lunes 21 de junio de 2010

MEBRP 06 – “¿Es éste el lugar que solíamos llamar Madre Patria?”.

ANTERIORMENTE EN “MARBOD EL BÁRBARO: ROMA PREVALECERÁ”: Luego de salvar a Germania, Marbod el Bárbaro viaja al Ponto. Pero aunque consigue la retirada de los romanos, se encuentra demasiado lejos para ayudar en la guerra de los númidas contra Roma. Marbod y Dragonópterix se lanzan a la búsqueda del Simurgh, una mítica y omnipotente criatura, pero cuando por fin llegan hasta ella, descubren que su viejo enemigo Setotis se les ha adelantado, y les ha tendido una emboscada

Al oir la risa maligna de Setotis, Marbod el Bárbaro había reparado en que las piedras habían reverberado, y con un rapto de iluminación, lanzó un grito estentóreo, con toda la fuerza de sus pulmones. Estaba en una de las más altas montañas de Persia, y en la boca de una caverna, de manera que, tal y como lo había supuesto, el eco resultó ensordecedor, rebotando contra las paredes rocosas en kilómetros a la redonda, potenciándose cada vez más, a la vez que ingresaba al interior de la caverna del Simurgh. En pocos segundos, el suelo vibraba y se estremecía como si fuera un gigantesco terremoto. Dragonópterix bajó las garras y se tapó los oídos, mientras que las serpientes, libres del control mental de Setotis, culebrearon escapando en cualquier dirección. Desde el interior de la caverna, chillando horriblemente, Setotis salió escapando a toda carrera, y antes de que Marbod o Dragonópterix pudieran hacer algo, se perdió entre las montañas.

Del interior de la caverna salió también un plumífero, probablemente un pavo real, que con su larga cabeza alzada llegaba más o menos hasta la cadera de Marbod el Bárbaro. Se movió como loco en una dirección u otra, y luego, como si recordara algo, se quedó quieto.

–No debo hacer nada, no debo hacer nada, no debo hacer nada, no debo hacer nada… ¡Dioses, tampoco debo hablar!– dijo, y se quedó callado, quieto, con los ojos cerrados.

–¿Eres el Simurgh?– preguntó Marbod el Bárbaro. Pero la criatura no respondió.

Marbod el Bárbaro, bastante cansado de su prolongada odisea, optó por coger del pescuezo al pavo real, o lo que fuera el pajarraco. Este, al verse agarrado así, abrió ojos mayúsculos y se puso a aletear.

–¿Eres el Simurgh?– repitió Marbod el Bárbaro.

–¡S… í…!– soltó el Simurgh, con el hilillo de voz que le salía por la garganta.

Marbod el Bárbaro lo soltó. El Simurgh, mirando en todas direcciones, corrió de regreso al interior de la caverna. Marbod el Bárbaro entró, siguiéndolo. Allí encontró al Simurgh otra vez murmurando su salmodia:

–No debo hacer nada, no debo hacer nada, no debo hacer nada…

–Simurgh… He venido porque necesito un favor.

–¡No puedo!– graznó el Simurgh.

–¡Pero eres omnipotente!

–¡Siempre que no haga nada!– chilló el Simurgh.

–Pero es un favor importante. Se trata del Orbe Terrarum mismo. Los romanos están siendo obligados a ir a una guerra por obra de una conspiración, y necesito viajar a Numidia para impedir que…

–¡Olvídalo!

Marbod el Bárbaro suspiró.

–Es inútil, Dragonópterix– dijo Marbod el Bárbaro, mientras salía de la caverna a encontrarse con el dragón, que se había quedado afuera. –No nos va a ayudar. Hicimos este viaje en vano.

De pronto, tres plumas salieron flotando grácilmente en el aire, y cayeron a los pies de Marbod el Bárbaro.

–¡Por haber echado al hombre culebra ése!– salió la voz chillona del Simurgh desde el interior, y luego añadió: –¡Y no me molesten más!

Marbod el Bárbaro se quedó mirando las plumas.

–Según la leyenda, hace muchos años el Simurgh encontró la manera de hacerse trampa a sí mismo, y consiguió el medio para hacer cosas omnipotentes, sin hacer nada en realidad. Le pasa plumas a sus escogidos. Si quieres que se te cumpla un deseo, quemas una pluma y listo.

–¡Qué fácil!– dijo Marbod el Bárbaro. –O sea, tengo que quemar una pluma deseando ser un dios. Con el poder de un dios lo arreglo todo, y aún me quedan dos plumas de reserva… Pero… ¿cómo alguien no ha deseado alguna vez arrebatarle su poder al propio Simurgh…?

–Hay dos teorías. Una es que si pides un deseo demasiado grande, debes especificarlo y detallarlo mucho para que funcione como quieres, porque si lo pides en bruto, se te concederá de ese modo y habrán muchas consecuencias indeseadas, cada vez más grandes si no sabes qué pedir o cómo. Hubo uno que pidió ser tan rico como Creso y Midas juntos, pero cuando obtuvo toda esa riqueza y la empezó a gastar, inyectó tanto dinero a la economía que con la hiperinflación, aunque seguía teniendo su dinero, ese dinero no valía nada. En segundo lugar, dice otra teoría, como el Simurgh es omnipotente, su potencia es infinita, y por lo tanto, si alguien obtiene el poder del Simurgh, hay dos potencias infinitas chocando en el universo, y por lo tanto, el deseo se anula a sí mismo. Pero el infinito del Simurgh es más grande que el otro infinito porque o si no, no habría podido otorgar ese deseo en primer lugar, así como todos los números pares e impares son infinitos, pero son más infinitos que sólo los pares, que también son infinitos… es complicado, en realidad.

–Ah– dijo Marbod el Bárbaro, sin haber entendido realmente nada. –Veamos entonces el primer deseo.

Marbod el Bárbaro sacó un yesquero, y con él incendió la primera pluma, mientras decía en voz alta:

–¡Quiero viajar a Numidia para evitar que los númidas sean conquistados por los romanos!

Marbod el Bárbaro sintió que el universo entero se disolvía, y un paisaje desértico apareció alrededor.

–¡Resultó, Dragonópterix, resultó…!– soltó Marbod el Bárbaro, exultante, pero luego, al mirar a su alrededor, preguntó: –¿Dragonópterix…?

Mientras tanto, en el corazón árido de Persia, perdido después de todos sus viajes y mucho más lejos de lo que nunca jamás había viajado jamás, Dragonópterix masculló, para sí por supuesto ya que estaba solo:

–¡Gracias, Marbod, por haberme incluido en tu deseo! ¡Y yo que te dije que debías ser bien preciso a la hora de pedir tus deseos para que se cumplieran como tú los quisieras! ¡Infeliz!

Y luego, dirigiéndose al interior de la caverna, preguntó con amabilidad y humildad.

–¿Simurgh? ¿Te sería muy difícil señalarme más o menos por dónde regreso hacia German…?

–¡No estoy!– chilló el Simurgh, desde el interior de la caverna.

Mientras tanto, en Numidia, Marbod el Bárbaro guardó cuidadosamente las otras dos plumas en su cinturón, haciéndose el propósito de economizarlas al máximo. Luego, caminó en dirección hacia un oasis cercano.

–¡Hola!– preguntó en latín. –Soy Marbod el Bárbaro. Vengo a ayudarles para impedir que los romanos conquisten Numidia.

Al escuchar esto, el jefe del oasis, un beduino con la piel olivácea por la raza y el sol del desierto, se rio aparatosamente, y su nariz ganchuda apuntó al cielo en medio de esta carcajada.

–¡Los romanos, majitu lindo…! ¡Los romanos han pasado bor acá, bero les dimos una baliza, majitu! ¡Ya no volverán, se lo tienen bien escarmentado…!

Marbod el Bárbaro suspiró. De manera que se había preocupado por los númidas para nada.

–Podrían volver– dijo Marbod el Bárbaro.

–Bero el desierto es grande, majitu, y en él nos esconderemos– dijo el jeque. –¡No, forastero, no debes breocubarte bor la suerte de los númidas!

Marbod el Bárbaro asintió.

–Muy bien– se dijo a sí mismo. –Supongo que eso va a sellar la suerte de la guerra contra el Eje del Hades.

Y luego le preguntó al jeque por el camino hacia la costa. El jeque, sonriendo, se lo señaló, pero le dijo que era más prudente esperar a que pasara una caravana, por lo que le ofreció su hospitalidad. Marbod el Bárbaro la aceptó de buen grado, feliz de poder darse un respiro en la guerra a la que se había visto arrastrado. Como parte de la hospitalidad, el jeque le ofreció a Marbod el Bárbaro sus mujeres, pero cuando al pasar las horas se hizo evidente la enorme virilidad de Marbod el Bárbaro, empezó a mosquearse visiblemente. Por eso, el jeque respiró aliviado cuando apenas dos días después pasó una caravana.

Mientras viajaba con la caravana, Marbod el Bárbaro se puso a pensar. La guerra contra el Eje del Hades seguramente se había acabado, saldada con a lo menos tres legiones derrotadas en distintos puntos del Orbe Terrarum. Las ventajas obtenidas por Druso en su postrera victoria contra los partos seguramente se habían esfumado. La conspiración, en caso de seguir adelante, seguramente había sido neutralizada. Marbod el Bárbaro había enfrentado masculinamente a los enemigos que habían conspirado femeninamente desde las sombras, y había vencido.

Pero aún quedaba un punto importantísimo. Por un accidente del destino, él había sido incriminado como el asesino de Druso, y si quería volver a Roma, la guardia pretoriana estaría esperándole. No en balde, se le acusaba de haber asesinado al hermano del Emperador. Por supuesto que podía instalarse en cualquier otra parte del mundo y reiniciar su vida, pero a lo largo del tiempo, le había cobrando cariño a su vida en Roma. Estaba la herrería de Tulio, claro está, y su hija Drusila. Pero también había algo más, el que Roma alguna vez hubiera sido una ciudad de hombres valientes y virtuosos, y aunque ahora en decadencia por el egoísmo y la estupidez de sus habitantes, quizás aún se pudiera restaurar su pasada grandeza. Algo que las conspiraciones como la promovida contra el Eje del Hades podían impedir.

Además, Marbod el Bárbaro era un germano, y un germano siempre mantenía bien limpio su nombre, ensuciando la espada con la sangre de sus enemigos si es que fuere preciso.

Estaba decidido entonces. Marbod el Bárbaro regresaría a Roma y les haría pagar a los conspiradores el precio de su conspiración.

La caravana arribó hasta Hipona, y desde su puerto, Marbod el Bárbaro emprendió el viaje en un velero con rumbo a Ostia. Luego de recalar en Sicilia, descubrió que en las cercanías de Siracusa estaba la caverna de Polifemo. Decidió averiguar si el cíclope andaba dando vueltas, feliz ante la posibilidad de ejercitarse con uno de los de su raza, y ya iba pensando mentalmente cómo lo iba a desafiar a una lucha amistosa, cuando de pronto se encontró con un cartel pintado con faltas de ortografía: “El Museo de Polifemo está temporalmente cerrado por reparaciones. Agradecemos su comprensión”. Chasqueado, Marbod el Bárbaro regresó a la embarcación, y siguió camino hacia Ostia.

Una vez en Ostia, Marbod el Bárbaro emprendió la caminata hacia Roma. Temiendo que estuvieran montando guardia en la herrería de Tulio, esperando su regreso, decidió alojarse en algún lugar diferente.

Las chicas hicieron entrar a Marbod el Bárbaro en medio de risillas coquetas, y se exhibieron impúdicamente, esperando que éste eligiera a una o varias de ellas. De pronto, salió la regenta del local.

–¿Marbod? ¿Tú de nuevo? ¿Es que no tuviste suficiente después de que embarazaste a todas mis chicas? ¡Vamos, lárgate de aquí!

–Tengo un problema, Nubia Dómina Cornelia. Necesito esconderme. Necesito dinero. Sólo por un tiempo.

–Eres un proscrito de la justicia, mataste al hermano del Emperador. ¡Te denunciaré ahora mismo, y deberás matarme para impedirlo!

Apenas Marbod el Bárbaro dio un paso, sin intención de ninguna otra más que acercarse a la mesa, Nubia Dómina Cornelia lo interpretó como un intento de asesinato, y le espetó al germano:

–Un paso más, y grito que estás acá.

–Escucha, Nubia, todo esto no es más que un monumental malentendido. Necesito aclarar mi nombre, pero necesito buscar refugio para eso. Si pudieras alojarme, prometo que te lo recompensaré. Sabes que siempre cumplo mis promesas, ¿verdad?

Nubia Dómina Cornelia lo meditó por un instante, y luego, con una sonrisa torcida, habló:

–Una sola noche, Marbod. Y me pagarás este servicio, ¿está claro?

La regenta hizo un gesto. Trajeron de inmediato cuatro chicas: una germana, una egipcia, una persa y una escita.

–Son cuatro chicas nuevas. Tres de ellas ni siquiera están desvirgadas. Un hombre tan insaciable como tú debe tener apetitos refinados, Marbod. Quiero que las pruebes y las evalúes, qué tal son en la cama, y si es que fallan, como pueden mejorar en su atención a los clientes. Harás eso esta noche, y te ganarás así tu alojamiento. ¿Está claro?

Marbod el Bárbaro asintió respetuosamente, y luego cumplió el cometido que se le encargaba con toda responsabilidad. Pero, pensando en los alcances de la conspiración, en realidad ni disfrutó mucho de sus cuatro veces, ni tampoco se dedicó a evaluarlas, de manera que a la mañana siguiente le dijo a Nubia Dómina Cornelia que las chicas estaban bien, y se desentendió del asunto.

Durante la noche, o en lo que le quedaba de ella mejor dicho, Marbod el Bárbaro se había aislado en el dormitorio que se le había asignado, y frente a un espejo, quemó la segunda pluma. Mientras ardía, recordando ser lo más preciso que se pudiera al momento de pedir su deseo, habló:

–Quiero ver en este espejo todos los alcances de la conspiración del Eje del Hades, incluyendo quién lo planeó, quiénes están involucrados, qué ocurrió en Roma después del atentado, qué papel juega la guerra contra el Eje, en qué están los conspiradores ahora y cuál es el propósito de todo esto.

Inmediatamente, en el espejo empezaron a conjurarse jirones de nieblas, que al solidificarse, fueron creando imágenes en movimiento. Apareció en primer lugar Sejano, el jefe de los pretorianos, en medio de un banquete con Druso. Sejano miraba con lujuria a Livia, la esposa de Druso. Este comenzó a espetarle al invitado, con sutileza, su excesiva ambición, que lo estaba llevando a ascender escalón por escalón. Marbod el Bárbaro pudo ver con claridad el rostro de Sejano, cada vez más contraído en sus músculos y cada vez más forzada la sonrisa, y luego le vio retirarse con cualquier pretexto, y mascullar por el camino contra Druso, maquinando el modo en que le iba a apartar del camino. Con todo, Marbod el Bárbaro no pudo discernir si estaba escuchando a Sejano, o si de alguna manera le estaba leyendo el pensamiento.

Luego aparecieron algunas escenas que a Marbod el Bárbaro le resultaron familiares. Se trataba de algunos diálogos entre Sejano y Tiberio, respecto de la rebelión de los esclavos que había llevado a la instauración de la efímera Ciudad del Sol. Sejano había conseguido que se le nombrara jefe de los pretorianos, y había convencido de Tiberio de que concentrara a todas las tropas en Roma. Una vez más, parecía que los pensamientos de Sejano se proyectaran a través del espejo: éste parecía reflexionar que al estar todas las tropas concentradas, sería más fácil tomarse militarmente las calles y ahogar cualquier intento de resistencia por parte del Emperador o los senadores.

Luego aparecía Tiberio cada vez más retirado, pasando cada vez más tiempo en la isla de Capri, entregado a una vida tranquila y plácida, cada vez más aislado de los asuntos del Gobierno, que le provocaban un visible fastidio, y con las responsabilidades cada vez más delegadas en Sejano.

Al mismo tiempo, descubrió Marbod el Bárbaro, Sejano estaba haciéndole la corte a Livia, hasta que consiguió hacerla caer en sus brazos, e incluso logró hacerla confesar de que no extrañaba a su marido, siempre lejos de Roma debido a sus campañas militares, y que si pudiera, se casaría con Sejano. Y entonces, Marbod el Bárbaro escuchó nítidamente como Sejano reflexionaba en que si conseguía casarse con la cuñada de Tiberio, una vez muerto Druso, entonces podría derrocar al mismísimo Emperador y tomar su lugar. Pero para ello primero debía quitar a Druso del camino, y conseguir que el Senado lo aceptara.

Apareció luego una conversación privada con Tecnófilo. Este se encontraba en prisión. Marbod el Bárbaro leyó el pensamiento de Tecnófilo, y descubrió que éste languidecía en su calabozo desde que había sido rescatado de las ruinas del edificio que se le había desplomado encima. Tecnófilo, por lo tanto, le había mentido a Marbod el Bárbaro acerca de cómo se había escapado. En el espejo se veía como Sejano le ofrecía a Tecnófilo un trato, incluyendo la libertad y un laboratorio completo para sus experimentos, además de convertirlo en el proveedor oficial del ejército romano, a cambio de preparar el atentado contra Druso. Marbod el Bárbaro vio entonces cómo Tecnófilo había creado los químicos con los cuales había cargado los carros con los cuales había desatado el infierno terrorista en Roma, en que Druso había perecido.

Luego, Marbod el Bárbaro vio el atentado mismo. También pudo adentrarse en los pensamientos de Sejano, complacido de que, por motivos completamente inesperados, Marbod el Bárbaro estuviera en el medio de todo aquello. Aprovechando la oportunidad, Sejano le había convertido en la figura visible del enemigo, y le había convertido en un símbolo del Eje del Hades, de aquello que todo romano, por el solo hecho de ser romano, debería odiar. De esa manera, Sejano consiguió domesticar a los senadores, ninguno de los cuales quería verse como antipatriota.

Descubrió también Marbod el Bárbaro cómo, a partir de entonces, Sejano estaba planificando su golpe final. Para ganar el tiempo necesario, había hecho estimaciones a la baja de lo que se necesitaba para emprender la guerra contra los tres pueblos del Eje del Hades al mismo tiempo, gracias a lo cual ninguna de las tres guerras podría ser ganada en realidad, sino sólo mantenida, y de esta manera, sería a su vez posible mantener a los romanos en la incertidumbre y el terror.

Al mismo tiempo, había convencido a Tiberio de que estaría mucho más seguro en la isla de Capri, una enorme fortaleza rocosa de muy difícil acceso desde la superficie marina, que en la misma Roma, y de esa manera lo aislaba de Roma. Al mismo tiempo, so pretexto de lesa majestad, había perseguido a numerosos enemigos políticos y los había encerrado, y aún ejecutado. Pero no se atrevía a casarse aún con Livia, para no exponer abiertamente sus intenciones a la sospecha de la gente. En vez de ello, aprestaba a un grupo de pretorianos para tomarse Capri por asalto, fingiendo un ataque de venganza por parte del Eje del Hades. Una vez muerto Tiberio, Sejano asumiría poderes absolutos mientras organizaba las cosas, y en breve se casaría con Livia, asumiendo entonces abiertamente el mando imperial.

A la mañana siguiente, Marbod el Bárbaro había tomado una resolución. Viajaría a Capri, a detener los planes de los hombres de Sejano.

Pero cuando se acercaba a las puertas de Roma, sintió de pronto el agudo dolor de una flecha traspasándole. Y perdió el sentido.

Cuando abrió los ojos, Marbod el Bárbaro se encontró en el interior de un palacio, cargado con una fortísima cantidad de cadenas. Al respirar, incluso el movimiento de la caja torácica le hizo doler la herida. Había perdido sangre, y se sentía muy mal.

–De manera que ésta es la pluma del Simurgh. ¡Interesante!– dijo una figura delante suyo, jugueteando con lo que parecía ser una especie de pluma, en efecto. Marbod el Bárbaro tuvo que enfocar su debilitada vista para ver de quién se trataba. Para su sorpresa, era Sejano. –No podías usarla para destruirme, ¿verdad, Marbod? Me necesitas vivo para que yo confiese cómo me las arreglé para incriminarte con el asesinato de Druso, ¿no? ¡Pero no debes preocuparte por eso! Dentro de muy poco morirás. Claro, tu reputación no se repondrá de eso. Ahora te mantendré vivo un poco de tiempo más. Cuando lleguen noticias desde Capri, te ofreceré al público. Diré que te he capturado demasiado tarde, pero si no pude salvar al Emperador, al menos ajusticiaré a su asesino. ¡Morirás, y morirás sin honor, Marbod! ¡Y yo, Sejano, seré el amo absoluto del Orbe Terrarum…!

Y Sejano se rio con una risilla maquiavélica, al tiempo que guardaba la pluma, y se disponía a esperar.

Próximo capítulo (último de "Roma prevalecerá"): “Rom über Alles!”.