Avisado del duelo entre Finum y Tecnófilo, Eljus Daudrum corrió hacia el borde de la isla. Sólo salían unas escasas burbujas de aire desde el agua. Pero pronto asomó la cabeza reptiliana de Finum desde las aguas.
–¿Y Tecnófilo?– preguntó Eljus Daudrum.
–Está muerto. Ahogado– sonrió sádicamente Finum.
–¡Idiota! ¡Lo necesitaba vivo! ¡Perra estúpida!– gritó Eljus Daudrum.
–¡Era un obstáculo entre nosotros! ¡En nuestro amor!– chilló Finum, mientras se acercaba lentamente a la orilla. –¡Debía morir!
–¿Y a Kelennia también la vas a matar? Porque entonces todos mis planes se irían al diablo– dijo Eljus Daudrum. –No puedo dejarte vivo, Finum, has saboteado mis planes malvados por última vez.
–¿Eljus…? ¿Qué…? No… Eljus… No…
Eljus Daudrum había abierto los cuatro brazos, y sus pectorales estaban también muy abiertos. Su pecho entonces comenzó a abrirse, y un gigantesco párpado vertical hizo su aparición. Este se abrió, y un gigantesco ojo, de una pupila terroríficamente roja, miró hacia delante. Luego, volteándose con suavidad, la pupila enfiló hacia abajo, hacia donde Finum trataba de nadar y alcanzar la orilla.
–¡No, Eljus, no, por favor, ten piedad…! ¡¡¡EL OJO DE LOS SIETE PLANETAS NOOOOOO…!!!
El Ojo de los Siete Planetas en el pecho de Eljus Daudrum brilló, y un chillido cada vez más etéreo y ajeno a nuestro universo resonó desde la garganta de Finum. Un enorme destello lo cubrió todo, y cuando los ojos pudieron ver de nuevo, el Ojo de los Siete Planetas se había retraído en el pecho de Eljus Daudrum otra vez, y el cuerpo de Finum flotaba inerte boca abajo sobre las aguas del Lago Alkbar.
Eljus Daudrum se volteó entonces hacia la gente que miraba atrás, incluyendo a la princesa Kelennia, que había corrido junto con todos los demás a contemplar los acontecimientos. El silencio más absoluto se impuso entonces en la Isla de los Mil Demonios de la Perdición. Eljus Daudrum, bien asentada una vez más su posición, ingresó al interior del castillo en reconstrucción, y se abocó nuevamente a los asuntos de Estado. Ahora que Satrapium había sido conquistada, había mucho que organizar. Pronto, ante su poder, todo el resto de Marte se rendiría. Y una vez que el matrimonio de Eljus Daudrum con Kelennia se hubiera consumado, y por lo tanto él estuviera legitimado como rey de Satrapium, nadie más en Marte osaría oponer resistencia en su contra. Y una vez asegurado su poder… podría también deshacerse de Kelennia y buscarse algunos bellos reptiles como mucamos y construir un harén.
Mientras tanto, en el fondo del lago, cada vez más inundado y aterido de frío debido a las gélidas aguas lacustres, Tecnófilo hacía lo imposible por mantenerse consciente en su cubículo con cada vez menos oxígeno y más dióxido de carbono. Estaba tratando de reparar el pellejo que había utilizado como una especie de pulmón artificial antes de acostumbrarse a la delgada atmósfera marciana: si conseguía transformarlo en una especie de tanque de buceo, tendría una opción para escapar de la armadura. La rigidez de movimientos dentro de la misma no le ayudaba, por supuesto.
De pronto, ¡¡¡SBRAUM!!!
Y el silencio más absoluto se impuso: incluso el rumor de las corrientes subterráneas del lago golpeando débilmente contra la armadura, cesó.
Tecnófilo notó que el nivel del agua dentro de la armadura ya no ascendía, y el frío empezaba a ceder poco a poco. Atónito, hizo la prueba de abrir la armadura tan solo un poquito… y no ingresó ni un poco de agua.
Tecnófilo se salió como mejor pudo de la armadura, a esas alturas del partido hecha una verdadera chatarra inservible, y cuando descubrió en qué clase de situación estaba, no pudo menos que farfullar…
–¡¡¡NO…!!! ¡¡¡OTRA…!!! ¡¡¡VEZ!!!
Efectivamente, alguna clase de criatura cetácea se lo había tragado. Bien… al menos tendría aire allá abajo. Si era como las ballenas y delfines terrestres, que ascienden a la superficie para tomar aire, entonces estaría salvado: no perecería por asfixia. Además, a diferencia de la vez anterior en que estaba atrapado, ahora ya no estaba en el espacio exterior sino en un mundo, y por lo tanto tenía mayores posibilidades de conseguir recursos de alguna clase. Y por último, otra diferencia notable, tenía la armadura, que ya no le serviría como tal allá adentro, pero que aún así sería útil, desarmada en sus piezas y componentes.
–Muy bien, Tecnófilo, tan mal no estás– se dijo a sí mismo, porque como buen científico loco, hablar consigo mismo hacía que sus proyectos parecieran un poco menos fantasmagóricos y más realizables. –Tienes tiempo y una oportunidad. Seguramente Eljus Daudrum y sus secuaces te creen muerto, y no te están buscando. Debe estar preocupado preparando la boda con… ¡La boda! ¡Por Zeus, debo impedir esa boda! Si se casan, no solamente perderé a la princesa Kelennia quizás para siempre, sino que además ¡se coronará como el Más Grande Supervillano de Nuestra Era! ¡Debo impedirlo! Pero cómo, cómo, cómo, cómo me escapo de esta ballena… A ver, Tecnófilo, piensa, piensa, piensa, cómo escapar… Necesito lo que todo buen supervillano, una base de operaciones, algo en lo cual pueda… Pero no sé nada sobre Marte, sobre su geografía, sobre sus costumbres, y montar una base de operaciones puede ser largo y… ¡Un momento! ¡Ya tengo una base de operaciones! Esta ballena puede servir… Si sólo pudiera guiarla de alguna manera… veamos… Guiarla… ¡Claro! ¡Eso es! ¡Convertiré a esta ballena en mi nueva armadura!
Primero que nada, Tecnófilo desarmó los sistemas hidráulicos de su armadura, cuidando de no derramar el valioso y en ese minuto irremplazable líquido lechoso lunar, y pensó en los tímpanos de la ballena. De manera que taladró en donde debían estar los oídos de la misma sin piedad, a costa de una serie de estremecimientos varios, porque la ballena, arponeada desde adentro sin anestesia, por supuesto que se resistió y se dio varias vueltas de campana nadando. Pero al final, Tecnófilo consiguió introducir un hilo tenso y bien protegido de vibraciones exteriores, que le permitían tomar las ondas acústicas en el oído de la ballena y proyectarlas sobre un panel de agujas de lecturas de indicadores: era una especie de primitivo y tosco sonar con el cual podría explorar el mundo exterior. Incluso hasta podía cartografiar obstáculos de relativo tamaño en su camino.
Luego, por el mismo procedimiento de perforar a la pobre ballena desde adentro, Tecnófilo introdujo varias palancas y poleas del sistema hidráulico en las aletas de la ballena, adhiriéndolas al hueso, siempre por el interior de la misma. Pero la ballena seguía pretendiendo usar sus aletas por sí misma y las movía, y con eso destrozaba las irremplazables piezas que Tecnófilo usaba para comandarla. Finalmente, Tecnófilo improvisó una especie de jeringa, y a sabiendas de que el líquido lechoso lunar era una substancia algo tóxica, como el agua de mar para los humanos, la inyectó en pequeñas dosis en las aletas, aletargando los nervios de éstas e impedirle a la ballena el control de las mismas. La idea funcionó de maravillas, y Tecnófilo ahora podía guiar a la ballena a su antojo, desde un sillín improvisado en que podía mover las aletas con palancas y pedales.
Luego, Tecnófilo dedujo que si los marcianos disponían de tecnología y eran capaces incluso de navegar, entonces encontraría naufragios por todas partes dentro de ese mar, máxime considerando que era un mar pequeño y por lo tanto no había demasiado en donde buscar. Nuevamente, Tecnófilo tuvo razón, y gracias a su primitivo sonar, después de aprender a leerlo correctamente para discriminar barreras coralinas o simples formaciones rocosas, dio con más de algún naufragio, desde los cuales pudo extraer varias piezas, muchas de ellas de ese cristal semitraslúcido en que hacían casas y vehículos espaciales.
Lo primero que hizo Tecnófilo fue fabricarse una mascarilla con la cual salir al exterior de la ballena. De esta manera, poco a poco, la fue dotando de armamentos por el exterior. El mayor descubrimiento de todos fue un cajón en un naufragio con un conjunto de cristales rojos parecidos a los rubíes, que según descubrió Tecnófilo, eran la fuente energética que alimentaban a los rayos caloríficos de los trípodes. Pronto, y no sin antes hacerle varias quemaduras a la pobre ballena en su interior, aprendió a canalizar la energía de esos rayos caloríficos a través de unos tubos huecos y romos, y consiguió fabricar así sus propios cañones caloríficos.
Por último, Tecnófilo tuvo una idea brillante. ¿Y por qué, en vez de erizarse de cañones caloríficos, no se conformaba con uno o dos de ellos, y utilizaba todo el resto de los cristales para fabricar una especie de propulsión? Hizo sus cálculos matemáticos, y descubrió que era factible alzar a la ballena en el aire durante algunos cortos espacios de tiempo, quizás un minuto o poco más. No era mucho, pero suficiente para dejar caer un pesado bombardeo sobre las posiciones enemigas, y después volver a sumergirse sin que el enemigo pudiera atacarle. Al pensar en los marcianos crepitando y ardiendo bajo sus propios disparos, Tecnófilo no pudo evitar soltar una carcajada maligna, ya que disfrutaba mucho siendo un supervillano.
Finalmente, después de mucho trabajo, Tecnófilo estaba listo para dar la batalla. Bombardearía el castillo, y destruiría el poder del malvado Eljus Daudrum, reduciéndolo a la obediencia o matándolo, y entonces ÉL sería el Amo de Marte.
Siguiendo la navegación por sonar, Tecnófilo enfiló la ballena hacia la Isla de los Mil Demonios de la Perdición. Nervioso, contó uno… dos… ¡¡¡TRES!!!
Activó los propulsores. La ballena, atónita, sintió de pronto como despegaba afuera del agua, y sintió un terror mortal al invadir el aire exterior, que nunca ni en sus más cetáceos sueños había creído posible alcanzar.
–¡¡¡FUEGO A DISCRECIÓN!!!– gritó Tecnófilo, y con una carcajada satánica, lanzó varios disparos contra puntos estratégicos del castillo, ahora completamente reconstruido. El castillo de cristal, ante los impactos caloríficos, pronto quedó envuelto en llamas, y estalló colosalmente en el aire.
–¡Oh, no!– gritó Tecnófilo. –¡Kelennia!
La ballena cayó en el agua, al otro lado de la isla, y Tecnófilo salió de la misma, corriendo hacia el castillo, que se estaba hundiendo. Se encontró en las afueras del mismo con un barrendero de piel azulosa como los otros marcianos, que con la mirada media perdida, seguía barriendo imperturbable algunas hojas secas (de dónde salían esas hojas secas en un Marte con cada vez menos árboles, era un misterio para Tecnófilo).
–¡Pronto, buen hombre!– soltó Tecnófilo. –¡Dígame! ¡La princesa Kelennia!
–¿La princesa?– dijo el barrendero, rascándose la cabeza medio indeciso. –Pues… no sé… Par’se que’l patrón y la patrona salieron, no-sé-ná-yo… Parece que hay casorio, allá en Satrapium. ¿No quiere dejarle un m…?
–¡Satrapium!– maldijo Tecnófilo. –¡O sea que destruí este castillo para nada! ¡Este castillo que habría sido mi base de operaciones para conquistar Marte! ¡Maldición! ¡Dime, buen hombre, hacia dónde queda Satrapium!
El hombre, sin inmutarse, señaló con toda lentitud hacia un punto en el horizonte.
–Gracias– dijo Tecnófilo, y luego, como recordando algo, se dio vuelta. –Sáqueme de una duda académica, buen hombre… ¿Por qué esta isla se llama la Isla de los Mil Demonios de la Perdición?
–Pues, no sé… no-sé-ná-yo…
–Hmmmm… Gracias.
Tecnófilo salió corriendo a todo escape. Revisó entre las ruinas, y encontró un trípode. Debía apurarse, quizás no contara con mucho tiempo antes de la boda. Regresó hasta su ballena, desmontó los sistemas de armamentos, y después, cuando la vio compungida por el enorme dolor y sufrimiento que le causaban los arponazos internos, hizo un gesto de fastidio, y se metió de nuevo en la ballena para desmontar todos los mecanismos y dejarla tal y como la había encontrado.
–¡Listo! Gracias, buena amiga– dijo Tecnófilo, acariciando a la ballena, una vez que hubo terminado.
Por toda respuesta la ballena, fastidiada, le echó un imponente chorro de agua con su respiradero a Tecnófilo, botándolo al suelo. Luego, enojada, se sumergió y no apareció más, en las cercanías a lo menos.
–¡Traidora malagradecida!– gritó Tecnófilo, contrariado.
Luego, trabajando a contrarreloj, Tecnófilo fue incorporando todo el armamento, los cristales, las palancas, etcétera, al trípode que había capturado, hasta convertirlo en su supertrípode. Ahora estaba listo para aniquilar a Eljus Daudrum de una buena vez.
Dio el primer paso, y el trípode se empantanó. Tecnófilo farfulló un par de cosas, se bajó, revisó, vio que todo funcionaba correctamente, regresó a su cabina, miró de nuevo los indicadores…
–¡No puede ser! ¡Sin combustible! ¡La pana del tonto!
Tecnófilo se bajó nuevamente y manipuló uno de los cristales rojos hasta activar la reserva energética del supertrípode, después de lo cual emprendió la marcha.
A diferencia de su armadura, el supertrípode estaba perfectamente presurizado, de manera que pudo caminar por el fondo del lago Alkbar sin problemas. De manera lenta, pero implacable, el supertrípode acortó kilómetros hasta emerger del otro lado del lago, en línea recta hacia Satrapium, que no quedaba demasiado distante de la orilla.
Satrapium seguía en ruinas, producto del ataque de Eljus Daudrum, pero el edificio central había sido reconstruido. Tecnófilo descubrió en los edificios adyacentes a algunos marcianos azulinos aplicando tijeras de bonsái a los edificios cristalinos, para darles forma y hacerlos crecer como habitaciones y edificaciones.
La entrada al edificio central era custodiada por cuatro trípodes, dos a cada lado de la puerta. Tecnófilo había incluido dentro del cañón del ojo un acelerador de carga, de manera que pudo disparar cuatro cargas antes de que ellos pudieran tentar siquiera la primera. Los cuatro trípodes quedaron de pie, con sus ojos perforados, y luego se desplomaron lentamente hacia el costado, cayendo con estrépito, carcasas inútiles ahora.
Tecnófilo paró su supertrípode en las patas delanteras, y utilizó la trasera, doblándola, para golpear y derribar la puerta principal.
Adentro estaban un nutrido grupo de marcianos, tanto de piel azulina como reptilianos de cuatro brazos y piel verde, y en medio de ellos estaban Kelennia y Eljus Daudrum.
–¡Eljus Daudrum, he venido a matarte!– gritó Tecnófilo.
Pero Eljus Daudrum no perdió tiempo en melodramáticas frases de supervillano, sino que corrió aceleradamente hasta detrás del salón principal. Segundos después, la pared del fondo se vino estrepitosamente abajo, en medio de un refulgente brillo de los cristales de la pared rotos, y emergió el supertrípode de Eljus Daudrum.
–¡Demonios!– gritó Tecnófilo, y disparó, disparó, disparó…
Tecnófilo abrió los ojos.
–¿Sigo vivo…?
Por toda respuesta, Tecnófilo sintió que el suelo bajo sus pies se bamboleaba, y el visor le mostró como la pulida superficie se le venía violentamente encima. Debió darle órdenes al cerebro para que pensara con lógica, para darse cuenta de que no era Marte el que se había volteado en ángulo recto, sino su supertrípode el que estaba en el suelo. Tecnófilo trató de activar los motores para poner su supertrípode de nuevo en pie, pero fue en vano. De manera que prefirió salirse del supertrípode.
El supertrípode de Eljus Daudrum también estaba en el suelo, medio en ruinas, pero éste había sobrevivido.
–¡Ahora verás, Tecnófilo! ¡Ya no te necesito, porque ahora Marte es MÍO!
Y sin esperar más, Eljus Daudrum se abrió la chaqueta y mostró su pecho desnudo. Abrió entonces los cuatro brazos, y en su pecho se abrió el Ojo de los Siete Planetas. Tecnófilo lo miró fijamente, maravillado por algo que no podía adivinar qué era, y entonces…
…su cuerpo ya no era más su cuerpo: esa pupila roja e incendiaria estaba absorbiéndolo. A lo lejos sentía a Eljus Daudrum gritando ¡¡¡MUERE, TECNÓFILO, MUERE!!! Tecnófilo sintió cómo su mente traspasaba aquella pupila, e ingresaba hacia el otro lado.
Tecnófilo abrió los ojos. Todo a su alrededor era rojo, una árida e interminable planicie rojiza, más reseco y sin vida que cualquier desierto de la Tierra o que hubiera visto jamás.
–¡Dónde estoy!
–Esto… Esto es el futuro de Marte– dijo una voz a sus espaldas. Tecnófilo se dio vuelta, para encontrarse con Eljus Daudrum, quien le siguió diciendo: –Los últimos marcianos fabricarán el Ojo de los Siete Planetas para influir en el pasado, y tratar de evitar la desecación de nuestro mundo nativo. Pero eso… ¡¡¡ESO ES IMPOSIBLE!!! ¡¡¡POR ESO DEBO REALIZAR EL GENOCIDIO DE LA TIERRA!!!
Eljus Daudrum portaba una espada y atacó contra Tecnófilo, quien trató de evitar el golpe. Ambos se trabaron a luchar por la empuñadura. Pero el marciano era más fuerte, y la espada se inclinaba cada vez más hacia Tecnófilo.
–No te resistas, Tecnófilo. Este es mi mundo, éstas son mis reglas. Resistirse es inútil y sólo hará más dolorosa tu muerte. Has viajado un largo trayecto para llegar hasta acá, hasta tu muerte.
Pero de pronto, Tecnófilo sintió que había algo en la atmósfera, en el ambiente, presencias… ¡Inteligencias! ¡Susurros de mentes que habían trascendido la materialidad! ¿Acaso eso eran los últimos marcianos? ¿Sin cuerpos, pura mente, alma inmortal…? En cualquier caso, esas voces le proporcionaban una energía suprema. En un segundo, Tecnófilo entendió: él podía captarlos porque era inteligente, era el supervillano científico loco, mientras que Eljus Daudrum confiaba en su fuerza bruta, y por lo tanto era inmune a las voces.
Pero de pronto, Tecnófilo sintió que había algo en la atmósfera, en el ambiente, presencias… ¡Inteligencias! ¡Susurros de mentes que habían trascendido la materialidad! ¿Acaso eso eran los últimos marcianos? ¿Sin cuerpos, pura mente, alma inmortal…? En cualquier caso, esas voces le proporcionaban una energía suprema. En un segundo, Tecnófilo entendió: él podía captarlos porque era inteligente, era el supervillano científico loco, mientras que Eljus Daudrum confiaba en su fuerza bruta, y por lo tanto era inmune a las voces.
–¡Pero…! ¡Qué…! ¡No! ¡Es imposible!– gritó Eljus Daudrum, al ver que la espada se desvanecía misteriosamente en el aire. Luego, Tecnófilo extendió su brazo, y con toda su potencia, atravesó a Eljus Daudrum por el pecho. El Ojo de los Siete Planetas se remeció, y con él, todo el paisaje marciano alrededor.
–Es posible, Eljus. ¡Acabo de derrocarte! ¡El Ojo de los Siete Planetas es ahora MÍO!
Y mientras Eljus Daudrum soltaba un enorme chillido de agonía, con su mente disolviéndose en la nada eterna, Tecnófilo abrió los ojos, para encontrarse con…
–¡Qué! ¡Tengo cuatro brazos! ¡Y piel verde! ¡Por Zeus, ahora soy Eljus Daudrum!
Delante de Tecnófilo, su anterior cuerpo humano estaba tieso y sin respiración.
–¡Salve, rey de Marte!– dijeron sus nuevos súbditos, acercándosele y creyéndole Eljus Daudrum.
–Bien, no está tan mal…– dijo Tecnófilo, satisfecho. –¡Gané! ¡Vencí! ¡Marte es mío!
–No importa que ahora seas el rey de Marte– chilló Kelennia, con el rostro arrasado en lágrimas. –¡Has asesinado a Tecnófilo, el único hombre que amé y al que siempre amaré! ¡Porque él era… inteligente!
–¡Pero, Kelennia!– dijo Tecnófilo, y luego, estrechándola para que nadie más escuchara, le dijo al oído: –Soy yo… Soy Tecnófilo… Ahora estoy en el cuerpo de Eljus Daudrum, pero soy yo…
–¡Pero qué bajo eres, reptil! ¡Suéltame!
–¡Soy yo, te digo, mujer!– gritó Tecnófilo.
Kelennia se detuvo por un instante, sorprendida. ¿La había llamado “mujer”? ¿Acaso era posible…? Pero luego, recordando quién era y la dignidad de su título de princesa, replicó con frialdad:
–Escúchame, insolente. Me llamo Kelennia, y soy la Princesa del Reino de Satrapium. Pero para ti soy… Su Supremacía– y remató con voz más suave y domesticada: –¿Está claro?
–¡Muy claro!– dijo Tecnófilo, exultante, y abrazando a Kelennia. ¡Ella lo había reconocido! ¡Estaban casados! ¡Y él, Tecnófilo, ahora era el Conquistador de Marte! ¡El Amo de Marte! Y esa noche sería la noche de bodas con Kelennia, con su turgente busto, con sus bien torneados muslos, con sus ojos negro azabache…
–¡Sin mi virilidad!– gritó de pronto Tecnófilo, mirándose la lisa entrepierna de reptil.
FIN DE “TECNÓFILO: CONQUISTADOR DE MARTE”.
FIN DE “TECNÓFILO: CONQUISTADOR DE MARTE”.