ANTERIORMENTE EN “MARBOD EL BÁRBARO: ROMA PREVALECERÁ”: Incriminado como autor de un atentado terrorista en Roma, Marbod el Bárbaro regresa a Germania para proteger a su tribu. Una vez derrotada la legión romana que atacaba a Germania, a lomos de Dragonópterix emprende el viaje hacia el Ponto, para seguir librando a los pueblos del Eje del Hades contra el poderío de Roma, que se ha puesto en marcha debido a una conspiración promovida en la sombra. Y allí reaparece un viejo enemigo…
Dragonópterix aterrizó en un punto cerca del campamento romano. A su alrededor se veían las desnudas laderas de las desoladas montañas pónticas. Marbod el Bárbaro desmontó del dragón.
–¿La tendrás tan cruda acá como en Germania, Marbod?– preguntó Dragonópterix, preocupado.
–Los de acá probablemente son legionarios normales y nada más. Conozco a Tecnófilo, y no habría vendido el secreto de su pócima de superfuerza para que se transformara en una tecnología común que no le diera ninguna ventaja. Y como Tecnófilo estaba ocupado en Germania, estos legionarios pelearán como legionarios normales. No habrá ningún problema en reducirlos.
–Pero yo no soy un legionario corriente– dijo Setotis, silbando reptilianamente mientras aparecía por un sendero bastante escondido en medio de las estribaciones montañosas de la región.
–Perdón, pero… ¿nos conocemos? Tu voz me resulta familiar…– preguntó Marbod el Bárbaro, y no había ironía en su voz.
–Me vengaré de ti, Marbod. Me vengaré, te destruiré, te aniquilaré. ¡El poder de Set te lo comanda!
–Set es el dios serpiente de Egipto– dijo Dragonópterix, echándose a temblar. –Son malas noticias, Marbod, Set es un dios muy poderoso.
–Sí, pero este infeliz no está en Egipt… Un momento… ¿Eres Setotis…?
–¡Sí!– rabeó Setotis. –¡Y voy a matarte, Marbod!
–¡Por el Asgard, pero…! ¡Es que con esa cabeza de cobra no te reconocí…!
–¿Me creías MUERTO? ¡Me dejaste abandonado en el desierto del Sinaí! ¡Para que muriera de sed!
–¡Tú me metiste en un ataúd para que muriera en medio del Océano Mediterráneo!– gritó Marbod el Bárbaro. –¡Y la primera vez que nos encontramos, tú intentaste tomar por asalto mi casa!
–Ha pasado mucho tiempo desde ese entonces– silbó Setotis. –Ahora soy más fuerte. ¡Sirvo a Set!
–Y Set te regaló esa preciosa cabeza de cobra con la cual tus viejos amigos ya no te reconocemos. Venga, Setotis, ya sé que eres otros de los reclutas de los conspiradores de Roma para destruir sus libertades ciudadanas. Te vamos a poner a dos tercios aquí.
–¿Le VAMOS, en plural?– preguntó Dragonópterix, con filosófica ironía. –¡Ah, no, Marbod, ya sabes que a mí eso de pelear no se me da muy bien…!
–Lo veremos– dijo Setotis, con un relámpago maligno en sus ojos, mientras extendía las manos hacia Dragonópterix.
De pronto, Dragonópterix empezó a agitarse de una manera extraña. Sus músculos temblaban, y se convulsionaba al moverse, haciendo un evidente esfuerzo por frenarse, pero aún así, sus movimientos tenían una lógica y un sentido, que no venían de la voluntad misma de Dragonópterix sino de una extraña e intrusa, que estaba invadiendo el alma del dragón. Marbod el Bárbaro se volvió hacia él.
–¡No puedo controlar mis movimientos, Marbod! ¡El me controla!
Inmediatamente, Dragonópterix se volvió contra Marbod el Bárbaro, y le dio un violento golpe con la cola. Este apenas pudo evitarlo.
–¡Dragonópterix!– soltó Marbod el Bárbaro, alarmado.
–¡Marbod, lo siento, no puedo controlarme!– gimió el dragón.
–¡El poder de Set el Dios Serpiente te conjura, Dragonópterix! ¡Mata a Marbod! ¡Mata a ese mamífero!
Marbod el Bárbaro entendió entonces. Setotis tenía el poder de controlar a los reptiles. Como un dragón, por ejemplo.
Marbod el Bárbaro reflexionó que, por suerte, Dragonópterix no escupía fuego.
–¡Marbod, haz algo!
Marbod intentó cargar contra Setotis, pero éste movió la mano un tanto, y Dragonópterix se interpuso en el camino del golpe. Marbod pudo frenarse, pero claro está, no alcanzó siquiera a tocar a Setotis.
–Podrías matar a tu amigo, si quisieras. ¿No, Marbod…?– soltó Setotis, burlesco.
–¡Marbod, no!– gritó Dragonópterix. –¡Yo sólo quería vivir tranquilo, quería filosofar…! ¡Sabes que no tengo ambiciones, que no deseo nada en la vida, que ni siquiera me gusta asustar a los hum…!
Pero Setotis hizo un gesto de pato cerrando la boca, y Dragonópterix enmudeció, con sus fauces rígidamente pegadas la una a la otra.
–¡Si no matas a tu amigo, entonces tu amigo te matará a ti!– dijo Setotis, con un tono intencionadamente controlado para sonar más siniestro aún.
Marbod el Bárbaro reflexionó sobre el tema un par de segundos. Aquiles hubiera emprendido el ataque frontal y hubiera masacrado a lo que se hubiera puesto en el camino. Pero, ¿y Ulises? ¿Qué hubiera hecho el ingenioso y artero Ulises? Espantar a la serpiente, probablemente.
La serpiente le tiene miedo a las vibraciones del suelo. Muchas de ellas, y las serpientes se intranquilizan.
Marbod el Bárbaro empezó a patear el suelo, un golpe primero, una pausa, otro golpe después, otra pausa, otro golpe, otro golpe, otro golpe… Y luego comenzó a saltar en su sitio. Si cualquier persona hubiera hecho esto, no hubiera funcionado, pero Marbod el Bárbaro no era cualquier persona.
–¡Atácalo, dragón!– gritó Setotis, cada vez más irritado por las vibraciones que llegaban hasta él. Con sus dos manos empujó el aire, y consecuentemente, Dragonópterix cargó contra Marbod el Bárbaro. Pero éste se hizo a un lado, sin dejar de saltar contra el suelo. Las vibraciones ahora eran claramente audibles, como el paso atronador de varias cuadrigas de carrera.
Y de pronto, cada vez más sobrepasado por las vibraciones del suelo que le robaban la concentración, Setotis perdió el control. Fue apenas un instante, pero lo suficiente como para que Dragonópterix se volviera contra su titiritero, y se precipitara en contra suya. Setotis empezó a gritar y chillar, pero Dragonópterix, espoleado por la sensación claustrofóbica de sentir su cuerpo controlado por un poder externo, no le dio cuartel. Con energías impresionantes para alguien de carácter tan blandengue como Dragonópterix, Setotis empezó a recibir una serie de mordiscos y dentelladas, y pronto la sangre saltó.
De pronto, al sentir algo en el hombro, Dragonópterix se dio la media vuelta y atacó. Apenas se pudo frenar cuando descubrió que no le estaban atacando: era Marbod quien le estaba deteniendo. El bárbaro, divertido, señaló entonces a Dragonópterix la ubicación de su presa. Allí donde estaba Setotis, había sólo un inmenso pellejo medio reptiliano y medio humano.
–¿Lo… maté?– preguntó Dragonópterix.
–¿Qué…? ¡No!– dijo Marbod el Bárbaro, divertido. –Como buena serpiente, cambió su piel y se escurrió desde tus fauces. Estás atacando un pellejo sin nada en su interior.
Dragonópterix revisó la piel, incrédulo, y descubrió que era la verdad. Setotis andaba desnudo por ahí.
–¿Y no lo perseguiste, Marbod?
–Tengo cosas más importantes que hacer. Detener a los romanos, por ejemplo.
Apenas los romanos vieron a Marbod el Bárbaro descender desde la montaña, sintieron que sus corazones se llenaron de terror.
–¡Quiero hablar con su general!
–¡Soy yo!– dijo el general, acercándose. –Dime qué quieres.
–Retírate, o tendré que destruir tus legiones.
–Te creo– dijo el general, con voz cansada. –Nos dicen que debemos librar una guerra, pero nos envían pocos hombres, aún menos suministros, y no nos dan refuerzos. No se puede pelear una guerra así, en particular contra esos salvajes de las montañas. Y si pudiste deshacerte de esa serpiente, pues bien… Suficiente para mí. Mis hombres harían cualquier sacrificio por Roma, pero este sacrificio no tiene sentido en lo absoluto.
–Te degollarán en Roma por alta traición– dijo Marbod el Bárbaro, sin terminar de creerse lo que escuchaba.
–Que me degüellen. Ya cumplí con Roma librando una guerra sin sentido contra los partos en Irak. Si voy a seguir arriesgando a mis hombres, debe ser por causa de la nación, no de la arrogancia de un grupo de bastardos infelices que se creen tocados por la Gracia de Zeus. Quizás otro día, Marbod. Quizás otro día.
Marbod el Bárbaro asintió, con hondo respeto por aquel honrado hombre de honor.
Poco después, mientras las legiones romanas se estaban retirando, Marbod el Bárbaro se entrevistaba con Dragonópterix.
–Bueno, el problema del Ponto está solucionado– dijo. –Pero aún queda el problema de Numidia. A estas alturas del partido los númidas deben estar siendo atacados, y no tenemos manera alguna de que crucemos la mitad del Orbe Terrarum para llegar hasta su territorio. Creo que los númidas tendrán que batírselas por sí mismos, Dragonópterix.
–Bueno, si quieres viajar hasta allá…
Marbod el Bárbaro se quedó escuchando a la espera de lo que Dragonópterix iba a decir, pero éste, asumiendo que Marbod iba a interrumpirle, se interrumpió solo. Esto impacientó a Marbod, que le espetó un sonoro “¡sigue!” justo cuando Dragonópterix se estaba disponiendo a seguir.
–¡Está bien, está bien!– dijo Dragonópterix, dolido, y luego habló: –Cuenta la leyenda que por algún lugar de Asia existe una criatura alada… un ave… que se llama el Simurgh. Y el Simurgh es… bueno, dicen que es omnipotente.
–¡Omnipotente! ¡Suena impresionante! ¿Es más poderoso que Sabaoth?
–Más.
–¿Más poderoso que… los dioses griegos?
–Más.
–¿Incluso que los dioses germánicos…?
–Más.
–¡Entonces qué estamos esperando! ¡El Simurgh es la respuesta a todos nuestros problemas! ¡Vamos!
–Espera, Marbod, no es tan fácil. Hay un par de cosas.
–Bien, dime.
–Primero, el Simurgh vive hacia el este. En Persia. Descontando el hecho de que tendríamos que invadir territorio dominado por el Imperio Parto, que deben estar muy rabiosos por la campaña que el fallecido Druso, que los dioses lo tengan en apoteosis, montó en su contra hace poco, Persia queda AL ESTE, y si fallamos, estaríamos aún más lejos de Numidia, que queda AL OESTE.
–Bueno, tenemos que alejarnos y golpear a unos cuantos partos, es un riesgo aceptable. Dime cuál es el segundo problema.
–Que el Simurgh es omnipotente, a condición de que no haga nada.
Marbod el Bárbaro se quedó pensativo por un instante. Luego miró a Dragonópterix.
–Entonces si hace algo, deja de ser omnipotente. ¿Cómo diablos va a ayudarnos, entonces?
–No lo sé… Es lo que se me ocurre, es lo que encontré en una crónica de Hecateo de Mileto. Claro, él escribía hace, ¿cinco, seis siglos atrás? Las cosas pueden haber cambiado un poco…
Marbod el Bárbaro examinó sus opciones. Fue un examen rápido, porque la respuesta fue única: no tenía otras opciones.
–Vamos a por el Simurgh– dijo finalmente.
Y montándose en su fiel Dragonópterix, Marbod el Bárbaro emprendió el camino a través de las estribaciones de los Montes Tauro, descendiendo hacia Siria. En la región, cosa rara, no habían ni romanos ni partos, de manera que prosiguió hasta el curso superior del Eufrates, en donde comenzaron a aparecer algunos partos que Marbod el Bárbaro aporreó diligentemente. Atravesó la Mesopotamia Superior y alcanzó el Tigris, en donde algunos arqueros partos que no habían escuchado hablar de Marbod el Bárbaro intentaron detenerlo, trágico error que pagaron con sus vidas. Pasado el Tigris, Marbod el Bárbaro llegó hasta los farellones que antecedían a los Montes Zagros, y se adentró en el corazón de Persia, lugar en donde se encontró con otro fortín parto que, en defensa propia, se encargó prestamente de incendiar y arrasar. Finalmente, en las cercanías del Mar Caspio, dio con una aldea pobrísima y famélica, en donde sus habitantes estaban tan deprimidos en la escala social, que sus mujeres no usaban velo y sus hombres carecían de barba.
Cuando descendió a hacer preguntas, Marbod el Bárbaro descubrió un irritante problema: allí nadie hablaba germano ni latín.
–¿Simurgh? ¿Simurgh?– preguntó Marbod el Bárbaro.
–¡Simurgh! ¡wassajalila-ardovasa-zaravastro-Simurgh! ¡firdusiqh-televa-vasakaravos…!
–¿Entiendes alguna palabra de lo que dicen, Dragonópterix?
–Ni una sola palabra, Marbod, lo siento.
–¿Nunca leíste algún libro de filosofía en la lengua de los partos?
–Marbod, los partos no hacen filosofía. Son jinetes y arqueros, no filósofos. Pero puedo hacer un intento– dijo Dragonópterix, y luego, dirigiéndose a los aldeanos, preguntó: –¿Zaratustra? ¿Avesta? ¿Deva?
Los partos se miraron entre sí, y luego uno de ellos, tímidamente, alzó la mano y señaló en una determinada dirección.
Marbod el Bárbaro montó a lomos del sufrido Dragonópterix, y emprendió una vez más el viaje en aquella dirección. Después de traspasar una montaña, llegó hasta un pequeño templo zoroastriano, en cuyo frontis se había grabado un triángulo con un ojo en su centro, rodeado todo aquello de muy vivaces flamas.
–¿Hola?– preguntó Dragonópterix, luego de que ambos hubieran descendido. –¿Alguien acá habla griego?
–¡Bienvenidos al Templo de la Iniciación de Mitra!– dijo uno de los sacerdotes, saliendo. –¿Queréis acaso encontrar sabiduría, paz, espiritualidad y amor por el universo? ¡Traednos un toro, degolladlo con crueldad y quemadlo sanguinariamente mientras aún está vivo para que Mitra se manifieste!
Y de pronto, el sacerdote entornó los ojos. Marbod el Bárbaro, al ver esto, se quedó sorprendido.
–¿Ariaramnes? Pero… ¡Qué diablos haces aquí!
–¡No mencionarás al Malo en la Casa de Mitra!– bramó Ariaramnes, al escuchar la palabra “diablo”. –Y estoy aquí para seguir ascendiendo grados en la jerarquía de Mitra. ¡Ya he alcanzado el Grado 6! ¡Me faltan apenas 27 para llegar a… LA CÚSPIDE! Pero, Marbod… Qué diablos haces TÚ acá. ¿Acaso vienes a ser iniciado?
–Er… No. En realidad ando buscando al Simurgh. Unos aldeanos miserables me dijeron que ustedes saben dónde está. ¿Lo saben, acaso…?
–¡Ah, ese pajarraco pagano…! Nada tenemos que ver con él, Marbod, él se niega a aceptar a… ¡Mitra!
–Pero si lo aceptan o no, eso es cuento aparte. A mí lo que me interesa es encontrarlo.
–Aunque quisiera, Marbod, no podría ayudarte. El secreto de la localización del Simurgh es algo reservado para el Grado… Creo que como el 24 o 25. Me faltan como 18 o 20 grados para saberlo.
–Bueno, entonces si pudiera hablar con alguien de los grados 24 o 25… ¿Cuántos grados tienen acá?
–33. Pero pierdes el tiempo, Marbod. Los que han alcanzado del grado 9 hacia arriba han evolucionado tanto espiritualmente, que ya no están en contacto con el mundo. Sólo puedes hablar con gente hasta el 8. Salvo por Fellini, que es el 8 ½, pero ése no está acá en este minuto…
Marbod el Bárbaro no había viajado prácticamente todo el mundo conocido únicamente para detenerse ante los pruritos religiosos y el secretismo de un grupo de fanáticos, de manera que agarró a Ariaramnes por las solapas, y entrando al Templo con él, dijo:
–¡Es tu día de suerte, Ariaramnes! ¡Vas a subir muchos grados de una sola vez! ¡Y en agradecimiento, me vas a decir dónde encuentro al Simurgh!
Tras varias palizas varias, enfrentamientos con toros en sus corrales, una invasión al set donde se estaba grabando una deleted scene para la película “La flauta mágica” de un viajero del tiempo llamado Ingmar Bergman, y un divertido juego llamado “póngale la cola al viajero del tiempo Dan Brown”, Marbod el Bárbaro consiguió que los superiores de Ariaramnes le hicieran jurar y rejurar varios niveles de una sola vez, no porque Marbod el Bárbaro los hubiera amenazado de muerte, claro está, sino porque así lo ordenaba una antigua profecía que tenía una antigüedad de cinco mil años desde hacía mil años.
–¡Vaya, Marbod, eso fue rápido!– dijo Ariaramnes. –Bien, ahora que soy Grado 28, te diré el gran secreto. El Simurgh está en…
La ubicación exacta que Ariaramnes le dio a Marbod el Bárbaro, no la puedo reproducir, porque yo no soy un iniciado de Grado 28, y por lo tanto no se supone que yo sepa esas cosas, ni menos ustedes. Y si llego a revelarlo, entonces vendrán los acólitos de Mitra y me matarán, me descuartizarán, me eviscerarán, y muchas otras cosas desagradables más, de manera que prefiero saltarme un pedacito de historia, hasta la escena en que Marbod el Bárbaro llega al fin con Dragonópterix hasta la caverna en que se cobija el Simurgh. Por supuesto que esto implica privarles a ustedes, mis queridos lectores, de la historia de cómo Marbod el Bárbaro traspasó el Reino Perdido de Irkhebala, castró al usurpador Cett (cosa que no resintió demasiado, porque era homosexual de todos modos, aunque el camino del exilio le dolió porque en el destierro nadie lo trataba como un “gran señor”), y luego de entronizar a la Princesa Mircava, la dominó pornográficamente y la preñó con mucha virilidad, de unos preciosos trillizos. Pero sé que ustedes sabrán perdonarme por esta omisión.
El caso es que Dragonópterix aterrizó frente a la caverna del Simurgh y Marbod el Bárbaro desmontó.
–Se ve todo muy plácido. Entremos– dijo Marbod el Bárbaro.
De pronto, en la entrada de la caverna, apareció Setotis.
–¡Yo llegué primero, Marbod! ¡Y yo seré quien obtenga el poder supremo del Simurgh! ¡Y entonces nunca más me humillarás!– gritó el hombre con cabeza de cobra, y soltó una carcajada maligna.
Y antes de que Marbod el Bárbaro pudiera reaccionar, Setotis movió sus brazos. Muchas serpientes que moraban entre las rocas de la montaña, salieron, y tomaron firmemente tanto a Marbod el Bárbaro por sus extremidades, inmovilizándolo. Con otra porción de su poder, Setotis dominó una vez más a Dragonópterix.
–¡Cómo supiste la ubicación del Simurgh!– gritó Marbod el Bárbaro.
–¿Estás bromeando? ¡Esas cosas se enseñan en la Academia de las Artes Reptilianas de Set desde que eres un bebé! ¡Ahora, Marbod, prepárate a morir!
Setotis le hizo una señal a Dragonópterix, y éste se volvió hacia Marbod el Bárbaro, que estaba completamente inmovilizado. Había dolor y desesperación en los ojos del dragón. Setotis sonrió torvamente, y entonces Dragonópterix levantó sus garras, listo para destripar a Marbod el Bárbaro.
Con una carcajada maligna, Setotis se volvió entonces hacia la entrada de la caverna, e ingresó a la misma, en busca del Simurgh. La garra de Dragonópterix se quedó quieta en el aire un minuto, y luego…
Próximo capítulo: “¿Es éste el lugar que solíamos llamar Madre Patria?”.
lunes 14 de junio de 2010
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