ANTERIORMENTE EN “MARBOD EL BÁRBARO”. A petición de Betsabé, Marbod el Bárbaro la escolta a Egipto, lugar en donde ha encontrado a los judíos esclavizados por el Faraón Tolomeo XVII. Marbod el Bárbaro consigue liberar a los judíos, y posteriormente los lleva hasta la Tierra Prometida. Sin embargo, en Jerusalén, la llegada de los judíos de Egipto causa la animadversión de los ya instalados en Palestina, y Aaron ben Zeitmann incita al Sanhedrín para que ordene el arresto de Marbod…
“Sonnenmensch”.
Celebrábase la ceremonia de matrimonio entre Betsabé y Benjamín. Marbod el Bárbaro suspiró. La mujer a la que él amaba, ahora estaba en brazos de otro. Pero de todas maneras, ambos hacían una buena pareja, y Marbod consideraba que eso estaba bien.
En plena ceremonia, aparecieron los agentes del Sanhedrín, escoltados por algunos legionarios romanos. A su lado se colocó Aaron ben Zeitmann.
–¡Salve, Maestro!– dijo Aaron ben Zeitmann, burlesco, y le dio un beso en la mejilla.
–Aaron ben Zeitmann, con un beso me traicionas– dijo Marbod el Bárbaro, y luego añadió: –Por Odín te digo, que no necesitaré pedir una docena de legiones celestiales para ajusticiarte.
Mientras Marbod el Bárbaro era llevado de esta infame manera, el corrupto corazón de Aaron ben Zeitmann, emponzoñado por años de maldad y depravación moral, exultó de alegría y, reventando desde su pecho, saltó hacia la boca en una gran, sonora y mefistofélica carcajada.
–Me das asco, Aaron ben Zeitmann. Y pensar que una vez fui tu discípulo– dijo Benjamín.
–Una vez discípulo, siempre discípulo– dijo con sarcasmo Aaron ben Zeitmann, con sus ojos centelleando.
–¡No!– gritó Benjamín, fuera de sí. –¡Eres un fraude! ¡Un timo! ¡No sabes nada de la Ley judía! ¡Y no sabes nada sobre ser un judío decente! ¡Ya basta de tenerte miedo! ¡Eres un hombre patético y miserable! ¡Y ahora, lárgate de mi casa, maldito, Serpiente de Satanás, o Sabaoth no verá con malos ojos que yo mismo te quite tu opaca vida!
Palideciendo de ira, Aaron ben Zeitmann levantó un dedo, listo para replicar, pero Benjamín le descargó un fiero golpe, que dejó a Aaron ben Zeitmann tumbado en el suelo.
–Largo– dijo Benjamín. –En esta casa no son bien recibidos quienes caminan por rutas de iniquidad y depravación moral.
En las horas siguientes se armó apresuradamente en contra de Marbod el Bárbaro un juicio. Aaron ben Zeitmann, conociendo bien la ruindad de las personas por ser él mismo una persona ruin, consiguió varios testigos falsos que acusaron a Marbod el Bárbaro de las más tamañas atrocidades que pudieron encontrar. Entre ellas, le achacaron gritar: “¡Ahora que he liberado a los judíos de Egipto, libertaré a todos los pueblos del yugo del Imperio Romano!”. Esto último llamó la atención de Poncio Pilatos, el procurador de Judea, que inmediatamente pidió los informes que fuera posible encontrar sobre Marbod el Bárbaro.
Le trajeron de inmediato la documentación enviaba Sejano, el Prefecto del Pretorio en Roma, a todas las reparticiones del Imperio, alertando sobre las personas fugitivas. Marbod el Bárbaro no estaba incluido en la Lista de los Diez Más Buscados dentro del Imperio Romano, pero se advertía prudencia y cautela respecto de éste, ya que había tenido una destacada y nunca bien aclarada participación en una rebelión de esclavos en Umbría, que el propio Sejano había tenido que reprimir tiempo atrás.
–¿Pero vas a condenar a ese hombre?– le preguntó a Poncio Pilatos su esposa.
–¡Deja, mujer, deja! Vuelve a tus tejidos y a comprarte vestidos de seda, que los asuntos de Estado no son para mujeres.
–¡Pero ese hombre es inocente! ¿Acaso no ves que han levantado testigos falsos contra él? ¡Mira a ése! ¡Le he visto antes, un día ha jurado por los dioses que es romano y al otro que es judío! ¡A ese otro, un día gritaba a favor de Herodes, y al otro lo criticaba! ¡Al de más allá, un día estaba casado con María Magdalena, y al siguiente se negaba a pagarle la pensión de alimentos!
–Aún así, le acusan de crímenes de alta traición. Y si bien Tiberio es Emperador clemente y magnánimo, allí en Roma está Sejano, siempre vigilante, atenazando cada vez más la esfera de poder. ¡No, ni aún el beneficio de la duda debe conceder para salvar la vida de este reo, al precio de perder la mía! Le condenaremos. Nadie dirá así que Poncio Pilatos no es el más fiel y devoto de los servidores públicos que posee Roma.
De este modo, el juicio llegó a término. Poncio Pilatos, según la costumbre, le concedió a Marbod el Bárbaro la palabra por última vez, antes de pronunciar sentencia.
–Hace tiempo atrás– dijo Marbod el Bárbaro –salí de mi Germania nativa, impresionado porque había escuchado de una tierra de gran esplendor y opulencia, más allá de los límites de mi aldea. Quise conocer dicha tierra, y a los hombres y mujeres que tenían la dicha de vivir en ella. ¡Y qué encuentro! ¡Egoísmo, mezquindad, miseria, en todas y cada una de sus callejuelas estrechas y miserables! He visto al hombre libre aplastar al hombre libre en una forma que nosotros los germanos no reservamos ni al más contumaz de nuestros esclavos. He visto la depravación moral de ustedes, que se dicen señores del mundo, y que ni siquiera son amos de sus propias bajas pasiones. He visto grandes templos y monumentos construidos con la sangre de hombres libres, sacrificados para la vanidad de una sola persona. ¡A nosotros nos basta una silla dentro de una casa para nuestro rey, mientras que vos, un simple procurador, necesita este enorme palacio! Y para nosotros es importante ser respetados, mientras que vosotros os contentáis con ser temidos. Y por actuar de este modo, consecuente con mis principios, sin cambiarlos ni una sola coma, como dicen que debe interpretarse la Ley que me acusan de violar, ahora muero a manos de hampones y rameras que dicen tener la credibilidad necesaria para ser testigos, por el único y simple hecho de haber nacido seres humanos. ¡Muero yo hoy, no porque no pueda liberarme, sino porque no hay nada por lo que deba liberarme! Y que mi sangre inocente caiga sobre todos aquellos quienes, siendo mercenarios del dinero o esclavos de su odio contra el ser moralmente superior, me privan de los beneficios que pudiera yo proporcionarle al género humano.
Le dieron a Marbod el Bárbaro una gran cruz de madera para que la cargara, y éste emprendió la marcha con ella. Muchas de las gentes a su alrededor, que otrora le agradecieran por sacarles de Egipto, ahora se habían escondido, lo más temerosos y con algún rastro de decencia, o bien le escupían, insultaban y abucheaban, aquellos sin temor de dioses o de hombres. A su lado también caminaban Benjamín y Betsabé, dolidos, y tratando en todo momento de confortarle, en lo que no les interrumpieran los guardias romanos.
De pronto, Marbod el Bárbaro, cansado por tantas fatigas y penalidades, se dejó caer. La cruz le aplastó. Filón corrió de inmediato a recogerla.
–¿Eres acaso el que esperamos?– preguntó Filón, desesperado. –¿Eres acaso el Rey de Reyes? ¡Libérate, Marbod, si eres el Rey de Reyes, y libéranos al mundo mortal de nuestras cadenas de las ilusiones materiales!
–¡Tú no entiendes!– masculló Marbod el Bárbaro, tomando la cruz a cuestas y cargándola con dificultad, siempre con la ayuda de Filón.
En eso, levantándose, la mirada de Marbod el Bárbaro encontró las sandalias, luego las piernas deformes, luego el busto enclenque, y al final la calva prominente de Aaron ben Zeitmann, que lo miraba con ojos exultantes y lujuriosos.
–¡He aquí el hombre!– dijo Aaron ben Zeitmann, interponiéndose en el paso.
Los legionarios estuvieron a punto de quitarle del camino, pero el decurión los detuvo: “Conozco a ese judío, tiene amigos poderosos en Jerusalén”.
–Tú, que has liberado a otros, ¿no puedes liberarte a ti mismo?– gritó Aaron ben Zeitmann, y luego remató sus palabras con una horrible carcajada.
En Roma, al mismo tiempo, Mirasemis hizo otro horóscopo sobre Aaron ben Zeitmann, y el resultado la hizo exhalar un chillido de terror, y caer inconsciente desde su silla.
En Judea, respirando trabajosamente y sacando su voz desde lo más profundo de la garganta para poder hacerse escuchar desde su debilidad, Marbod el Bárbaro replicó:
–Hasta el momento, he apartado mi mano de ti, porque la justicia y bondad de los dioses debe alcanzar incluso a los más miserables. Pero no más. Yo te maldigo, Aaron ben Zeitmann. Te maldigo, y te digo, vivirás hasta el día del Ragnarrok, y nunca, jamás, encontrarás descanso o respiro sobre esta tierra.
–¡Bravatas!– gritó Aaron ben Zeitmann.
En ese minuto, desde lo alto, grandes nubes se arremolinaron, y una voz profunda y terrible surgió de entre ellas:
–¡Así sea escrito, así debe ser hecho!
Aaron ben Zeitmann levantó la cabeza, incrédulo, al tiempo que alrededor los susurros se levantaban: “¡Sabaoth!”, “¡Sabaoth!”. Entendió entonces Aaron ben Zeitmann, con un pequeño rayo de luz que se infiltró en su alma de tinieblas y oscuridad perpetuas, y su corazón, hasta entonces regocijante, se tornó en terror.
–¡No! ¡Marbod…! ¡No puedes…! ¡Marbod…! ¡Marbod, no, tú no…!
Marbod el Bárbaro, ahora bien instalado con su carga de la cruz, empezó a caminar, empujando a un lado con el puro peso de su cuerpo a Aaron ben Zeitmann. Este se arrojó al suelo, presa de una convulsión histérica.
–¡Marbod, por favor! ¡No puedes hacerme esto! ¡Marbod, por favor, perdóname! ¡Marbod, perdóname! ¡Te pagaré lo que quieras! ¡Te daré oro, riquezas…! ¡Maldición, haré que todo este juicio quede nulo, que sigas vivo…! ¡Marbod…! ¡No puedes hacerme esto! ¿Acaso no sabes quién soy? ¡Soy Aaron ben Zeitmann, Marbod! ¡Yo… soy… Aaron… ben…!
–Sé quién eres– dijo Marbod el Bárbaro, volteándose levemente. –Por eso no hay perdón para ti. Has elegido la vileza, y no soy yo quien te condena, sino tu propia ruindad.
Aaron ben Zeitmann entendió que esto era verdad, que ya no había esperanza para él, y levantándose con brusquedad, empezó a correr a los tumbos, gritando como un maniático:
–Estoy maldito… He sido maldecido… En verdad él es… Y yo lo he condenado con poder de hombres… Pero él me ha condenado con poder de dioses… ¡Estoy maldito, maldito, maldito! ¡MALDITO! ¡¡¡PARA SIEMPRE MALDITO, Y NADA ME REDIMIRÁ!!!
Y Aaron ben Zeitmann corrió hasta dejar Jerusalén, y corrió, corrió, corrió, sin poder morir, sin poder encontrar sosiego nunca, y por esto, la posteridad lo llama el Judío Errante.
Mientras tanto, los legionarios tomaron a Marbod el Bárbaro, ahora mortalmente debilitado, y lo extendieron sobre la cruz. Ajustaron los clavos de metal, levantaron los martillos, y estos cayeron. Marbod el Bárbaro soltó gritos casi afónicos. Luego, los legionarios levantaron la cruz.
–¡Marbod!– suplicó Betsabé. –¡Marbod, no puedes terminar así! ¡Eres el más bueno de los hombres, no puedes terminar así!
–Ahora… tienes… un esposo– jadeó Marbod el Bárbaro, agónico. –Esposo… He aquí a tu esposa… Esposa… He aquí a tu esposo…
Benjamín abrazó a Betsabé, quien empezó a llorar de manera descontrolada. Filón, por su parte, apartó la mirada, decepcionado sin duda, pero triste por la suerte innoble que Marbod el Bárbaro, a quien ahora estimaba como a su amigo libertador, había encontrado.
Desde el este, Dragonópterix se lanzó a un rescate desesperado. Pero los legionarios, levantaron sus lanzas, ahuyentando al dragón, hasta que éste hubo de rendirse.
Odín, contemplando esto desde el Valhalla, bajó la cabeza. También había silencio en el Monte Olimpo, entre las huestes de Zeus Tonante. Los dioses egipcios, por su parte, bien mosqueados por la operación de rescate que Marbod había emprendido contra su nación, contemplaban con regocijo, Set el primero de ellos. Sabaoth, por su parte, decidió dejar las cosas como estaban, porque después de todo, las relaciones con los dioses tutelares del Imperio Romano eran difíciles, y…
Marbod el Bárbaro pareció abrir los ojos por un momento. Luego, bajó la cabeza.
–Ha muerto– dijo un legionario.
Dragonópterix se posó a lo lejos, llorando amargamente. En una ocasión, Marbod el Bárbaro había podido matarle y, movido por la compasión, no lo había hecho. Ahora había muerto, sin que el dragón pudiera haberle retribuido la gentileza. Y eso no era justo.
Benjamín empezó a llevarse lejos a Betsabé, quien era presa de convulsiones histéricas.
–Clávenle una lanza– dijo el decurión, ordenando así que se siguiera el procedimiento habitual para averiguar si de verdad estaba muerto. –Luego, bájenlo.
Un legionario levantó su lanza, y cuando la iba a clavar, la lanza quedó detenida en el aire, aferrada por una mano que venía desde lo alto. Era la mano de Marbod el Bárbaro, que se había desprendido de su madero.
Un clamor de asombro y espanto recorrió a los presentes.
–Mi señor, Marbod se está resucitando a sí mismo– dijo Freyja a su esposo.
–¡Lo veo, lo veo!– dijo Odín, tratando de contener su viva emoción.
–¡En verdad es el Rey de Reyes!– dijo Filón, asombrado.
Marbod el Bárbaro levantó su débil brazo hacia el otro brazo, y tiró de éste hasta desprenderlo. Luego, con un violento desgarrón, se zafó de los clavos de los pies. Bajó al pie de la cruz, cansado, jadeante, pero vivo. Benjamín y Betsabé fueron a recogerlo.
–¡Señor, qué hacemos!– dijo un legionario a su decurión.
–Irnos al Reino de los Partos– dijo el decurión, pálido y tratando inútilmente de mantener la compostura. –Cuando esto se sepa, querrán ejecutarnos por no poder ajusticiar a un condenado. Además, si este hombre puede resucitarse a sí mismo… ¿qué no podrá hacer para vengarse de nosotros, que lo hemos clavado a un madero? ¡Vamos y escondámonos, porque contra esta clase de poder, ni aún el propio César Tiberio nada será capaz de hacer!
Marbod el Bárbaro levantó la cabeza, y miró a lo lejos, una mancha en el cielo. Era Dragonópterix, quien, loco de contento, daba giros y vueltas en el aire de felicidad. Marbod el Bárbaro estaba vivo, después de haber fallecido. ¿Y por qué es esto posible? Porque él es… ¡¡¡MARBOD EL BÁRBARO!!!
Marbod el Bárbaro sobrevivió a aquel día. A su debido tiempo, llegó a alcanzar la corona del Imperio Romano. Pero eso… Eso es parte de otra historia.
Fin del Primer Ciclo de “Marbod el Bárbaro”.
Próximo capítulo (primer episodio del Segundo Ciclo): “El Día de la Infamia”.