha lo hubiera atravesado.
–¿Estoy muerto?– se preguntó. –¿Es esto la muerte?
Miró a su alrededor en todas direcciones. No se veía a Hermes por ninguna parte. Si no estaba el dios encargado de llevar las almas de los difuntos al Hades, entonces no estaba muerto. Aunque era algo decepcionante que no pudiera ver el Valhalla. Marbod el Bárbaro suspiró. Seguía vivo, y tenía que continuar.
Caminó hacia la costa, y se encontró de pronto, allí donde los árboles ya no se aventuraban más, al borde de una muy abrupta ladera, casi un acantilado, que remataba en unas afiladas rocas abajo. Miró a lo lejos. En una dirección, hacia la derecha, vio una ciudad portuaria. Al frente se veían veleros ingresar y salir. Y a la izquierda se veía un enorme peñasco emergiendo desde el mar, con enormes desfiladeros cortados casi a pico y rematando en olas que lamían la roca con salvajismo.
–Capri– musitó Marbod el Bárbaro. –¡Sea lo que me haya ocurrido, he llegado hasta Capri! ¡Quizás esté a tiempo de detener la conjura de Sejano!
Marbod el Bárbaro emprendió entonces de inmediato la carrera por el borde del acantilado. El viento golpeaba en su cara mientras buscaba con desesperación algún camino que le permitiera descender. De pronto, se detuvo ante un enorme promontorio que remataba abajo directamente en el rugir del mar. Marbod el Bárbaro no vaciló ni un instante, y saltó. Cayó una enorme altura, al final de la cual se estrelló con enorme estrépito contra las olas. La caída hubiera matado a cualquier otro ser humano, pero no a nuestro héroe. ¿Y por qué es esto posible…? Porque él es… ¡¡¡MARBOD EL BÁRBARO!!!
Ya en el agua, Marbod el Bárbaro se lanzó a nadar diligentemente con rumbo a Capri. La desesperación le dio fuerzas adicionales, y de esa manera alcanzó a llegar hasta las blancas rocas de la isla.
Miró hacia arriba. Las paredes de la isla estaban cortadas casi en vertical, con muy pocas oquedades en las cuales asujetarse. Las pequeñas lajas a los costados, entre las rocas del pequeño espacio entre la base del acantilado y las olas, revelaban que los deslizamientos de roca no eran algo inusual.
Pero no tenía otro medio sino el de escalar. Debían haber caminos de acceso a la cima, pero seguramente estarían custodiados. Y si iba a salvar al Emperador, no podía ir y golpear a sus guardias. Eso le dejaba una única opción: subir el acantilado, esconderse arriba, encontrar a Tiberio, y advertirle sobre la situación. Y encontrar alguna manera en que le creyera su historia.
–Dónde demonios te habrás quedado, Dragonópterix– se permitió mascullar Marbod el Bárbaro.
Y se aplicó a la escalada. En efecto, las rocas se deslizaban con mucha facilidad, y Marbod el Bárbaro tuvo que hacer casi lo imposible por no caerse varias veces.
De pronto, en un minuto a mitad de la escalada, Marbod el Bárbaro descubrió con el rabillo del ojo que un velero se estaba acercando a la isla. Mientras seguía escalando, Marbod siguió vigilando al velero.
Del velero descendieron algunos soldados. Cuando los centinelas se acercaron, los soldados desembarcados, actuando todos a una y de manera repentina, sacaron sus gladios y atravesaron a los guardias. Luego, emprendieron la carrera hacia arriba.
–Malditos, ya llegaron– dijo Marbod el Bárbaro. Y, con desesperación, el germano siguió trepando. Le quedaba muy poco tiempo antes de que esos asaltantes, apoyados por el efecto sorpresa, se hicieran fuertes y acabaran con Tiberio.
De pronto, estando casi por llegar a la cima, Marbod el Bárbaro sintió un confuso ruido de voces, gritos, choques de espada y gemidos de muerte. Vio a uno o dos soldados ser arrojados limpiamente cornisa abajo, y cayeron en medio de horrorosos chillidos hacia el abismo, golpeándose de manera brutal contra las paredes rocosas como inertes muñecos de trapo.
Marbod el Bárbaro, ahora casi desesperado, estaba casi por llegar… Y por instinto se agachó, porque un nuevo cuerpo, éste orondo y ataviado con una túnica, fue proyectado hacia el exterior por encima de la baranda del borde del acantilado.
También por instinto, Marbod el Bárbaro alargó el brazo y cogió la túnica. El tirón que le dio el cuerpo proyectado hacia abajo, casi lo arranca a él mismo desde su posición, y sólo la fuerza de su otro brazo, que remataba en una mano firmemente atenazada contra una saliente de roca, le impidió recorrer en segundos el camino que le había tomado angustiosos minutos recorrer hacia arriba.
La cabeza de un pretoriano asomó por el borde.
–¡Señor, el Emperador todavía está vivo!
Marbod el Bárbaro miró estúpidamente al hombre que estaba sosteniendo. Tenía toda la cara de ser, en efecto, Tiberio Emperador.
–¡Qué esperas, idiota, mátalo!– resonó una voz algo más lejana, más allá del borde.
–¡Cierre los ojos, César!– gritó Marbod el Bárbaro, y sin esperar a ver si el pobre hombre, que nada decía y temblaba como una hoja, hacía caso de su recomendación, hizo girar su brazo como si estuviera esgrimiendo un bastón. Los pies del Emperador, utilizados de esta manera como garrote, golpearon el mentón del soldado y lo hicieron trastabillar bruscamente. Marbod el Bárbaro soltó su carga y lo dejó encima del borde, mientras él mismo terminaba de trepar.
La hoja de una espada iba a caer justo encima de Tiberio, cuando Marbod el Bárbaro agarró la empuñadura al vuelo. El soldado que enarbolaba la espada, sorprendido, intentó zafarse, pero sin resultados: Marbod el Bárbaro tiró con fuerza de él y lo soltó cuando ya la había dado impulso suficiente para traspasar el borde. El soldado cayó chillando al abismo, y el estrépito de sus huesos reventándose contra las rocas del fondo fue ahogado casi por completo por el oleaje.
–¡Mátenlo! ¡Mátenlo!– gritó el capitán del piquete.
–¿A quién? ¿Al Emperador o al bárbaro?
–¡A ambos, idiota, a ambos!
Los soldados, armados con sus espadas, cargaron contra Marbod el Bárbaro y sus manos desnudas.
Tiberio, mientras tanto, estaba firmemente aferrado a horcajadas de la baranda, con los ojos muy abiertos, incapaz de razonar si acaso estaba vivo o muerto.
Marbod el Bárbaro se precipitó en una carrera suicida contra los soldados, y en un segundo decisivo se arrojó al suelo y rodó sobre sí mismo, haciendo tropezar así a dos soldados que acabaron aparatosamente en el suelo. Los otros soldados alcanzaron a frenar, mientras que dos de ellos siguieron para rematar a Tiberio. Pero Marbod el Bárbaro cogió a uno de los soldados en el suelo y lo arrojó contra uno de los atacantes del Emperador, el que, al tropezar, arrastró consigo al otro.
Los otros soldados, en tanto, se acercaron a Marbod el Bárbaro, cercándole el paso hacia el Emperador. Pero Marbod había cogido una espada, y se aprestaba a darles una mala lección a los pretorianos felones.
–¡Ríndete!– gritó el oficial a cargo. –¡Quizás así te respetemos la vida!
–¿Acaso no sabes quién soy yo?– bramó el germano. –¡¡¡YO… SOY… MARBOD EL BÁRBARO!!!
El oficial palideció.
–¡Marbod! ¡El asesino de Druso! ¡Qué conveniente, ahora podremos matarte de inmediato, después de que hayas matado al Emperador!
Los soldados aturdidos por Marbod el Bárbaro, mientras tanto, se estaban incorporando. Marbod el Bárbaro no podía detenerlos porque los otros soldados le cerraban el paso con sus gladios desenvainados.
Pero Tiberio, por su parte, medio había vuelto en sí, y olvidándose de todos los achaques de la edad, gimiendo por la podagra, pero sin detenerse a sobarse los pies, había salido corriendo y se estaba refugiando en la villa.
–¡Síganlo! ¡Síganlo y mátenlo!
–¡Traidor!– gritó Marbod el Bárbaro. –¡Eres un pretoriano, se supone que debes defender a tu Emperador! ¿Así es como cumples tu trabajo?
–¡No le debo lealtad a un Emperador que le falla a sus súbditos!– gritó el pretoriano a cargo. –¡Tiberio es débil! ¡Tiberio es pusilánime! ¡Yo empecé mi carrera bajo Augusto! ¡Ese sí que era un Emperador! ¡Agil, diestro, noble! ¡Este, en cambio, sólo nos ha traído dolor y miserias! ¡Roma no había sufrido desde que Breno se la tomara y la saqueara! ¡Los países enemigos sólo nos quieren ver derrotados, y nos derrotan regularmente! ¡Y cuando Druso aplastó a los partos, lo asesinan en la mismísima Roma! ¡Sejano es quien podrá devolverle la grandeza a Roma! ¡No Tiberio! ¡Larga vida a Roma, y muerte a sus enemigos!
–¡Necio!– gritó Marbod el Bárbaro. –¡Es Sejano quien llevó a cabo el atentado contra Druso, porque le obstaculizaba en su carrera hacia el poder! ¡Es Sejano quien me inculpó del asesinato de Druso! ¡Y la desobediencia y la falta de disciplina no son las cualidades de un romano!
–¡Nada sabes tú sobre ser un romano!– chilló el oficial, ofendido. –¡Eres un germano! ¡Un bárbaro! ¡Escoria!
–Yo soy un hombre de honor, fiel a sus ideales, a la justicia, a la bondad y al bien. Y ustedes, todos ustedes… No son más que unos felones– vociferó Marbod el Bárbaro con voz lenta, pero firme. –¡No son ustedes quienes están defendiendo a Roma, sino yo!
Y reuniendo todas sus fuerzas, gritó en su idioma con una potencia pulmonar que plagó el corazón de sus enemigos con el temor:
–ROM… ÜBER… ALLES!!!
Dicho lo cual, cargó contra sus enemigos. Era Marbod el Bárbaro quien estaba luchando, y a través suyo, guerreaban también los más puros y nobles sentimientos de coraje y virilidad que un alma humana puede albergar, y de esa fuerza que otorga el conocimiento de lo justo y correcto, Marbod el Bárbaro extraía abrumadoras cantidades de energía. Su espada golpeaba, y con cada golpe, era la justicia la que golpeaba. Las voces que daba, eran voces que salían desde espíritus y realidades pretéritas al ser humano, e incluso a los mismísimos dioses, eran sentimientos procedentes desde los principios fundamentales que son las mismísimas columnas del universo. Frente a eso los soldados, valientes pero simples humanos defendiendo una causa errónea, eran incapaces de oponerse: la espada de Marbod el Bárbaro, ávida de sangre y justicia, fue segando sus vidas con rapidez uno tras uno, desmembrándoles los brazos, rajándoles las vísceras, rebanándoles los pectorales, cercenándoles las cabezas, hasta que ninguno de ellos quedó en pie, y toda la terraza en aquella cima de Capri estaba inundada con la sangre traidora.
Al ver esto, el jefe de la brigada de pretorianos se dio la media vuelta, listo para huir. Pero Marbod el Bárbaro alzó la espada de manera horizontal, el codo bien flectado hacia atrás, la soltó por un instante en el aire y giró la mano antes de agarrarla, y ahora, asida la empuñadura de la espada como una jabalina, echó el brazo hacia atrás y arrojó el arma con todo su impulso. El jefe de los pretorianos fue atravesado de parte a parte, desde la espalda hasta el pecho, y una buena parte de su corazón salió a través de las costillas. Atravesado de esta manera por la espalda, soltando un gemido levemente femenino, el pretoriano se dejó caer sobre sus rodillas, y mientras el último aire le abandonaba, sus músculos acabaron por traicionarle y dio con su cuerpo inerte en tierra, los ojos bien abiertos, la boca con un hilillo de sangre, las manos quietas y helándose.
Marbod el Bárbaro ingresó entonces en la villa, buscando por todas partes a los soldados que habían ido en persecusión de Tiberio. Encontró a uno y le descargó un puñetazo en toda la mandíbula, que le descoyuntó el cuello y lo arrojó al suelo. Otro intentó fintar contra Marbod el Bárbaro y diríase por dos o tres golpes que casi lograba hacerlo retroceder, pero Marbod el Bárbaro agarró un jarrón cercano y se lo arrojó a la cara de su oponente, haciéndolo caer en tierra. Antes de que se hubiera siquiera repuesto, Marbod el Bárbaro ya le había saltado encima y usado sus dos manos para retorcerle el pescuezo como a una gallina.
¿A dónde se había metido el tercer soldado…?
Marbod el Bárbaro recorrió el palacete de arriba abajo y de suelo a techo, pero todos parecían haber desaparecido, no sólo el Emperador y el soldado que le perseguía, sino también la familia y la servidumbre.
Tuvo un presentimiento, y volvió a salir, ahora en dirección hacia el acceso a la isla. En efecto, allí estaba el soldado, corriendo aceleradamente. Marbod el Bárbaro se asomo´hacia el borde, y descubrió al Emperador, corriendo bastante más adelante. Pero éste era un hombre viejo y rechoncho, y pronto el soldado superviviente le alcanzaría, antes de que Marbod pudiera alcanzarlo corriendo.
Marbod el Bárbaro no se lo pensó dos veces, y corrió un poco más allá por la baranda, antes de saltar al vacío. Cayó el trecho necesario, y arrastró consigo al soldado, rodando sobre sí mismo, pasando de largo hasta el borde. Allí quedó colgado.
El soldado, enfadado hasta lo indecible, sacó su espada y se acercó al borde. Marbod el Bárbaro tiró entonces su brazo, lo agarró por la pantorrilla, y tiró con fuerza. El soldado, arrastrando de esta violenta manera, acabó cayendo al vacío detrás de Marbod el Bárbaro, pero su chillido no duró demasiado, interrumpido por un fuerte golpe contra una roca. La espada se le había anticipado y había quedado atascada entre dos rocas de abajo, y contra esa espada se fue a ensartar el soldado, quedándose allí moviendo débilmente los brazos y piernas en un vano intento por zafarse, hipando con el pulmón colapsado, hasta que ya no se movió más.
Después de subir al camino de acceso otra vez, Marbod el Bárbaro alcanzó a Tiberio. Este se dio vuelta.
–¡Por favor, no me mates! ¡No me mates!– gimió el pobre viejo, tembloroso. –¡Te daré lo que quieras! ¡Oro, riquezas, mujeres, lo que quieras! ¡Por favor!
Marbod el Bárbaro agarró a Tiberio por los hombros y lo zamarreó violentamente. Cuando vio que estaba volviendo en sí, le soltó y, con espíritu jovial, le respondió:
–Quiero mi reputación de vuelta, Emperador.
Tiberio lo miró incrédulo, sin acabar de comprender.
–Me incriminaron falsamente de haber dado muerte a vuestro hermano Druso. Pero el verdadero responsable de todo esto es Sejano, quien mató a Druso para casarse con Livia, y de esa manera, alegando que Livia es vuestra cuñada, heredaros una vez que os hubiera matado. Estos soldados fueron enviados por Sejano. ¡Mi Emperador, debéis volver a Roma! ¡Ahora!
El viejo asintió, pero Marbod se preguntó si había comprendido de verdad lo que estaba ocurriendeo.
Algunos días después, Tiberio aparecía repentinamente en Roma, sin previo aviso de ninguna clase. Convocó de inmediato a los senadores, con un mensaje en que insinuaba su beneplácito a un eventual matrimonio de Sejano con Livia. Las nuevas de que Tiberio había salido vivo del atentado habían inquietado a Sejano, pero al leer que Tiberio atribuía el atentado al Eje del Hades, se puso loco de contento. ¡Sus planes habían funcionado, después de todo!
En el Senado, Tiberio se presentó y comenzó a leer una larga y ampulosa carta. A medida que esta avanzaba, los senadores mudaban en asombro. ¡Tiberio estaba acusando a Sejano de alta traición y ordenaba prenderle!
Sejano escuchó todo esto con el rostro pétreo. Cuando Tiberio le ordenó defenderse, Sejano optó por sacar la pluma que llevaba consigo, y la encendió. Mientras ardía, dijo con frialdad escalofriante:
–Deseo que mueran Tiberio, y los senadores, y Marbod el Bárbaro, de manera inmediata, dolorosa y cruel.
No sucedió nada.
–¿Y bien, Sejano…?
–¡Pero no puede ser…! ¡Esta es la pluma del Simurgh! ¡Que concede todos los deseos! ¡No puede ser…!
Sejano, enajenado por el terror, empujó a los senadores y salió corriendo desde la Curia Julia. Pero mientras tanto se había propagado el rumor de que Sejano había caído en desgracia, y una multitud se había reunido. Al verle salir corriendo, los más osados le agarraron. Sejano hizo lo imposible por zafarse, y lo logró con las primeras manos, pero aquellas gentes eran demasiadas. Los escupos e insultos volaron por el aire, y los gritos de la gente ahogaron sus chillidos, cada vez más devorado y vampirizado por la multitud. Los golpes arreciaron y Sejano, buscando defenderse, se agachó cada vez más, hasta que lo hicieron rodar por el suelo. Cuando, un par de horas después, el cuerpo de Sejano fue arrojado al Río Tíber por el populacho, no era más que un guiñapo inerte con las ropas rajadas, y sin rasgos faciales que permitieran reconocerlo como una persona determinada más allá de la pulpa sanguinolenta que tenía por cara.
Tiberio, mientras tanto, hizo pasar a Marbod el Bárbaro ante los senadores.
–El nos ha salvado a todos. Nombradlo Pater Patriae, él será mi nuevo jefe de los pretorianos.
Al escuchar esto, los senadores temblaron de indignación. ¿Un bárbaro, un germano, a cargo de proteger al Emperador de los Romanos? ¡Ultraje! ¡Casi era preferible la tiranía de Sejano! Además, si asumía como jefe de pretorianos alguien ajeno a la política romana quizás se tomara demasiado a pecho sus deberes, e investigando las conexiones de Sejano, arrastrara por el fango a varios senadores metidos en la conspiración. Tiberio, no queriendo comprarse más problemas, decidió ceder, y nombró a otro soldado.
Mientras Marbod el Bárbaro regresaba a la herrería de Tulio, libre de todos los cargos de lesa majestad que pesaban sobre él, era espiado a través de un espejo por Mirasemis, la hechicera que Sejano había tomado a su servicio como informante, aunque escondiéndole sus verdaderas intenciones y manteniéndola al margen de la conspiración misma. Como Marbod el Bárbaro sólo había pedido a la segunda pluma que le mostrara a los conspiradores, y Mirasemis no lo era, su existencia había pasado desapercibida para el germano. Mirasemis había avisado a Sejano que Marbod el Bárbaro emprendería el viaje al sur, y preparado la flecha envenenada que le había inmovilizado, pero al descubrir los planes de Sejano, se las había arreglado para cambiar las plumas del Simurgh, y había usado la última de ellas para liberar a Marbod el Bárbaro y transportarlo mágicamente, restablecido y saludable, a las inmediaciones de Capri. Mirasemis vio a Marbod el Bárbaro ingresar a la herrería, y cerró la visión, dándose por satisfecha. Era la segunda vez que su camino se cruzaba con el de Marbod el Bárbaro, y para sus adentros, rogaba que no hubiera una tercera.
FIN DE “MARBOD EL BÁRBARO: ROMA PREVALECERÁ”.
MARBOD EL BÁRBARO REGRESARÁ EN “ANNO DOMINI”.
lunes 28 de junio de 2010
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