ANTERIORMENTE EN “MARBOD EL BÁRBARO: ROMA PREVALECERÁ”: Druso, hermano del Emperador Tiberio, regresa de una campaña militar contra los partos. En el desfile de la victoria, un atentado explosivo terrorista lo mata. Por accidente del destino, Marbod el Bárbaro es sindicado como el villano. Además Sejano, el prefecto de los pretorianos, ha diseñado una serie de políticas para acumular poder en Roma, a la vez que declara la guerra al Eje del Hades, los tres pueblos que, según él, estarían implicados en el atentado, uno de los cuales es la tribu de los vendos, a la que pertenece Marbod…
Por un camino marchaban las legiones ordenadas y disciplinadas. Por otro, Marbod el Bárbaro. Por un lado resonaba el ruido seco de los pies militares golpeando el piso. Por otro, el ágil plasplasplás de las sandalias. Las legiones eran más poderosas, pero el bárbaro era más rápido. Ambos tenían un solo objetivo en mente: regresar a la tierra de los vendos.
De esta manera, corriendo y corriendo, Marbod el Bárbaro llegó hasta la maciza y ciclópea Cordillera de los Alpes. Una vez allí se encontró otra vez con el fortín #17. Apenas le vio Sergio Petronio Galba, se dio una fuerte palmada en la frente.
–¡Otra vez él!
–¡No estoy en el camino!– gritó Marbod el Bárbaro, saliéndose al borde del mismo.
–¿Vamos a por él, jefe?– gritó uno de los legionarios, cómodamente instalado en una laguna a la que habían arrojado rocas calientes para que saliera un relajante vapor.
–¡Vayan, vayan, vayan de inmediato!– gritó Sergio Petronio Galba. –¡Qué demoran, desgraciados! ¡Harán que los diezme de nuevo!
Los legionarios saltaron de inmediato, dejaron a sus prostitutas a un costado, se colocaron como mejor pudieron las armaduras, y corrieron hacia donde estaba Marbod el Bárbaro.
Al verlos, Marbod el Bárbaro movió negativamente la cabeza. De manera que empezó a correr hacia los legionarios, y corrió, y corrió, y apenas llegó hasta la masa compacta de ellos, siguió corriendo arrollándolos como un jabalí derribando una hilera de palitroques, y alcanzó la puerta del Fortín #17. Una vez allí, la abrió y pasó hacia el otro lado.
–¿Vamos a por él?– preguntó un legionario, temeroso.
–No– dijo Sergio Petronio Galba, tratando de sonar desdeñoso para ocultar su frustración. –Ahora está en el lado bárbaro del limes. Mientras no trate de regresar e invadirnos, no creo que haya problemas.
En ese minuto, Marbod el Bárbaro se puso a golpear el portón.
–¡Qué quieres, por el Hades!– gritó Sergio Petronio Galba.
–¡Necesito pasar hacia el otro lado! ¡Se me cayó una medalla!
–¡Mala suerte! ¡Si vuelves al territorio romano, te trataremos como a un invasor!
Marbod el Bárbaro se echó hacia atrás, y corrió para atrancar con toda velocidad a la puerta del Fortín #17. Y al golpear con todas sus fuerzas, la derribó. ¿Y esto por qué es posible? Porque él es… ¡¡¡MARBOD EL BÁRBARO!!!
Los legionarios se pusieron apresuradamente con sus pilum en posición para frenarlo, pero una vez más, Marbod el Bárbaro adoptó la estrategia del jabalí, y los arrolló. Corrió un par de kilómetros Imperio adentro, recogió una medalla que se la había regalado Drusila algunos días antes, y luego regresó.
–Oye… Se supone que tenemos que pararte, pero sabemos que no lo vamos a conseguir. Además, no nos interesa hacerlo porque técnicamente si estás de salida, no eres un invasor, y nuestra misión es proteger al Imperio de los invasores extranjeros– dijo un legionario, francamente mosqueado. –Pero por aquello del reglamento y la disciplina militar, haremos como que sí. ¿Te parece si lo representamos, pero no en serio, sino sólo como… ya sabes… teatro…? Por aquello de salvar el honor…
Marbod el Bárbaro suspiró. Los legionarios se pusieron en posición. Marbod el Bárbaro caminó entre ellos.
–Oh, espera– dijeron los legionarios, con completa desgana, y levantando apenas los brazos: –Estás arrestado. No te vayas. Eso, no te vayas.
Marbod el Bárbaro caminó hasta la puerta derribada, la traspasó, y siguió camino silbando.
Sergio Petronio Galba, sin aún creer la extraordinaria cobardía de sus hombres, se subió a lo alto de la empalizada y le gritó a Marbod el Bárbaro:
–¡Y como vuelvas por aquí, te irá peor! ¡Mucho peor!
Luego se volvió hacia sus hombres.
–¡Cobardes! ¡Fórmense para el diezmo! ¡Apúrense!
Los soldados se formaron diligentemente. Sergio Petronio Galba fue contando 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9, 10, 1, 2, etcétera, y cada vez que decía “10”, el soldado designado debía avanzar, poner el cuello sobre un tronco, y ser decapitado.
–Al fin– dijo uno de los soldados. –Maldito negrero, te veo en el Hades.
–¿Qué cosa? ¡Repite eso si es que…! ¡Espera, no lo decapites todav…! Er… ¡Maldición! ¡Maldición, maldición, maldición!
Mientras tanto, Marbod el Bárbaro estaba adentrándose en territorio helvético, ya en plenos Alpes, por elevados picachos y profundos valles.
En uno de esos valles, mientras caminaba por la escarpada ladera de una montaña, sintió que la nieve cedía y lo arrastraba hacia el abismo. Marbod el Bárbaro debió arrojarse al suelo para no ser arrastrado. Pero no había roca rugosa debajo de la nieve, sino metal liso, una plancha de metal, y Marbod el Bárbaro, no encontrando desde dónde sujetarse, rodó sin remedio. El suelo faltó, y acabó en caída libre.
Unos pinos salvadores amortiguaron su caída. Pero Marbod el Bárbaro quedó bastante magullado.
Luego de azotarse salvajemente contra una roca el hombro derecho, que se había dislocado, para volver a encajarse la articulación en su lugar, Marbod el Bárbaro miró hacia arriba. Allí estaba la porfiada plancha de metal. Y encima se veía una figura. Marbod entrecerró los ojos para verla mejor. Y entonces…
–¿Tecnófilo?
La figura se echó hacia atrás, y contestó con voz sonora, y la voz sonora tronó en todo el valle gracias al eco.
–¡Hasta que al fin has llegado, Marbod! Sabía que vendrías, sabía, sabía, sabía, ¡oh, sí! Estaba en lo correcto.
–¡Por Hella, qué demonios haces aquí? ¡Te hacía muerto debajo de esos escombros que te cayeron encima, la última vez que tuviste la mala idea de enfrentarte conmigo!
–¡Ah, Marbod…! Nunca subestimes la resistencia de una armadura. En particular si la confecciono yo. Debieron remover los escombros para ver si yo había muerto. En vez de eso, simplemente echaron tierra apisonada encima, ¡y a construir! Y mientras tanto, aprovechando la fuerza de mi armadura, simplemente me escurrí hasta que conseguí cavar hacia abajo, hacia la Cloaca Máxima, y así salí… ¡No deberías dudar del poder de la tecnología, Marbod!
–¿Y cómo tu tecnología te ayudó a descubrir dónde estaba?
–La tecnología no, Marbod. La razón científica. Simplemente investigué en los archivos imperiales. Hay varios informes sobre ti, Marbod, ¿lo sabías? Ahora estás considerado como el enemigo público número 1 de Roma. Y me dije: Sejano ha puesto a los vendos en el Eje del Hades. Y Marbod, que es un vendo, ¿qué hará? ¡Irá de regreso a su patria nativa! Y para eso, ¿por qué no iba a utilizar el mismo camino de ida? No fuiste muy discreto cuando pasaste el fortín #17 en camino hacia Roma, y eso quedó consignado en un informe. Pude reconstruir tu camino, y entonces… ¡construí esta base militar para destruirte! Estás encajonado en este valle, y yo estoy en alturas, en un desfiladero que no puedes alcanzar, en mi base subterránea recubierta con la aleación más dura que pude construir. Estás a mi merced, Marbod. ¡Te destruiré! ¡Y cuando te destruya, me habré vengado de ti por no haberte dejado destruir antes!
Y Tecnófilo remató sus palabras con una violenta y escalofriante carcajada.
–¡Estás demente, Tecnófilo!
–¡No!– gritó Tecnófilo. –Lo mío es una combinación de sociopatía con delirios paranoicos, que aunque sean enfermedades mentales, no son propiamente demencia. Y ya verás cuán cuerdo puedo ser, cuando te destruya por completo. ¡Y basta de palabras! ¡Es tiempo de la acción!
Y ante la perplejidad de Marbod el Bárbaro, Tecnófilo desapareció de escena (en realidad se metió por una escotilla a su base subterránea, pero esto Marbod no podía verlo desde abajo). Luego de activar algunas palancas y poleas, un complejo y bien pensado sistema de cuerdas y engranajes empezó a moverse. Se abrieron entonces dos trampillas a cada costado de la base, echando un poco de nieve alrededor. Y por las trampillas ascendieron sendas catapultas, cargadas con rocas calentadas al rojo vivo.
–¡Muere, Marbod!– gritó Tecnófilo, exultante, y lanzó las rocas. No era su intención darle a Marbod el Bárbaro, claro está, porque aún no perfeccionaba un mecanismo para hacer puntería. Pero las rocas ardientes cayeron en el interior del valle, inflamaron el follaje de los árboles, y en pocos minutos, ante el bombardeo de las rocas (porque Tecnófilo, por supuesto, lanzó varias cargas, una detrás de otra), el bosque entero comenzaba a arder. La trampa era perfecta, porque Tecnófilo había elegido a propósito un valle alpino lo suficientemente encajonado como para que no fuera simple salir.
Adivinando que Tecnófilo no le dejaría en paz, Marbod el Bárbaro optó por trepar los riscos hasta alcanzar a las catapultas. Pero esto también Tecnófilo lo había considerado. El calor estaba fundiendo la nieve alrededor del valle, y había recubierto de una fina película de gotitas de agua las rocas, haciéndolas resbaladizas e imposibles de trepar a manos desnudas.
–¡Arde, Marbod, arde!– gritó Tecnófilo. –¡Pagarás por las veces que me has impedido conquistar Roma! ¡Una vez que mueras, el mundo será MÍO!
Mientras tanto, Marbod el Bárbaro observó que, en medio de los árboles ahora violentamente en llamas, algunos venados de pequeño tamaño corrían hacia arriba.
–¡Por supuesto! ¡Están escapando río arriba!
Y Marbod el Bárbaro emprendió también la fuga, razonando que Tecnófilo había conseguido llegar al risco de alguna manera, y si él había podido acceder, también Marbod podría hacer lo mismo, de algún modo. Ignoraba que Tecnófilo lo había logrado merced a un globo aerostático rudimentario, y por lo tanto, esa vía le estaba también vedada.
Al llegar hasta el cuello del valle, Marbod el Bárbaro descubrió que el pequeño torrente que alimentaba a los árboles dentro del mismo era demasiado torrentoso y tenía demasiadas rocas mojadas como para remontarlo con seguridad. Los venados conseguían escapar porque sus patas estaban habituadas a eso, pero Marbod el Bárbaro y sus sandalias la tenían difícil. Por debajo, el fuego comenzaba a alcanzar los árboles más cercanos, y el humo al ascender, llenaba también la garganta en la porción superior del valle, con lo que además, Marbod el Bárbaro comenzaba a asfixiarse.
En su base subterránea, Tecnófilo se levantó de su asiento y corrió a unas trampillas, abriéndolas para tener visión hacia el exterior. Luego, activando un sistema de poleas, bajó unos lentes toscamente tallados, que le sirvieron para aumentar la visión del valle.
–¡Muere, Marbod! ¡Muere!– soltó entre dientes con una risilla maligna, al verle atrapado en una trampa tan impecable. –Puede que hayas resucitado antes, pero a ver cómo lo haces cuando tu cuerpo entero está reducido a cenizas, maldito.
De pronto, en medio de todo el humo, Marbod el Bárbaro observó un punto negro muy pequeño, pero muy nítido, moviéndose en el cielo. Se preguntó si acaso…
–¿Podrá ser…?
Marbod el Bárbaro miró en todas direcciones. Luego, reuniendo todas sus fuerzas y endureciendo los músculos de sus piernas para convertirlas en sólidos pilares, se adentró en el torrente, único lugar en donde el humo disminuiría y no habría fuego que le estorbara. Luego, adentrándose hasta que el agua le llegó hasta la cintura, y rogando porque no le derribara y arrojara caudal abajo, gritó con todas sus fuerzas:
–¡Dragonópterix! ¡Dragonópterix!
Y siguió, agitando vivamente los brazos:
–¡Dragonópterix! ¡Dragonópterix!
El punto negro comenzó a crecer, y poco a poco empezaron a reconocerse los rasgos del cuerpo de un dragón. Luego, con rapidez, el dragón sobrevoló el valle.
–¿Marbod? ¿Tú? ¡Pero…! ¡Qué haces acá…!
–¡No es tiempo para conversaciones, Dragonópterix, sácame de aquí!
Dragonópterix voló raudamente en medio del humo y descendió hasta donde estaba Marbod el Bárbaro, agarrándolo con las patas.
–¿Cómo es que te metiste en este problema, Marbod?
–El Tecnófilo, Dragonópterix. Tecnófilo me tendió una emboscada. ¿Cómo es que…?
–Oye, los incendios no suelen abundar mucho acá en los Alpes, así es que, cuando vi la humareda…
–Entiendo. Lo curioso es que te hayan sacado de tus textos filosóficos y de…
–¡Por supuesto, estaba releyendo la República de Platón, y…! Pero no importa. Tengo una deuda eterna contigo por haberme perdonado la vida, Marbod, así es que dime lo que haremos con ese Tecnófilo.
Al ver cómo Dragonópterix rescataba a Marbod el Bárbaro, el Tecnófilo hizo rechinar los dientes de rabia.
–¡Maldita sea, maldita sea, maldita sea! ¡Eso es trampa, eso es un deus ex machina, eso no es… RACIONAL!
E, impaciente, se arrojó sobre su mesa de cálculos para tratar de integrar el nuevo factor, el dragón, dentro de la ecuación para destruir a Marbod el Bárbaro. Ahora tenía una base subterránea que era completamente inútil para acabar con Marbod el Bárbaro, pero por otra parte… Si consiguiera calibrar las catapultas para que arrojaran más rocas al aire…
Mientras tanto, ahora montado sobre el lomo de Dragonópterix como corresponde, y enarbolando su espada, Marbod el Bárbaro se arrojó contra la base de Tecnófilo.
–¡Cuidado! ¡Las catapultas!
Algunas rocas volaron por el aire, pero Dragonópterix las esquivó diligentemente.
–¡Cuidado!
–¡La veo, la veo!– gritó Dragonópterix, e hizo un giro temerario para esquivarla, al tiempo que la asía fuertemente con las garras. La inercia de la roca tiró de Dragonópterix y estuvo a punto de sacarlo de su vuelo, pero el dragón fue más fuerte y detuvo la roca.
–¡Bien pensado, Dragonópterix!– exclamó Marbod el Bárbaro, jubiloso. –¡Vamos a darle!
Dragonópterix pasó a vuelo rasante sobre la catapulta, dejando caer la roca. La catapulta, impactada medio a medio, fue reventada, y sus piezas de madera se cayeron en un montón de vigas inútiles.
–¿Eso de ahí es un boquete?– preguntó Marbod el Bárbaro. Dragonópterix asintió con un monosílabo seco. –Baja al valle. Las rocas que arrojó Tecnófilo deben estar calientes con el incendio.
Sin dudarlo un instante, Dragonópterix se adentró en medio del humo, aún bajo los disparos de la otra catapulta, aunque como Tecnófilo la había cambiado para atacar al cielo, ahora perdió tiempo valioso tratando de apuntarla otra vez hacia el valle. Mientras tanto, en medio del humo, Dragonópterix localizó una de las rocas calientes, ardiendo aún más por el incendio, pero gracias a su piel escamosa, pudo soportar el dolor durante unos segundos, los precisos para volver a ascender y descargar la roca encima del boquete.
La roca cayó como un plomo en mitad de la base subterránea.
Marbod el Bárbaro se dejó caer por el boquete hacia abajo, y se colgó de un borde justo a tiempo para no caer sobre la roca hirviendo. Alcanzó a divisar al Tecnófilo escapando.
–¡Te atraparé, Tecnófilo! ¡Esta vez te atraparé!
–¡No esta vez, Marbod! ¿Ves ese aceite al que el fuego de la roca que arrojaste se está acercando? ¡Es el mismo que inventé para untar los carros que lancé contra Druso en Roma! ¡En esta base hay litros de ese aceite! ¡Reventarás, y no podrás escapar!
Y, como Tecnófilo lo había previsto, el hierro del que colgaba Marbod el Bárbaro cedió, y éste cayó en mitad de la base subterránea.
Dragonópterix miró hacia adentro, pero era demasiado grande para pasar y rescatar a Marbod el Bárbaro. Este se encontraba completamente atrapado.
A sabiendas de que era su última oportunidad, Marbod el Bárbaro fue tras Tecnófilo. Este se había trepado a una especie de canoa, y activando una polea, abrió una compuerta. Marbod el Bárbaro se arrojó hacia la canoa, justo a tiempo para que la canoa despegase a través de la compuerta, y saltara en caída libre desde la base. La canoa fue a dar contra el torrente, y empezó a correr valle abajo, con Marbod el Bárbaro firmemente agarrado para que las aguas no se lo llevaran.
–¡Dime por qué!– gritó Marbod el Bárbaro, siempre aferrado fuera de borda y tratando de que la corriente no se lo llevara. –¡Dime cómo esperabas apoderarte de Roma! ¿Creías que Roma no iba a reaccionar ante esto? ¡Apenas sus legiones sepan que tú estuviste detrás del atentado, no habrá lugar en el mundo donde estés seguro! ¡Invadirán país tras país hasta dar contigo, hasta matarte!
–¿No lo entiendes? ¡Roma ME PAGÓ el ataque! ¿Mi precio? ¡Tener TODOS LOS RECURSOS DE ROMA para mis investigaciones científicas y para crear nuevas armas militares para dominar EL MUNDO!
Un giro de la canoa, azotada por las corrientes, obligó a Marbod el Bárbaro a soltarse.
–¡Ahógate, maldito!– gritó el Tecnófilo, al tiempo que la canoa se alejaba irremisiblemente.
Detrás, en el costado de la montaña, una gigantesca explosión hizo saltar la nieve y una enorme cantidad de roca alpina, la que cayó como una avalancha sobre lo que quedaba del azotado valle.
Marbod el Bárbaro hacía sus mayores esfuerzos para no ahogarse mientras se lo llevaba la corriente, cuando una vez más fue alzado en el aire por las diligentes garras de Dragonópterix.
Algo después, aún en los Alpes, pero lejos del escenario anterior, Marbod el Bárbaro se reponía de su aventura.
–Lo siento, Marbod, sé que para la próxima, podrás echarle la mano encima a Tecnófilo– dijo Dragonópterix.
–Tecnófilo sabía lo que yo haría, y por eso me esperó acá en los Alpes. Y sabía porque la propia Roma conspiró para esto, el atentado, la guerra contra el Eje del Hades… Si te gusta la República de Platón, entonces guárdala muy bien, Dragonópterix, porque lo que es la República Romana, ya no será más. Roma va camino a convertirse en un despotismo oriental, y nada lo impedirá.
–¿Eres todavía un bárbaro, Marbod? Estás hablando casi como un romano. Como un republicano.
–Por el minuto, lo más urgente es detener la invasión contra lo que llamaron el Eje de Hades, Dragonópterix. Debo salvar a mi tribu. Necesito que me lleves hasta los vendos. Y después de detener la invasión… Dragonópterix, ésta es la promesa de Marbod el Bárbaro, y a ti y a los dioses los tomo por testigos: no descansaré hasta que todos los conspiradores contra Roma hayan pagado por su traición.
Próximo capítulo: “Germania resiste”.
Por un camino marchaban las legiones ordenadas y disciplinadas. Por otro, Marbod el Bárbaro. Por un lado resonaba el ruido seco de los pies militares golpeando el piso. Por otro, el ágil plasplasplás de las sandalias. Las legiones eran más poderosas, pero el bárbaro era más rápido. Ambos tenían un solo objetivo en mente: regresar a la tierra de los vendos.
De esta manera, corriendo y corriendo, Marbod el Bárbaro llegó hasta la maciza y ciclópea Cordillera de los Alpes. Una vez allí se encontró otra vez con el fortín #17. Apenas le vio Sergio Petronio Galba, se dio una fuerte palmada en la frente.
–¡Otra vez él!
–¡No estoy en el camino!– gritó Marbod el Bárbaro, saliéndose al borde del mismo.
–¿Vamos a por él, jefe?– gritó uno de los legionarios, cómodamente instalado en una laguna a la que habían arrojado rocas calientes para que saliera un relajante vapor.
–¡Vayan, vayan, vayan de inmediato!– gritó Sergio Petronio Galba. –¡Qué demoran, desgraciados! ¡Harán que los diezme de nuevo!
Los legionarios saltaron de inmediato, dejaron a sus prostitutas a un costado, se colocaron como mejor pudieron las armaduras, y corrieron hacia donde estaba Marbod el Bárbaro.
Al verlos, Marbod el Bárbaro movió negativamente la cabeza. De manera que empezó a correr hacia los legionarios, y corrió, y corrió, y apenas llegó hasta la masa compacta de ellos, siguió corriendo arrollándolos como un jabalí derribando una hilera de palitroques, y alcanzó la puerta del Fortín #17. Una vez allí, la abrió y pasó hacia el otro lado.
–¿Vamos a por él?– preguntó un legionario, temeroso.
–No– dijo Sergio Petronio Galba, tratando de sonar desdeñoso para ocultar su frustración. –Ahora está en el lado bárbaro del limes. Mientras no trate de regresar e invadirnos, no creo que haya problemas.
En ese minuto, Marbod el Bárbaro se puso a golpear el portón.
–¡Qué quieres, por el Hades!– gritó Sergio Petronio Galba.
–¡Necesito pasar hacia el otro lado! ¡Se me cayó una medalla!
–¡Mala suerte! ¡Si vuelves al territorio romano, te trataremos como a un invasor!
Marbod el Bárbaro se echó hacia atrás, y corrió para atrancar con toda velocidad a la puerta del Fortín #17. Y al golpear con todas sus fuerzas, la derribó. ¿Y esto por qué es posible? Porque él es… ¡¡¡MARBOD EL BÁRBARO!!!
Los legionarios se pusieron apresuradamente con sus pilum en posición para frenarlo, pero una vez más, Marbod el Bárbaro adoptó la estrategia del jabalí, y los arrolló. Corrió un par de kilómetros Imperio adentro, recogió una medalla que se la había regalado Drusila algunos días antes, y luego regresó.
–Oye… Se supone que tenemos que pararte, pero sabemos que no lo vamos a conseguir. Además, no nos interesa hacerlo porque técnicamente si estás de salida, no eres un invasor, y nuestra misión es proteger al Imperio de los invasores extranjeros– dijo un legionario, francamente mosqueado. –Pero por aquello del reglamento y la disciplina militar, haremos como que sí. ¿Te parece si lo representamos, pero no en serio, sino sólo como… ya sabes… teatro…? Por aquello de salvar el honor…
Marbod el Bárbaro suspiró. Los legionarios se pusieron en posición. Marbod el Bárbaro caminó entre ellos.
–Oh, espera– dijeron los legionarios, con completa desgana, y levantando apenas los brazos: –Estás arrestado. No te vayas. Eso, no te vayas.
Marbod el Bárbaro caminó hasta la puerta derribada, la traspasó, y siguió camino silbando.
Sergio Petronio Galba, sin aún creer la extraordinaria cobardía de sus hombres, se subió a lo alto de la empalizada y le gritó a Marbod el Bárbaro:
–¡Y como vuelvas por aquí, te irá peor! ¡Mucho peor!
Luego se volvió hacia sus hombres.
–¡Cobardes! ¡Fórmense para el diezmo! ¡Apúrense!
Los soldados se formaron diligentemente. Sergio Petronio Galba fue contando 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9, 10, 1, 2, etcétera, y cada vez que decía “10”, el soldado designado debía avanzar, poner el cuello sobre un tronco, y ser decapitado.
–Al fin– dijo uno de los soldados. –Maldito negrero, te veo en el Hades.
–¿Qué cosa? ¡Repite eso si es que…! ¡Espera, no lo decapites todav…! Er… ¡Maldición! ¡Maldición, maldición, maldición!
Mientras tanto, Marbod el Bárbaro estaba adentrándose en territorio helvético, ya en plenos Alpes, por elevados picachos y profundos valles.
En uno de esos valles, mientras caminaba por la escarpada ladera de una montaña, sintió que la nieve cedía y lo arrastraba hacia el abismo. Marbod el Bárbaro debió arrojarse al suelo para no ser arrastrado. Pero no había roca rugosa debajo de la nieve, sino metal liso, una plancha de metal, y Marbod el Bárbaro, no encontrando desde dónde sujetarse, rodó sin remedio. El suelo faltó, y acabó en caída libre.
Unos pinos salvadores amortiguaron su caída. Pero Marbod el Bárbaro quedó bastante magullado.
Luego de azotarse salvajemente contra una roca el hombro derecho, que se había dislocado, para volver a encajarse la articulación en su lugar, Marbod el Bárbaro miró hacia arriba. Allí estaba la porfiada plancha de metal. Y encima se veía una figura. Marbod entrecerró los ojos para verla mejor. Y entonces…
–¿Tecnófilo?
La figura se echó hacia atrás, y contestó con voz sonora, y la voz sonora tronó en todo el valle gracias al eco.
–¡Hasta que al fin has llegado, Marbod! Sabía que vendrías, sabía, sabía, sabía, ¡oh, sí! Estaba en lo correcto.
–¡Por Hella, qué demonios haces aquí? ¡Te hacía muerto debajo de esos escombros que te cayeron encima, la última vez que tuviste la mala idea de enfrentarte conmigo!
–¡Ah, Marbod…! Nunca subestimes la resistencia de una armadura. En particular si la confecciono yo. Debieron remover los escombros para ver si yo había muerto. En vez de eso, simplemente echaron tierra apisonada encima, ¡y a construir! Y mientras tanto, aprovechando la fuerza de mi armadura, simplemente me escurrí hasta que conseguí cavar hacia abajo, hacia la Cloaca Máxima, y así salí… ¡No deberías dudar del poder de la tecnología, Marbod!
–¿Y cómo tu tecnología te ayudó a descubrir dónde estaba?
–La tecnología no, Marbod. La razón científica. Simplemente investigué en los archivos imperiales. Hay varios informes sobre ti, Marbod, ¿lo sabías? Ahora estás considerado como el enemigo público número 1 de Roma. Y me dije: Sejano ha puesto a los vendos en el Eje del Hades. Y Marbod, que es un vendo, ¿qué hará? ¡Irá de regreso a su patria nativa! Y para eso, ¿por qué no iba a utilizar el mismo camino de ida? No fuiste muy discreto cuando pasaste el fortín #17 en camino hacia Roma, y eso quedó consignado en un informe. Pude reconstruir tu camino, y entonces… ¡construí esta base militar para destruirte! Estás encajonado en este valle, y yo estoy en alturas, en un desfiladero que no puedes alcanzar, en mi base subterránea recubierta con la aleación más dura que pude construir. Estás a mi merced, Marbod. ¡Te destruiré! ¡Y cuando te destruya, me habré vengado de ti por no haberte dejado destruir antes!
Y Tecnófilo remató sus palabras con una violenta y escalofriante carcajada.
–¡Estás demente, Tecnófilo!
–¡No!– gritó Tecnófilo. –Lo mío es una combinación de sociopatía con delirios paranoicos, que aunque sean enfermedades mentales, no son propiamente demencia. Y ya verás cuán cuerdo puedo ser, cuando te destruya por completo. ¡Y basta de palabras! ¡Es tiempo de la acción!
Y ante la perplejidad de Marbod el Bárbaro, Tecnófilo desapareció de escena (en realidad se metió por una escotilla a su base subterránea, pero esto Marbod no podía verlo desde abajo). Luego de activar algunas palancas y poleas, un complejo y bien pensado sistema de cuerdas y engranajes empezó a moverse. Se abrieron entonces dos trampillas a cada costado de la base, echando un poco de nieve alrededor. Y por las trampillas ascendieron sendas catapultas, cargadas con rocas calentadas al rojo vivo.
–¡Muere, Marbod!– gritó Tecnófilo, exultante, y lanzó las rocas. No era su intención darle a Marbod el Bárbaro, claro está, porque aún no perfeccionaba un mecanismo para hacer puntería. Pero las rocas ardientes cayeron en el interior del valle, inflamaron el follaje de los árboles, y en pocos minutos, ante el bombardeo de las rocas (porque Tecnófilo, por supuesto, lanzó varias cargas, una detrás de otra), el bosque entero comenzaba a arder. La trampa era perfecta, porque Tecnófilo había elegido a propósito un valle alpino lo suficientemente encajonado como para que no fuera simple salir.
Adivinando que Tecnófilo no le dejaría en paz, Marbod el Bárbaro optó por trepar los riscos hasta alcanzar a las catapultas. Pero esto también Tecnófilo lo había considerado. El calor estaba fundiendo la nieve alrededor del valle, y había recubierto de una fina película de gotitas de agua las rocas, haciéndolas resbaladizas e imposibles de trepar a manos desnudas.
–¡Arde, Marbod, arde!– gritó Tecnófilo. –¡Pagarás por las veces que me has impedido conquistar Roma! ¡Una vez que mueras, el mundo será MÍO!
Mientras tanto, Marbod el Bárbaro observó que, en medio de los árboles ahora violentamente en llamas, algunos venados de pequeño tamaño corrían hacia arriba.
–¡Por supuesto! ¡Están escapando río arriba!
Y Marbod el Bárbaro emprendió también la fuga, razonando que Tecnófilo había conseguido llegar al risco de alguna manera, y si él había podido acceder, también Marbod podría hacer lo mismo, de algún modo. Ignoraba que Tecnófilo lo había logrado merced a un globo aerostático rudimentario, y por lo tanto, esa vía le estaba también vedada.
Al llegar hasta el cuello del valle, Marbod el Bárbaro descubrió que el pequeño torrente que alimentaba a los árboles dentro del mismo era demasiado torrentoso y tenía demasiadas rocas mojadas como para remontarlo con seguridad. Los venados conseguían escapar porque sus patas estaban habituadas a eso, pero Marbod el Bárbaro y sus sandalias la tenían difícil. Por debajo, el fuego comenzaba a alcanzar los árboles más cercanos, y el humo al ascender, llenaba también la garganta en la porción superior del valle, con lo que además, Marbod el Bárbaro comenzaba a asfixiarse.
En su base subterránea, Tecnófilo se levantó de su asiento y corrió a unas trampillas, abriéndolas para tener visión hacia el exterior. Luego, activando un sistema de poleas, bajó unos lentes toscamente tallados, que le sirvieron para aumentar la visión del valle.
–¡Muere, Marbod! ¡Muere!– soltó entre dientes con una risilla maligna, al verle atrapado en una trampa tan impecable. –Puede que hayas resucitado antes, pero a ver cómo lo haces cuando tu cuerpo entero está reducido a cenizas, maldito.
De pronto, en medio de todo el humo, Marbod el Bárbaro observó un punto negro muy pequeño, pero muy nítido, moviéndose en el cielo. Se preguntó si acaso…
–¿Podrá ser…?
Marbod el Bárbaro miró en todas direcciones. Luego, reuniendo todas sus fuerzas y endureciendo los músculos de sus piernas para convertirlas en sólidos pilares, se adentró en el torrente, único lugar en donde el humo disminuiría y no habría fuego que le estorbara. Luego, adentrándose hasta que el agua le llegó hasta la cintura, y rogando porque no le derribara y arrojara caudal abajo, gritó con todas sus fuerzas:
–¡Dragonópterix! ¡Dragonópterix!
Y siguió, agitando vivamente los brazos:
–¡Dragonópterix! ¡Dragonópterix!
El punto negro comenzó a crecer, y poco a poco empezaron a reconocerse los rasgos del cuerpo de un dragón. Luego, con rapidez, el dragón sobrevoló el valle.
–¿Marbod? ¿Tú? ¡Pero…! ¡Qué haces acá…!
–¡No es tiempo para conversaciones, Dragonópterix, sácame de aquí!
Dragonópterix voló raudamente en medio del humo y descendió hasta donde estaba Marbod el Bárbaro, agarrándolo con las patas.
–¿Cómo es que te metiste en este problema, Marbod?
–El Tecnófilo, Dragonópterix. Tecnófilo me tendió una emboscada. ¿Cómo es que…?
–Oye, los incendios no suelen abundar mucho acá en los Alpes, así es que, cuando vi la humareda…
–Entiendo. Lo curioso es que te hayan sacado de tus textos filosóficos y de…
–¡Por supuesto, estaba releyendo la República de Platón, y…! Pero no importa. Tengo una deuda eterna contigo por haberme perdonado la vida, Marbod, así es que dime lo que haremos con ese Tecnófilo.
Al ver cómo Dragonópterix rescataba a Marbod el Bárbaro, el Tecnófilo hizo rechinar los dientes de rabia.
–¡Maldita sea, maldita sea, maldita sea! ¡Eso es trampa, eso es un deus ex machina, eso no es… RACIONAL!
E, impaciente, se arrojó sobre su mesa de cálculos para tratar de integrar el nuevo factor, el dragón, dentro de la ecuación para destruir a Marbod el Bárbaro. Ahora tenía una base subterránea que era completamente inútil para acabar con Marbod el Bárbaro, pero por otra parte… Si consiguiera calibrar las catapultas para que arrojaran más rocas al aire…
Mientras tanto, ahora montado sobre el lomo de Dragonópterix como corresponde, y enarbolando su espada, Marbod el Bárbaro se arrojó contra la base de Tecnófilo.
–¡Cuidado! ¡Las catapultas!
Algunas rocas volaron por el aire, pero Dragonópterix las esquivó diligentemente.
–¡Cuidado!
–¡La veo, la veo!– gritó Dragonópterix, e hizo un giro temerario para esquivarla, al tiempo que la asía fuertemente con las garras. La inercia de la roca tiró de Dragonópterix y estuvo a punto de sacarlo de su vuelo, pero el dragón fue más fuerte y detuvo la roca.
–¡Bien pensado, Dragonópterix!– exclamó Marbod el Bárbaro, jubiloso. –¡Vamos a darle!
Dragonópterix pasó a vuelo rasante sobre la catapulta, dejando caer la roca. La catapulta, impactada medio a medio, fue reventada, y sus piezas de madera se cayeron en un montón de vigas inútiles.
–¿Eso de ahí es un boquete?– preguntó Marbod el Bárbaro. Dragonópterix asintió con un monosílabo seco. –Baja al valle. Las rocas que arrojó Tecnófilo deben estar calientes con el incendio.
Sin dudarlo un instante, Dragonópterix se adentró en medio del humo, aún bajo los disparos de la otra catapulta, aunque como Tecnófilo la había cambiado para atacar al cielo, ahora perdió tiempo valioso tratando de apuntarla otra vez hacia el valle. Mientras tanto, en medio del humo, Dragonópterix localizó una de las rocas calientes, ardiendo aún más por el incendio, pero gracias a su piel escamosa, pudo soportar el dolor durante unos segundos, los precisos para volver a ascender y descargar la roca encima del boquete.
La roca cayó como un plomo en mitad de la base subterránea.
Marbod el Bárbaro se dejó caer por el boquete hacia abajo, y se colgó de un borde justo a tiempo para no caer sobre la roca hirviendo. Alcanzó a divisar al Tecnófilo escapando.
–¡Te atraparé, Tecnófilo! ¡Esta vez te atraparé!
–¡No esta vez, Marbod! ¿Ves ese aceite al que el fuego de la roca que arrojaste se está acercando? ¡Es el mismo que inventé para untar los carros que lancé contra Druso en Roma! ¡En esta base hay litros de ese aceite! ¡Reventarás, y no podrás escapar!
Y, como Tecnófilo lo había previsto, el hierro del que colgaba Marbod el Bárbaro cedió, y éste cayó en mitad de la base subterránea.
Dragonópterix miró hacia adentro, pero era demasiado grande para pasar y rescatar a Marbod el Bárbaro. Este se encontraba completamente atrapado.
A sabiendas de que era su última oportunidad, Marbod el Bárbaro fue tras Tecnófilo. Este se había trepado a una especie de canoa, y activando una polea, abrió una compuerta. Marbod el Bárbaro se arrojó hacia la canoa, justo a tiempo para que la canoa despegase a través de la compuerta, y saltara en caída libre desde la base. La canoa fue a dar contra el torrente, y empezó a correr valle abajo, con Marbod el Bárbaro firmemente agarrado para que las aguas no se lo llevaran.
–¡Dime por qué!– gritó Marbod el Bárbaro, siempre aferrado fuera de borda y tratando de que la corriente no se lo llevara. –¡Dime cómo esperabas apoderarte de Roma! ¿Creías que Roma no iba a reaccionar ante esto? ¡Apenas sus legiones sepan que tú estuviste detrás del atentado, no habrá lugar en el mundo donde estés seguro! ¡Invadirán país tras país hasta dar contigo, hasta matarte!
–¿No lo entiendes? ¡Roma ME PAGÓ el ataque! ¿Mi precio? ¡Tener TODOS LOS RECURSOS DE ROMA para mis investigaciones científicas y para crear nuevas armas militares para dominar EL MUNDO!
Un giro de la canoa, azotada por las corrientes, obligó a Marbod el Bárbaro a soltarse.
–¡Ahógate, maldito!– gritó el Tecnófilo, al tiempo que la canoa se alejaba irremisiblemente.
Detrás, en el costado de la montaña, una gigantesca explosión hizo saltar la nieve y una enorme cantidad de roca alpina, la que cayó como una avalancha sobre lo que quedaba del azotado valle.
Marbod el Bárbaro hacía sus mayores esfuerzos para no ahogarse mientras se lo llevaba la corriente, cuando una vez más fue alzado en el aire por las diligentes garras de Dragonópterix.
Algo después, aún en los Alpes, pero lejos del escenario anterior, Marbod el Bárbaro se reponía de su aventura.
–Lo siento, Marbod, sé que para la próxima, podrás echarle la mano encima a Tecnófilo– dijo Dragonópterix.
–Tecnófilo sabía lo que yo haría, y por eso me esperó acá en los Alpes. Y sabía porque la propia Roma conspiró para esto, el atentado, la guerra contra el Eje del Hades… Si te gusta la República de Platón, entonces guárdala muy bien, Dragonópterix, porque lo que es la República Romana, ya no será más. Roma va camino a convertirse en un despotismo oriental, y nada lo impedirá.
–¿Eres todavía un bárbaro, Marbod? Estás hablando casi como un romano. Como un republicano.
–Por el minuto, lo más urgente es detener la invasión contra lo que llamaron el Eje de Hades, Dragonópterix. Debo salvar a mi tribu. Necesito que me lleves hasta los vendos. Y después de detener la invasión… Dragonópterix, ésta es la promesa de Marbod el Bárbaro, y a ti y a los dioses los tomo por testigos: no descansaré hasta que todos los conspiradores contra Roma hayan pagado por su traición.
Próximo capítulo: “Germania resiste”.
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