lunes 28 de febrero de 2011

TCDM 04 - La batalla por Marte.

ANTERIORMENTE EN “TECNÓFILO: CONQUISTADOR DE MARTE”: En Marte, Tecnófilo lucha junto a la princesa Kelennia en contra del malvado conquistador Eljus Daudrum. Eljus Daudrum los captura a ambos y desea forzar a Kelennia a contraer matrimonio con él, a la vez que utilizar a Tecnófilo para fabricar nueva tecnología militar… y como amante. Pero Finum, anterior amante de Eljus Daudrum, enfrenta a Tecnófilo, y consigue que éste se hunda atrapado dentro de su armadura en el lago Alkbar

Avisado del duelo entre Finum y Tecnófilo, Eljus Daudrum corrió hacia el borde de la isla. Sólo salían unas escasas burbujas de aire desde el agua. Pero pronto asomó la cabeza reptiliana de Finum desde las aguas.

–¿Y Tecnófilo?– preguntó Eljus Daudrum.

–Está muerto. Ahogado– sonrió sádicamente Finum.

–¡Idiota! ¡Lo necesitaba vivo! ¡Perra estúpida!– gritó Eljus Daudrum.

–¡Era un obstáculo entre nosotros! ¡En nuestro amor!– chilló Finum, mientras se acercaba lentamente a la orilla. –¡Debía morir!

–¿Y a Kelennia también la vas a matar? Porque entonces todos mis planes se irían al diablo– dijo Eljus Daudrum. –No puedo dejarte vivo, Finum, has saboteado mis planes malvados por última vez.

–¿Eljus…? ¿Qué…? No… Eljus… No…

Eljus Daudrum había abierto los cuatro brazos, y sus pectorales estaban también muy abiertos. Su pecho entonces comenzó a abrirse, y un gigantesco párpado vertical hizo su aparición. Este se abrió, y un gigantesco ojo, de una pupila terroríficamente roja, miró hacia delante. Luego, volteándose con suavidad, la pupila enfiló hacia abajo, hacia donde Finum trataba de nadar y alcanzar la orilla.

–¡No, Eljus, no, por favor, ten piedad…! ¡¡¡EL OJO DE LOS SIETE PLANETAS NOOOOOO…!!!

El Ojo de los Siete Planetas en el pecho de Eljus Daudrum brilló, y un chillido cada vez más etéreo y ajeno a nuestro universo resonó desde la garganta de Finum. Un enorme destello lo cubrió todo, y cuando los ojos pudieron ver de nuevo, el Ojo de los Siete Planetas se había retraído en el pecho de Eljus Daudrum otra vez, y el cuerpo de Finum flotaba inerte boca abajo sobre las aguas del Lago Alkbar.

Eljus Daudrum se volteó entonces hacia la gente que miraba atrás, incluyendo a la princesa Kelennia, que había corrido junto con todos los demás a contemplar los acontecimientos. El silencio más absoluto se impuso entonces en la Isla de los Mil Demonios de la Perdición. Eljus Daudrum, bien asentada una vez más su posición, ingresó al interior del castillo en reconstrucción, y se abocó nuevamente a los asuntos de Estado. Ahora que Satrapium había sido conquistada, había mucho que organizar. Pronto, ante su poder, todo el resto de Marte se rendiría. Y una vez que el matrimonio de Eljus Daudrum con Kelennia se hubiera consumado, y por lo tanto él estuviera legitimado como rey de Satrapium, nadie más en Marte osaría oponer resistencia en su contra. Y una vez asegurado su poder… podría también deshacerse de Kelennia y buscarse algunos bellos reptiles como mucamos y construir un harén.

Mientras tanto, en el fondo del lago, cada vez más inundado y aterido de frío debido a las gélidas aguas lacustres, Tecnófilo hacía lo imposible por mantenerse consciente en su cubículo con cada vez menos oxígeno y más dióxido de carbono. Estaba tratando de reparar el pellejo que había utilizado como una especie de pulmón artificial antes de acostumbrarse a la delgada atmósfera marciana: si conseguía transformarlo en una especie de tanque de buceo, tendría una opción para escapar de la armadura. La rigidez de movimientos dentro de la misma no le ayudaba, por supuesto.

De pronto, ¡¡¡SBRAUM!!!

Y el silencio más absoluto se impuso: incluso el rumor de las corrientes subterráneas del lago golpeando débilmente contra la armadura, cesó.

Tecnófilo notó que el nivel del agua dentro de la armadura ya no ascendía, y el frío empezaba a ceder poco a poco. Atónito, hizo la prueba de abrir la armadura tan solo un poquito… y no ingresó ni un poco de agua.

Tecnófilo se salió como mejor pudo de la armadura, a esas alturas del partido hecha una verdadera chatarra inservible, y cuando descubrió en qué clase de situación estaba, no pudo menos que farfullar…

–¡¡¡NO…!!! ¡¡¡OTRA…!!! ¡¡¡VEZ!!!

Efectivamente, alguna clase de criatura cetácea se lo había tragado. Bien… al menos tendría aire allá abajo. Si era como las ballenas y delfines terrestres, que ascienden a la superficie para tomar aire, entonces estaría salvado: no perecería por asfixia. Además, a diferencia de la vez anterior en que estaba atrapado, ahora ya no estaba en el espacio exterior sino en un mundo, y por lo tanto tenía mayores posibilidades de conseguir recursos de alguna clase. Y por último, otra diferencia notable, tenía la armadura, que ya no le serviría como tal allá adentro, pero que aún así sería útil, desarmada en sus piezas y componentes.

–Muy bien, Tecnófilo, tan mal no estás– se dijo a sí mismo, porque como buen científico loco, hablar consigo mismo hacía que sus proyectos parecieran un poco menos fantasmagóricos y más realizables. –Tienes tiempo y una oportunidad. Seguramente Eljus Daudrum y sus secuaces te creen muerto, y no te están buscando. Debe estar preocupado preparando la boda con… ¡La boda! ¡Por Zeus, debo impedir esa boda! Si se casan, no solamente perderé a la princesa Kelennia quizás para siempre, sino que además ¡se coronará como el Más Grande Supervillano de Nuestra Era! ¡Debo impedirlo! Pero cómo, cómo, cómo, cómo me escapo de esta ballena… A ver, Tecnófilo, piensa, piensa, piensa, cómo escapar… Necesito lo que todo buen supervillano, una base de operaciones, algo en lo cual pueda… Pero no sé nada sobre Marte, sobre su geografía, sobre sus costumbres, y montar una base de operaciones puede ser largo y… ¡Un momento! ¡Ya tengo una base de operaciones! Esta ballena puede servir… Si sólo pudiera guiarla de alguna manera… veamos… Guiarla… ¡Claro! ¡Eso es! ¡Convertiré a esta ballena en mi nueva armadura!

Primero que nada, Tecnófilo desarmó los sistemas hidráulicos de su armadura, cuidando de no derramar el valioso y en ese minuto irremplazable líquido lechoso lunar, y pensó en los tímpanos de la ballena. De manera que taladró en donde debían estar los oídos de la misma sin piedad, a costa de una serie de estremecimientos varios, porque la ballena, arponeada desde adentro sin anestesia, por supuesto que se resistió y se dio varias vueltas de campana nadando. Pero al final, Tecnófilo consiguió introducir un hilo tenso y bien protegido de vibraciones exteriores, que le permitían tomar las ondas acústicas en el oído de la ballena y proyectarlas sobre un panel de agujas de lecturas de indicadores: era una especie de primitivo y tosco sonar con el cual podría explorar el mundo exterior. Incluso hasta podía cartografiar obstáculos de relativo tamaño en su camino.

Luego, por el mismo procedimiento de perforar a la pobre ballena desde adentro, Tecnófilo introdujo varias palancas y poleas del sistema hidráulico en las aletas de la ballena, adhiriéndolas al hueso, siempre por el interior de la misma. Pero la ballena seguía pretendiendo usar sus aletas por sí misma y las movía, y con eso destrozaba las irremplazables piezas que Tecnófilo usaba para comandarla. Finalmente, Tecnófilo improvisó una especie de jeringa, y a sabiendas de que el líquido lechoso lunar era una substancia algo tóxica, como el agua de mar para los humanos, la inyectó en pequeñas dosis en las aletas, aletargando los nervios de éstas e impedirle a la ballena el control de las mismas. La idea funcionó de maravillas, y Tecnófilo ahora podía guiar a la ballena a su antojo, desde un sillín improvisado en que podía mover las aletas con palancas y pedales.

Luego, Tecnófilo dedujo que si los marcianos disponían de tecnología y eran capaces incluso de navegar, entonces encontraría naufragios por todas partes dentro de ese mar, máxime considerando que era un mar pequeño y por lo tanto no había demasiado en donde buscar. Nuevamente, Tecnófilo tuvo razón, y gracias a su primitivo sonar, después de aprender a leerlo correctamente para discriminar barreras coralinas o simples formaciones rocosas, dio con más de algún naufragio, desde los cuales pudo extraer varias piezas, muchas de ellas de ese cristal semitraslúcido en que hacían casas y vehículos espaciales.

Lo primero que hizo Tecnófilo fue fabricarse una mascarilla con la cual salir al exterior de la ballena. De esta manera, poco a poco, la fue dotando de armamentos por el exterior. El mayor descubrimiento de todos fue un cajón en un naufragio con un conjunto de cristales rojos parecidos a los rubíes, que según descubrió Tecnófilo, eran la fuente energética que alimentaban a los rayos caloríficos de los trípodes. Pronto, y no sin antes hacerle varias quemaduras a la pobre ballena en su interior, aprendió a canalizar la energía de esos rayos caloríficos a través de unos tubos huecos y romos, y consiguió fabricar así sus propios cañones caloríficos.

Por último, Tecnófilo tuvo una idea brillante. ¿Y por qué, en vez de erizarse de cañones caloríficos, no se conformaba con uno o dos de ellos, y utilizaba todo el resto de los cristales para fabricar una especie de propulsión? Hizo sus cálculos matemáticos, y descubrió que era factible alzar a la ballena en el aire durante algunos cortos espacios de tiempo, quizás un minuto o poco más. No era mucho, pero suficiente para dejar caer un pesado bombardeo sobre las posiciones enemigas, y después volver a sumergirse sin que el enemigo pudiera atacarle. Al pensar en los marcianos crepitando y ardiendo bajo sus propios disparos, Tecnófilo no pudo evitar soltar una carcajada maligna, ya que disfrutaba mucho siendo un supervillano.

Finalmente, después de mucho trabajo, Tecnófilo estaba listo para dar la batalla. Bombardearía el castillo, y destruiría el poder del malvado Eljus Daudrum, reduciéndolo a la obediencia o matándolo, y entonces ÉL sería el Amo de Marte.

Siguiendo la navegación por sonar, Tecnófilo enfiló la ballena hacia la Isla de los Mil Demonios de la Perdición. Nervioso, contó uno… dos… ¡¡¡TRES!!!

Activó los propulsores. La ballena, atónita, sintió de pronto como despegaba afuera del agua, y sintió un terror mortal al invadir el aire exterior, que nunca ni en sus más cetáceos sueños había creído posible alcanzar.

–¡¡¡FUEGO A DISCRECIÓN!!!– gritó Tecnófilo, y con una carcajada satánica, lanzó varios disparos contra puntos estratégicos del castillo, ahora completamente reconstruido. El castillo de cristal, ante los impactos caloríficos, pronto quedó envuelto en llamas, y estalló colosalmente en el aire.

–¡Oh, no!– gritó Tecnófilo. –¡Kelennia!

La ballena cayó en el agua, al otro lado de la isla, y Tecnófilo salió de la misma, corriendo hacia el castillo, que se estaba hundiendo. Se encontró en las afueras del mismo con un barrendero de piel azulosa como los otros marcianos, que con la mirada media perdida, seguía barriendo imperturbable algunas hojas secas (de dónde salían esas hojas secas en un Marte con cada vez menos árboles, era un misterio para Tecnófilo).

–¡Pronto, buen hombre!– soltó Tecnófilo. –¡Dígame! ¡La princesa Kelennia!

–¿La princesa?– dijo el barrendero, rascándose la cabeza medio indeciso. –Pues… no sé… Par’se que’l patrón y la patrona salieron, no-sé-ná-yo… Parece que hay casorio, allá en Satrapium. ¿No quiere dejarle un m…?

–¡Satrapium!– maldijo Tecnófilo. –¡O sea que destruí este castillo para nada! ¡Este castillo que habría sido mi base de operaciones para conquistar Marte! ¡Maldición! ¡Dime, buen hombre, hacia dónde queda Satrapium!

El hombre, sin inmutarse, señaló con toda lentitud hacia un punto en el horizonte.

–Gracias– dijo Tecnófilo, y luego, como recordando algo, se dio vuelta. –Sáqueme de una duda académica, buen hombre… ¿Por qué esta isla se llama la Isla de los Mil Demonios de la Perdición?

–Pues, no sé… no-sé-ná-yo…

–Hmmmm… Gracias.

Tecnófilo salió corriendo a todo escape. Revisó entre las ruinas, y encontró un trípode. Debía apurarse, quizás no contara con mucho tiempo antes de la boda. Regresó hasta su ballena, desmontó los sistemas de armamentos, y después, cuando la vio compungida por el enorme dolor y sufrimiento que le causaban los arponazos internos, hizo un gesto de fastidio, y se metió de nuevo en la ballena para desmontar todos los mecanismos y dejarla tal y como la había encontrado.

–¡Listo! Gracias, buena amiga– dijo Tecnófilo, acariciando a la ballena, una vez que hubo terminado.

Por toda respuesta la ballena, fastidiada, le echó un imponente chorro de agua con su respiradero a Tecnófilo, botándolo al suelo. Luego, enojada, se sumergió y no apareció más, en las cercanías a lo menos.

–¡Traidora malagradecida!– gritó Tecnófilo, contrariado.

Luego, trabajando a contrarreloj, Tecnófilo fue incorporando todo el armamento, los cristales, las palancas, etcétera, al trípode que había capturado, hasta convertirlo en su supertrípode. Ahora estaba listo para aniquilar a Eljus Daudrum de una buena vez.

Dio el primer paso, y el trípode se empantanó. Tecnófilo farfulló un par de cosas, se bajó, revisó, vio que todo funcionaba correctamente, regresó a su cabina, miró de nuevo los indicadores…

–¡No puede ser! ¡Sin combustible! ¡La pana del tonto!

Tecnófilo se bajó nuevamente y manipuló uno de los cristales rojos hasta activar la reserva energética del supertrípode, después de lo cual emprendió la marcha.

A diferencia de su armadura, el supertrípode estaba perfectamente presurizado, de manera que pudo caminar por el fondo del lago Alkbar sin problemas. De manera lenta, pero implacable, el supertrípode acortó kilómetros hasta emerger del otro lado del lago, en línea recta hacia Satrapium, que no quedaba demasiado distante de la orilla.

Satrapium seguía en ruinas, producto del ataque de Eljus Daudrum, pero el edificio central había sido reconstruido. Tecnófilo descubrió en los edificios adyacentes a algunos marcianos azulinos aplicando tijeras de bonsái a los edificios cristalinos, para darles forma y hacerlos crecer como habitaciones y edificaciones.

La entrada al edificio central era custodiada por cuatro trípodes, dos a cada lado de la puerta. Tecnófilo había incluido dentro del cañón del ojo un acelerador de carga, de manera que pudo disparar cuatro cargas antes de que ellos pudieran tentar siquiera la primera. Los cuatro trípodes quedaron de pie, con sus ojos perforados, y luego se desplomaron lentamente hacia el costado, cayendo con estrépito, carcasas inútiles ahora.

Tecnófilo paró su supertrípode en las patas delanteras, y utilizó la trasera, doblándola, para golpear y derribar la puerta principal.

Adentro estaban un nutrido grupo de marcianos, tanto de piel azulina como reptilianos de cuatro brazos y piel verde, y en medio de ellos estaban Kelennia y Eljus Daudrum.

–¡Eljus Daudrum, he venido a matarte!– gritó Tecnófilo.

Pero Eljus Daudrum no perdió tiempo en melodramáticas frases de supervillano, sino que corrió aceleradamente hasta detrás del salón principal. Segundos después, la pared del fondo se vino estrepitosamente abajo, en medio de un refulgente brillo de los cristales de la pared rotos, y emergió el supertrípode de Eljus Daudrum.

–¡Demonios!– gritó Tecnófilo, y disparó, disparó, disparó…

Tecnófilo abrió los ojos.

–¿Sigo vivo…?

Por toda respuesta, Tecnófilo sintió que el suelo bajo sus pies se bamboleaba, y el visor le mostró como la pulida superficie se le venía violentamente encima. Debió darle órdenes al cerebro para que pensara con lógica, para darse cuenta de que no era Marte el que se había volteado en ángulo recto, sino su supertrípode el que estaba en el suelo. Tecnófilo trató de activar los motores para poner su supertrípode de nuevo en pie, pero fue en vano. De manera que prefirió salirse del supertrípode.

El supertrípode de Eljus Daudrum también estaba en el suelo, medio en ruinas, pero éste había sobrevivido.

–¡Ahora verás, Tecnófilo! ¡Ya no te necesito, porque ahora Marte es MÍO!

Y sin esperar más, Eljus Daudrum se abrió la chaqueta y mostró su pecho desnudo. Abrió entonces los cuatro brazos, y en su pecho se abrió el Ojo de los Siete Planetas. Tecnófilo lo miró fijamente, maravillado por algo que no podía adivinar qué era, y entonces…

…su cuerpo ya no era más su cuerpo: esa pupila roja e incendiaria estaba absorbiéndolo. A lo lejos sentía a Eljus Daudrum gritando ¡¡¡MUERE, TECNÓFILO, MUERE!!! Tecnófilo sintió cómo su mente traspasaba aquella pupila, e ingresaba hacia el otro lado.

Tecnófilo abrió los ojos. Todo a su alrededor era rojo, una árida e interminable planicie rojiza, más reseco y sin vida que cualquier desierto de la Tierra o que hubiera visto jamás.

–¡Dónde estoy!

–Esto… Esto es el futuro de Marte– dijo una voz a sus espaldas. Tecnófilo se dio vuelta, para encontrarse con Eljus Daudrum, quien le siguió diciendo: –Los últimos marcianos fabricarán el Ojo de los Siete Planetas para influir en el pasado, y tratar de evitar la desecación de nuestro mundo nativo. Pero eso… ¡¡¡ESO ES IMPOSIBLE!!! ¡¡¡POR ESO DEBO REALIZAR EL GENOCIDIO DE LA TIERRA!!!

Eljus Daudrum portaba una espada y atacó contra Tecnófilo, quien trató de evitar el golpe. Ambos se trabaron a luchar por la empuñadura. Pero el marciano era más fuerte, y la espada se inclinaba cada vez más hacia Tecnófilo.

–No te resistas, Tecnófilo. Este es mi mundo, éstas son mis reglas. Resistirse es inútil y sólo hará más dolorosa tu muerte. Has viajado un largo trayecto para llegar hasta acá, hasta tu muerte.
Pero de pronto, Tecnófilo sintió que había algo en la atmósfera, en el ambiente, presencias… ¡Inteligencias! ¡Susurros de mentes que habían trascendido la materialidad! ¿Acaso eso eran los últimos marcianos? ¿Sin cuerpos, pura mente, alma inmortal…? En cualquier caso, esas voces le proporcionaban una energía suprema. En un segundo, Tecnófilo entendió: él podía captarlos porque era inteligente, era el supervillano científico loco, mientras que Eljus Daudrum confiaba en su fuerza bruta, y por lo tanto era inmune a las voces.

–¡Pero…! ¡Qué…! ¡No! ¡Es imposible!– gritó Eljus Daudrum, al ver que la espada se desvanecía misteriosamente en el aire. Luego, Tecnófilo extendió su brazo, y con toda su potencia, atravesó a Eljus Daudrum por el pecho. El Ojo de los Siete Planetas se remeció, y con él, todo el paisaje marciano alrededor.

–Es posible, Eljus. ¡Acabo de derrocarte! ¡El Ojo de los Siete Planetas es ahora MÍO!

Y mientras Eljus Daudrum soltaba un enorme chillido de agonía, con su mente disolviéndose en la nada eterna, Tecnófilo abrió los ojos, para encontrarse con…

–¡Qué! ¡Tengo cuatro brazos! ¡Y piel verde! ¡Por Zeus, ahora soy Eljus Daudrum!

Delante de Tecnófilo, su anterior cuerpo humano estaba tieso y sin respiración.

–¡Salve, rey de Marte!– dijeron sus nuevos súbditos, acercándosele y creyéndole Eljus Daudrum.

–Bien, no está tan mal…– dijo Tecnófilo, satisfecho. –¡Gané! ¡Vencí! ¡Marte es mío!

–No importa que ahora seas el rey de Marte– chilló Kelennia, con el rostro arrasado en lágrimas. –¡Has asesinado a Tecnófilo, el único hombre que amé y al que siempre amaré! ¡Porque él era… inteligente!

–¡Pero, Kelennia!– dijo Tecnófilo, y luego, estrechándola para que nadie más escuchara, le dijo al oído: –Soy yo… Soy Tecnófilo… Ahora estoy en el cuerpo de Eljus Daudrum, pero soy yo…

–¡Pero qué bajo eres, reptil! ¡Suéltame!

–¡Soy yo, te digo, mujer!– gritó Tecnófilo.

Kelennia se detuvo por un instante, sorprendida. ¿La había llamado “mujer”? ¿Acaso era posible…? Pero luego, recordando quién era y la dignidad de su título de princesa, replicó con frialdad:

–Escúchame, insolente. Me llamo Kelennia, y soy la Princesa del Reino de Satrapium. Pero para ti soy… Su Supremacía– y remató con voz más suave y domesticada: –¿Está claro?

–¡Muy claro!– dijo Tecnófilo, exultante, y abrazando a Kelennia. ¡Ella lo había reconocido! ¡Estaban casados! ¡Y él, Tecnófilo, ahora era el Conquistador de Marte! ¡El Amo de Marte! Y esa noche sería la noche de bodas con Kelennia, con su turgente busto, con sus bien torneados muslos, con sus ojos negro azabache…

–¡Sin mi virilidad!– gritó de pronto Tecnófilo, mirándose la lisa entrepierna de reptil.

FIN DE “TECNÓFILO: CONQUISTADOR DE MARTE”.

lunes 21 de febrero de 2011

TCDM 03 - Supervillanos de un planeta moribundo.

ANTERIORMENTE EN “TECNÓFILO: CONQUISTADOR DE MARTE”: Luego de haber llegado por accidente a la Luna e intentar un fracasado golpe de estado, Tecnófilo es llevado hasta el planeta Marte por la princesa Kelennia, para fabricar armaduras de combate con las cuales luchar contra Eljus Daudrum. Pero al llegar descubren que la batalla ha comenzado. Tecnófilo defiende a Kelennia, pero es rodeado por varios trípodes, máquinas de guerra marcianas, y ahora debe luchar por su vida

Tecnófilo hizo sus estimaciones mentales acerca de cuánto podría resistir haciendo ejercicio físico al accionar la armadura, sin el pellejo de aire comprimido, y sus cálculos en el mejor de los casos no fueron optimistas. De manera que optó por la retirada. Utilizando los balines de los cañones en los brazos, retrocedió poco a poco, mientras los trípodes se conformaban con disparar. Afortunadamente, la piedra laja lunar seguía tan resistente como de costumbre al rayo calorífico de los trípodes.

–Perdona, Kelennia…– dijo Tecnófilo, y cogió a la princesa con un brazo, listo para salir corriendo.

–¡Su Supremacía!– gritó ella.

–¡No es tiempo para protocolos!– gritó Tecnófilo.

Y teniendo bien asida a la princesa por su cintura de avispa, corrió con ella por las calles. Desafortunadamente, un trípode lo emboscó en una esquina y le disparó por la espalda. Por alguna razón, la piedra laja no resistió bien, y se rompió en dos: el impacto arrojó a Tecnófilo contra una pared de cristal, que medio derretida por el intenso calor, se rompió como si estuviera hecha de caramelo.

Tecnófilo miró a su alrededor y cogió una mesa sobre la cual había una cantidad desordenada de papeles, mientras un hombrecillo también de piel azulosa contemplaba la escena con horror e incredulidad, y chillaba y chillaba y chillaba… Bien asida la mesa, Tecnófilo la arrojó contra el trípode que se asomaba por la abertura. Este, actuando por reflejo, disparó el rayo calorífico, que incendió la mesa en el aire, convertida así en un bólido que chocó contra su único ojo. Tecnófilo entonces pateó con desesperación, hundiendo los restos de la mesa en llamas contra el ojo. Se escuchó un horrible alarido dentro del trípode, y éste cayó lentamente de espaldas, con su ojo humeando.

–¿Qué diablos dice ese hombrecillo que se está mesando los cabellos?– preguntó Tecnófilo.

–Se está quejando porque han quemado sus planos de diseños de agujas cristalinas.

En ese minuto, toda la estructura cristalina empezó a resquebrajarse, y aparecieron quemaduras negras en algunos puntos. En cuestión de segundos, todo se encendió. Tecnófilo y Kelennia salieron corriendo. El hombrecillo siguió chillando, cayó una estructura de cristal encima suyo, y se quedó ardiendo en las llamas.

–Nos veremos en la otra vida– dijo Kelennia.

–¿Otra vida?– preguntó Tecnófilo. –¡No hay otra vida…! ¡”Cuando la máquina perece, preciso es también que perezca el alma”!

–Quizás eso valga para los terrestres– dijo Kelennia. –Pero los marcianos creemos en la reencarnación– explicó Kelennia. Y luego se dirigió hacia el hogar ardiendo, con el hombrecillo que dibujaba edificios de formas geométricas enroscadas perdido en su interior: –Adios, Gaudí, viejo amigo.

En ese minuto aparecieron más trípodes en el horizonte. Tecnófilo empezaba a sentir los efectos de la lucha en sus propios pulmones, no acostumbrados a la delgada atmósfera marciana. El fuelle que se había fabricado para tener aire comprimido, estaba ahora casi por completo vacío. Estuvo a punto de gritarle a Kelennia alguna frase heroica y robacorazones, de tipo “¡Huye, princesa, huye sin mí, bella ensoñación de la noche marciana, que yo los detendré mientras vos arrancáis!”, pero luego pensó muy racionalmente que si moría luchando, jamás conseguiría aparearse con Kelennia, por mucha reencarnación que hubiera de por medio, así es que prefirió quedarse callado y disponerse para luchar, y arrancar a la primera oportunidad.

Ahora Tecnófilo estaba dándoles el frente a los trípodes, de manera que los rayos caloríficos chocaban contra la placa de piedra en su pecho y no causaban un impacto significativo. Pero le obligaban a retroceder de espaldas contra una pared, y Tecnófilo se preguntaba cuánto tiempo podría aguantar así. Además, los disparos que chocaban contra la pared eran riesgosos porque podían inflamar el cristal de las mismas.

Además, el aire se le estaba yendo cada vez más aprisa.

En ese minuto un trípode más grande y robusto que los demás, de color azulino en vez del rojizo de los otros, avanzó entre el humo, las cenizas flotantes y las llamas, y se paró frente a frente contra Tecnófilo.

La tapa del trípode azulino se abrió, y una enorme criatura de piel verde y escamosa, cuatro brazos, y una ancha y siniestra mandíbula, emergió desde el interior.

–Eljus Daudrum– susurró Kelennia.

–¡Vaya, vaya, vaya! Miren esto– rio Eljus Daudrum, y Tecnófilo observó que también hablaba latín, con cierta dificultad, pero lo hablaba. –¿De dónde sacaste este juguetito…?

–¡Eljus Daudrum!– dijo Tecnófilo. –¡Deja a la princesa Kelennia en paz!

–¿Eso? ¡Ni soñarlo! Debo capturarla para contraer matrimonio con ella y legitimar así mi posición como rey de Satrapium. Y entonces… ¡ninguna fuerza de Marte detendrá mi dominio! ¡¡¡GUA-JA-JA-JA-JÁ!!!

–¡Cómo te atreves a pretender ser más malvado que yo!– gritó Tecnófilo. –¡Yo soy el más grande genio criminal de todos! Tú… Tú no eres más que un advenedizo. Tú te escondes y escudas detrás de tus hombres porque sin ellos no serías nada. En cambio, yo tengo mi inteligencia, mi intelecto. ¡Estaba solo en la Luna, y pude fabricarme esta armadura y luchar con ella! ¡Debes admitirlo, Eljus Daudrum, YO SOY EL MAYOR SUPERVILLANO DE NUESTRA ERA!

–¡Ah, bueno, si es por cuestión de títulos, entonces de acuerdo! Te concedo el título de Mayor Supervillano de Nuestra Era. Yo prefiero el título de… ¡¡¡MONARCA SUPREMO IMPERIAL DE MARTE!!! ¡¡¡GUA-JA-JA-JA-JÁ!!! Además, yo no soy un supervillano… ¡Yo soy un marciano bueno! Yo quiero la paz y la felicidad para mis súbditos. Cuando yo sea el dictador supremo y nadie pueda oponérseme, toda la sociedad marciana reunida bajo un cetro podrá afrontar la crisis de la desecación. Reclutaré a todos los marcianos sobrantes en un gigantesco ejército y los enviaré al genocidio de la Tierra. Si ganamos, colonizaremos la Tierra, y si perdemos, entonces morirán suficientes marcianos como para que el resto tenga agua y alimentos en abundancia. En cualquier caso, Marte prosperará. Y dime, ¿eso acaso eso SER MALVADO? ¿¿¿AH???

–Suena lo suficientemente malvado para mí– dijo Tecnófilo.

–¡Cómo te atreves! Es que no eres un marciano, con esa piel… naranjácea tan horrible que tienes… humano… Deberías morir como el sucio e inferior humano que eres, pero no te mataré. Tu habilidad para fabricar armaduras de combate podría serme útil. De manera que te capturaré, y también a la princesa Kelennia, y me casaré con ella… ¡¡¡GUA-JA-JA-JA-JÁ!!!

–¡Jamás!– gritó Tecnófilo. –¡Ella jamás se apareará contigo, monstruoso reptil de cuatro brazos!

–¿Aparearme con ella? ¡Pero qué asquerosidad! Yo sólo la quiero como esposa para legitimar mi reinado. ¿Engendrar huevos en su horrible vientre? No, jamás podría hacerle eso a mi fiel Finum.

Y apareció otro guerrero detrás, también de cuatro brazos, piel verde reptiliana y mandíbulas, también montado en un trípode.

–¡Ay, gracias, Eljus!

–¡Ay, gracias, Finum! Besito para ti, muac-muac-muac.

–Y besito para ti, muac-muac-muac…

–¡No! ¡Besito para ti! ¡Muac-muac-muac!

–¡No! ¡Besito para ti! ¡Muac-muac-muac!

–¡Ay, siempre quieres ser más cariñoso que yo!

–¡No, tú quieres ser siempre más cariñoso que yo!

–¡Ay! ¿Por qué siempre me tratas así? ¿Acaso no te he dado todo mi cariño, todo mi amor…?

–¡Ay, pesada, por qué siempre te quejas así…!

–¡Ay, como si no te gustara quejarte cuando estamos juntos…!

–¡Ay, sí, Eljus, me gusta mucho! ¡Háceme quejarme!

–¡Ahora no, que estamos en medio de una guerra, estúpida!

–¡Ay, pesada, siempre estás muy ocupada!

–¡Estoy tratando de conquistar Marte! ¿Vale? ¡Es tarea de tiempo completo esto!

–¡Marte, Marte, Marte! ¡Siempre Marte! ¡Estoy cansada de tu estúpido Marte!

–¡Es también TÚ estúpido Marte! ¡Es el Marte de todos!

–¡Ay, y por todos no tienes tiempo para mí!

–¡Ay, por qué…! ¡Por qué…! ¡Por qué siempre tienes que ponerte así en cada campaña militar! ¿Acaso no te regalo lo mejor de cada botín que saqueamos?

–Ay, sí, lo mejor, sí, claro, por supuesto, como ese collar de perlas que me regalaste… ¡Puaj, que horrible!

–¡Perra malagradecida, pero me dijiste que te había gustado…!

–¡Ay, sí, tengo que decirte eso porque o si no te enojas y estás enfurruñado durante tres días! ¡Ordenaste matar a quinientos prisioneros de guerra la última vez que te enojaste así conmigo…! ¡Eres un bruto, un salvaje! Te odio, perra…

–Claro, sí, a ti no te gusta que yo sea un bruto y un salvaje…

–Bueno… Sí, un poquito…

–¡Un poquito! ¡Te lo voy a dar bruto y salvaje a la noche, ya lo verás!

–¡Ay, sí, bueno ya!

–Te voy a hacer mi perra.

–Ya SOY tu perra.

–Ya, mi perra, venga para acá y…

–¡¡¡BAAASSS…!!! ¡¡¡TA!!!– gritó Kelennia, fastidiada. –¡Qué! ¡Van a capturarnos de una buena vez o qué!

–Eh… Ah… ¡Sí, claro, capturar a la princesa!– dijo Eljus Daudrum. –¡Captúrenla! Y tambíen al terrícola.

–Claro, tenías que recordárselo– dijo Tecnófilo.

Un rato después, en medio de las ruinas de la principal ciudad de Satrapium, que por flojera topográfica también se llamaba Satrapium y punto, Tecnófilo y Kelennia estaban convenientemente amarrados como prisioneros de guerra, en el interior de una celda móvil. Tecnófilo aprovechó de contemplar las prominentes formas de Kelennia enfundada en su corset, bellamente amarrada con las manos en la espalda. De tarde en tarde, Kelennia hacia algún intento desesperado por zafarse, y en esos intentos su hermoso cuello azulino lucía aún más estirado e indefenso, y por lo tanto, más sensual si es que cabía.

–Muy bien, Tecnófilo, tú eres el amo de las ideas aquí. Dime ahora cómo nos fugamos.

–¿Fugarnos? ¿Quién se va a fugar?– preguntó Tecnófilo. –Ahora tengo empleo como fabricante de armamentos para el principal militarista de Marte… Militaristas e imperialistas son buenos clientes, ¿sabes? Pronto conseguiré mi libertad… ¡Y seré el amo de Marte! ¡¡¡GUA-JA-JA-JA-JÁ!!!

–¿Entonces no lucharás a nuestro lado, con el Bien y la Justicia?– preguntó Kelennia, entristecida.

–¿Con el Bien y la Justicia? ¿Yo? ¡Pero si me fugué de la Tierra para poder comenzar en otra parte porque el Bien y la Justicia no me dejaban en paz en la Tierra! ¿Te hablé alguna vez de un tal Marbod el Bárbaro…? Tipo fastidioso, fíjate tú que en tres ocasiones…

–¡Pero acá no existe el Bien y la Justicia porque el Mal y la Injusticia están triunfando! ¡Tú podrías ser el Bien y la Justicia si lo quisieras!– protestó Kelennia. Ahora, ya no era la altiva y arrogante princesa marciana quien hablaba, sino una pobre y desamparada mujer necesitada de auxilio.

–Pero… princesa…

–Tecnófilo… Por favor…

Tecnófilo miró profundamente a la chica de piel azulada, y miró en lo más hondo de los ojos negro azabache. Había una tristeza infinita e inconmensurable en ellos, una tristeza como sólo un marciano es capaz de sentirla. ¿Valdría acaso la pena…? Tecnófilo recordó sus días de infancia, en que sus compañeros se burlaban de él porque era el más aplicado de la clase y se sabía bien que para todo triángulo rectángulo es válido que “alfa al cuadrado más beta al cuadrado es igual a gamma al cuadrado”, en donde alfa y beta son los catetos y gamma es la hipotenusa. Recordó los días en que se había hecho supervillano para conquistar el Imperio Romano y darle una lección a todos quienes se habían burlado de él. Y habría tenido éxito si no fuera por Marbod el Bárbaro, quien en cada ocasión lo había combatido y había burlado sus más mortíferas trampas mortales… ¿Cómo era posible que el músculo bruto pudiera triunfar sobre el delicado cerebro?
Además, no se sentía ni un poquito celoso ni obligado a rescatar a Kelennia porque, después de todo, el matrimonio del supervillano Eljus Daudrum con la princesa sería uno de mentirijillas, ¿no?

–Lo siento, princesa– dijo Tecnófilo.

Una lágrima furtiva se salió del ojo de Kelennia, y rodó por su mejilla. Ya ni siquiera luchaba por tratar de zafarse las manos, de manera que se quedó con la espalda apoyada contra la pared de la celda móvil, respirando hondo para no derramar más lágrimas, toda altivez y gracia. Tecnófilo bajó la cabeza.

Cuando la celda móvil se abrió, Tecnófilo y Kelennia fueron bajados del vehículo. Ahora estaban en una isla. Tecnófilo echó un vistazo alrededor. Podía verse a cierta distancia la costa, que probablemente fuera el gigantesco continente marciano. La isla misma era un peñón más o menos desolado, en donde un grupo de marcianos de piel azulina se aplicaban al trabajo de reconstruir unas ruinas cristalinas, bajo el látigo de un grupo de reptiles verdosos de cuatro brazos con sus feroces mandíbulas sonriendo.

–Supongo que estamos en medio del lago Alkbar, ¿no?– preguntó Tecnófilo.

–Esta es la Isla de los Mil Demonios de la Perdición. Fue una fortaleza en los tiempos antiguos de Marte, pero cuando Satrapium creó la confederación de ciudades marcianas y la paz reinó, se hizo innecesario mantenerla y acabó en ruinas. Ahora, Eljus Daudrum la está reconstruyendo para convertirla en su bastión inexpugnable, el centro de su imperio. Porque nosotros gobernábamos por la paz, mientras que él quiere gobernar por el terror. Y tú le ayudarás a ganar, Tecnófilo.

–Bueno… ¡Tienes tu merecido por ser tan arrogante, princesa! Por haberme tratado mal… ¡Sí, eso es! Por no haber sabido tener RESPETO por mi magnífica mente criminal! ¿Ya ves…? Ahora estoy con los vencedores.

–Espérate a que empecemos a ganar nosotros. Si ganamos sin tus máquinas de guerra, entonces nos serás inútil. Te devolveré a los lunáticos para que te despellejen y se devoren tu piel mientras tus ojos están mirando y tus músculos se desangran– dijo Kelennia.

–Uh… Tienes algunas extrañas fantasías sexuales conmigo, ¿no, Kelennia…?

–¡¡¡HMPF!!!– restelló Kelennia.

En ese minuto se acercó Eljus Daudrum.

–¡Pero qué haces con este adefesio de piel azul, humano! Mira, qué asco… Azul… Vamos, Tecnófilo, tenemos cosas que hacer. Cosas… importantes… qué hacer.

Y Eljus Daudrum puso uno de sus brazos superiores sobre el hombro de Tecnófilo, y el brazo inferior correspondiente en la cintura de éste. Cuando Tecnófilo intentó soltarse, descubrió que estaba firmemente aferrado.

Eljus Daudrum se llevó a Tecnófilo a sus aposentos privados.

Un par de horas después, Tecnófilo estaba lavándose desesperadamente la boca. Para su fortuna, aquellos reptiles no tenían genitales, de manera que su trasero seguía intacto.

En ese minuto apareció por detrás otro reptil.

–Eljus, mira, si tú y yo vamos a ser amantes, entonces quiero que… Er…– soltó Tecnófilo, dándose vueltas e interrumpiéndose… –Tú no eres Eljus.

Era Finum el que estaba ahí.

–¡Con que teniendo algo con MI reptil! ¡Yo te voy a enseñar, perra…!– gritó Finum, y se lanzó con sus cuatro portentosos brazos contra Tecnófilo.

Este consiguió esquivar a duras penas, descubriendo de paso que estaba acostumbrándose al delgado aire marciano y podía moverse con mayor rapidez sin perder el resuello. Pero uno de los cuatro brazos de Finum se agarró a la pierna de Tecnófilo y no lo dejó irse. El humano pateó con desesperación, pero en vano.

–¡Te mataré, perra!– gritó Finum.

Tecnófilo trasteó desesperadamente en su cinturón, en donde había guardado unos hierbajos urticantes que había recolectado en la Luna, sin pensar demasiado bien en qué podían servirle. Ahora tenía la oportunidad de averiguarlo. Rogando porque funcionara, abrió el frasco y le arrojó el contenido a la cara de Finum.

En el paso del tiempo, las hierbas medio se habían secado y se habían hecho polvo, y ese polvo quedó más o menos suspendido en la atmósfera, metiéndose a los ojos de Finum, su único punto vulnerable a tal clase de ataque, por otra parte protegido por su piel reptiliana. Un horrible alarido salió de la garganta del cuatro brazos, y se empezó a restregar, con lo que el efecto urticante, lejos de marcharse, se hizo aún más profundo.

Tecnófilo corrió por el palacio semicristalino, mientras un semiciego Finum lo perseguía aullando:

–¡¡¡TE MATARÉ, PERRA!!! ¡¡¡TE MATARÉ!!!

Finum medio vio y medio sintió con el oído una puerta cerrándose. Se dio la media vuelta y fue a abrir la puerta… para encontrarse a Tecnófilo completamente embutido en su armadura.

–Noticias para ti, reptil. Ya no me afecta la delgada atmósfera marciana– dijo Tecnófilo, y disparó un balín.

O intentó hacerlo, porque descubrió, para su estupor y fastidio, que las pocas municiones que le quedaban en los dos cañones, habían sido descargadas. ¿Sería un mano-a-mano entonces? ¡Bien! Tecnófilo corrió con su pesada armadura y le descargó dos serios puñetazos en la mandíbula a Finum.

Ahora se invirtieron las tornas: era Finum corriendo por el palacio, y Tecnófilo aullando detrás:

–¡¡¡TE MATARÉ, PERRA!!! ¡¡¡TE MATARÉ!!!

Pero Finum se metió en el hangar de los trípodes. Antes de que Tecnófilo pudiera hacer nada, el trípode le atacó con todas sus fuerzas.

La piedra laja en el pecho de Tecnófilo le protegía del calor de los disparos, sin duda, pero Finum estaba aplicando toda la potencia, y con eso, el empuje del disparo obligaba a Tecnófilo a retroceder. Aquella batalla era corta y contra un solo enemigo, de manera que Finum no tenía por qué contenerse en el uso de energía para el rayo calorífico. De esta manera, empujó a Tecnófilo fuera del palacio, al aire libre, cada vez más cerca del risco en el borde del Lago Alkbar…

El rayo calorífico se acabó. Tecnófilo se dispuso a contraatacar, pero Finum, en una maniobra suicida, cargó contra Tecnófilo. En el momento decisivo se impulsó con una pata del trípode y aprisionó a la armadura de Tecnófilo con las otras dos. Trípode y armadura cayeron entonces al lago.

–¡Bien, te mueres conmigo, al menos!– gritó Tecnófilo, pero para su estupor, Finum abrió la escotilla y ascendió nadando hasta la superficie. Tecnófilo, con desesperación, descubrió que no podía zafarse ni salirse de la armadura, mientras que el agua se filtraba por las junturas: su carrera criminal acababa de esta opaca manera, ahogado dentro de su propia armadura, en un lago de un mundo alienígena, allí donde nadie recordaría para la posteridad que alguna vez Tecnófilo había sido la mayor mente criminal de su tiempo.

Próximo capítulo: “La batalla por Marte”.

lunes 14 de febrero de 2011

TCDM 02 - Los trípodes de Marte.

ANTERIORMENTE EN “TECNÓFILO CONQUISTADOR DE MARTE”: Dirigiéndose a tierras de bárbaros por mar, Tecnófilo se embarca en una nave que se lo lleva más allá de las Columnas de Hërcules. Pero una tromba marina levanta la embarcación y se la lleva fuera de la Tierra. Arrojado por la borda, Tecnófilo es engullido por una ballena espacial primero, liberado por unos insectoides arponeros después, y finalmente llevado a un palacio de la Luna en donde los insectoides lo exhiben como un animal de zoológico. Tecnófilo consigue fabricarse una armadura y se rebela, tratando de dar un golpe de estado, pero apabullado por la presencia de una exuberante mujer, es sobrepasado por los insectoides y derrotado

El monarca dijo algo, que Trgkptl aparentemente tradujo en su latín macarrónico:

–Ahora verás– y añadió con intención sombría: –Gusano.

Duele que un insectoide te llame gusano, pero duele aún más que los insectoides subordinados a ese insectoide en particular te proporcionen una paliza. Porque Tecnófilo había reaccionado y se trataba de defender con su ciclópea armadura, pero los insectoides, aunque no tan fuertes, eran superiores en número, y además Tecnófilo y su armadura estaban ambos derribados en el piso.

–¡Esperen!– dijo la mujer de piel azulada, corset dorado, ojos negro azabache, etcétera, ustedes que leyeron el capítulo anterior ya saben a quién me refiero. –Déjenlo.

Los insectoides se apartaron con respeto.

La mujer se acercó a la armadura.

Tecnófilo trató de medio incorporarse. Estaba adolorido en su armadura abollada, y apenas podía moverse.

Cuando estaba por fin levantándose, la mujer sacó un bastón de alguna parte, y propinó un bastonazo tan férreo contra el cuello de la armadura, que si no hubiera estado la placa de delgada piedra laja ahí, Tecnófilo hubiera podido ir despidiéndose de su tráquea. El bastón siguió ahí, impidiéndole a Tecnófilo levantarse.

–¡Quién eres tú!– gritó la mujer, hablando un latín aceptablemente correcto. Y luego, como Tecnófilo, aturdido, no acertara a responder debidamente, repitió en griego: –¡Quién… eres… TÚ!

–¿Yo?– dijo Tecnófilo, medio carraspiento y derrotado, pero recobrando su ampulosidad habitual. –Yo… soy… ¡Tecnófilo! ¡El más grande genio criminal de esta era! ¡Yo, destinado a gobernar y regir… EL MUNDO!!!

Y Tecnófilo consiguió por fin levantarse, pero varias clavijas en lo que se correspondían a la rodilla derecha de la armadura cedieron en medio de una nube de vapor lechoso, y Tecnófilo trastabilló y estuvo a punto de irse al suelo. Consiguió equilibrarse, pero al precio de cojear lastimosamente.

–¡Lo quiero!– espetó la mujer, volviéndose imperiosa hacia el rey de los insectoides.
Un insectoide se encargó de traducir, y el rey insectoide explotó en un bufido de rabia.

–Tráiganlo– dijo la mujer.

–¡Oye, tú, mujer…!– gritó Tecnófilo.

La sala entera se detuvo, y el tiempo mismo pareció congelarse. La chica se quedó quieta, muy quieta, ominosamente quieta. Se volvió con mucha, mucha, con extrema lentitud hacia Tecnófilo, y haciendo chirriar los dientes de rabia, le soltó un enojadísimo:

–¿Cómo me… llamaste…?

–Mu… jer…– dijo Tecnófilo, turulato de pronto, presintiendo problemas.

La mujer dio un salto, seguido de una vuelta en el aire hacia atrás, y cayó a horcajadas sobre el cuello de la armadura. Aplicándole un par de secos y muy precisos golpes, consiguió abrirla, y extrajo la cabeza de Tecnófilo de ella. Luego, giró la cabeza entera de Tecnófilo. Los miembros del pobre humano hicieron lo mismo dentro de la armadura, con el resultado de que se sintieron una serie de chasquidos seguidos de los chillidos de agonía de Tecnófilo: eran sus huesos y articulaciones crujiendo.

–Escúchame, insolente– dijo la mujer en voz muy baja y sibilando amenazas: –Me llamo Kelennia, y soy la Princesa del Reino de Satrapium. Pero para ti, soy… Su Supremacía. ¿Entendido?

Pero los ojos de Tecnófilo estaban fijos en la zona entre las piernas de Kelennia, porque al estar ella sentada a horcajadas sobre el cuello de su armadura, sus ojos iban rectos a la zona genital de la princesa.

–¿¿¿ENTENDIDO???– bramó Kelennia.

–Eh… eh… ¡Sí!

–Ahora, escucha bien lo que sigue. Tu talento para construir armaduras puede ser muy útil. Necesito que construyas máquinas de guerra para mi reino.

–¿Yo? ¡Jamás! ¡Desperdiciar mi genio, el genio más asombroso que el mal ha producido desde…!

–Escúchame… los insectos te van a comer vivo. Literalmente. Después de despellejarte. Por golpista. Si no me eres útil de alguna manera, te dejaré acá, para que te prepares a ser miel de larva.

Algunas horas después, Tecnófilo estaba embarcado en el vehículo de la princesa Kelennia. Era éste una especie de gigantesco dardo hecho con alguna especie de cristal que Tecnófilo nunca había observado en la Tierra, a medias traslúcido y a medias vítreo. Las paredes del dardo de cristal no estaban construidas con planchas de metal, sino que el cristal mismo parecía crecer en ramificaciones: no parecía algo construido, sino más bien… cosechado de alguna planta cristalina. Lo que tenía a Tecnófilo algo intranquilo, es que el medio de propulsión a utilizar sería… una catapulta.

–Ignition sequence activated!– gruñó uno de los pilotos del dardo de cristal, en un idioma desconocido y místico incluso hasta para ellos. –Ten! Nine! Eight! Seven! Six! Five! Four! Three! Two! One! Ignition!

Un par de recios insectoides aplicaron sus pinzas a una correa de algo que podía ser o no ser cuero, y cortando dicha correa, soltaron la catapulta. El dardo de cristal ascendió, ascendió, ascendió…

–¿Vamos hacia la cara oculta de la Luna?– preguntó Tecnófilo.

–Marte– dijo Kelennia, con una frialdad glaciar.

–¡M…! ¡Marte!– soltó Tecnófilo. ¡Guau! ¿Eres la reina de Marte o algo así…?

–No. Soy la princesa de Satrapium. Mi reino está a orillas del lago salino de Alkbar, el último de gran tamaño que va quedando de Marte. Pero mi reino ha sido invadido por las fuerzas del malvado Eljus Daudrum, el malvado señor de Askarva. Eljus Daudrum pretende conquistar todo el planeta, y después… ¡conquistar la Tierra! Es un malvado.

Tecnófilo sintió una alegría salvaje al saber de Eljus Daudrum. ¡Al fin un tipo al que sería agradable conocer! Un imperialista megalómano que les enseñaría a todos cómo se deben hacer las cosas, a saber, con mucha autoridad, opresión y fuerza bruta. Eljus Daudrum les enseñ…

Er… Ehm…

Tecnófilo miró una vez más los tersos y bien delineados muslos de Kelennia. Luego, su mirada ascendió. Los ojos de la princesa parecían a la vez fríos y melancólicos. Tecnófilo sintió la viva necesidad de consolar a aquella pobre mujer, para quien sin duda el gobierno era demasiado grande en un mundo de hombres.

–No te preocupes, mi gatichorri, que aquí está un hombre que te va a def…

El ofendido ¡¡¡BAM!!! (guantazo) que Kelennia le asestó a Tecnófilo en todo lo que se llama su cara, quizás se haya escuchado incluso en Júpiter.

Tecnófilo se sintió cohibido. ¿Qué haría? Podría unir fuerzas con Eljus Daudrum y apoderarse de Marte. Después se las arreglaría para traicionarlo y quedarse como gobernante único. O bien…

Podía ponerse de lado de Kelennia, salvar su trono, casarse con ella, y después aparearse de la manera en que Lucrecio describe que se unen los átomos en su poema épico “De Rerum Natura”: “Pero aunque concedamos ser posible, ¿su conjunción engendrará otra cosa que un pueblo numeroso de animales? Así como los hombres, los ganados y alimañas por medio de la Venus engendran hombres, fieras y ganados”…

¡¡¡BAM!!!

Tecnófilo se sobó una vez más la mandíbula, mientras Kelennia lo miraba con reprobación.

–¿Y? ¿Qué dices a lo que te pregunté, infeliz?

¿Qué rayos le había preguntado ella…?

–Er… Sí– dijo Tecnófilo.

–¡Bien!– dijo Kelennia, marcial.

–Bien… ¿qué…? Si es que… se puede… ya sabes… ¿saber…?

–Que esa armadura que produciste, la producirás para mis soldados en Marte, para que podamos resistir a la tiranía de Eljus Daudrum.

–¡Pero por supuesto que sí!– dijo Tecnófilo. –Y si queréis, princes…

¡¡¡BAM!!!

–¡¡¡SU… SUPREM…!!!

–…macía, sí, Su Supremacía, por supuesto, me corrijo, Excelenc… er… Su Supremacía, sí, eso quise decir, ehm… Pero como iba diciendo, si queréis, princ…. er, quise decir, excel… er… quise decir… Su Supremacía… si queréis os fabrico una armadura especial para vos, grande y resistente como el mundo nunca… como el mundo de Marte, se entiende, nunca ha visto… y os ayudo yo mismo a encajar en ella y usar y probarla… Tendríais que desnudaros, sí, pero es que así se maneja mejor, ya sabéis…

Tecnófilo se interrumpió y apretó muy apretados los ojos, por si le llegaba otro golpe, pero al notar que pasaban los segundos y no había un nuevo ¡¡¡BAM!!!, miró en dirección a la princesa Kelennia muy tímidamente, sin bajar la guardia. Para su sorpresa, ella estaba pensativa. Y dijo:

–Está bien…

Atónito e incrédulo, Tecnófilo intentó entonces aprovechar mejor su suerte:

–Y a propósito… ¿cómo es que hacéis para, siendo vos marciana, hablar tan bien el latín y el gr…?

¡¡¡BAM!!!

–¡Eso no te importa!

En ese minuto, el piloto anunció a la princesa Kelennia:

–¡Su Supremacía, estamos a la vista del planeta Marte! ¡Estamos preparándonos para el amartizaje!

Tecnófilo concentró su atención a través de lo que buenamente se traslucía por las paredes retorcidamente barrocas del cristal. Ahí estaba Marte, un enorme disco rojizo con dos prominentes casquetes polares de un deprimente blanco sucio, y con algunos manchones de verde y azul con nubes arremolinándose encima del Ecuador. Este salvaje contraste entre los relajantes tonos verdiazules y la apabullante monotonía del rojo en el resto del cuerpo celeste, hacían aún más abrumadora la perspectiva de aterrizar allí.

–¡Preparen las escaleras!– gritó la princesa Kelennia.

–¿Escaleras? ¿Vamos a aterrizar en el aire o algo…?– preguntó Tecnófilo.

El dardo de cristal entró a gran velocidad en la más bien raquítica atmósfera marciana, y se estrelló violentamente contra su superficie, hundiéndose en la misma y generando un cráter de respetable tamaño. El piloto, con una palanca, expulsó el motor del dardo de cristal hacia el exterior, y por el forado que quedó en la base del dardo, ahora convertido en el techo, podían verse las paredes del agujero creado por el impacto. La princesa y los suyos pusieron las escaleras en dichas paredes, y así se las arreglaron para ascender.

–Tomen nota de dónde cayó la nave– dijo la princesa Kelennia.

–Con lo enterrada que está, y con el material de que está hecho, y considerando las fisuras por fatiga de material que pude apreciar, no creo que la nave pueda tener otro uso como tal…– opinó Tecnófilo.

–No seas idiota, tomamos nota de la ubicación de la nave para después enterrar los restos y que germinen para crear más agujas de cristal que convertir en naves espaciales. O qué creías acaso, mamarracho, ¿qué las naves espaciales crecen en los árboles?

–Más bien salen de la tierra como los arbustos– observó Tecnófilo.

–¡Bien!– dijo la princesa. –¡No eres tan idiota después de todo!

La princesa y su pequeña comitiva caminaron por la planicie marciana. Tecnófilo respiró la atmósfera marciana, y observó que el aire estaba sumamente enrarecido, un poco como en las alturas de Tesalia. El suelo era de una gama de tonos que iban desde el ocre al rojizo. La atmósfera por su parte era rojiza también, aunque en la distancia, allí hacia donde se dirigían, había algunos jirones azules. La princesa explicó:

–Ese es el lago Alkbar, uno de los últimos reductos del viejo Marte. Por alguna razón, nuestro planeta se está desecando. Antes estaba lleno de bosques y fauna de todo tipo. Nuestros mares no eran extensos como el océano de leche de la Luna, o el de agua salina de la Tierra, pero el agua en las capas freáticas alimentaban a nuestro mundo. Pero desde hace unos cinco milenios, el agua ha ido desapareciendo. Los marcianos tienen sed y están dispuestos a cualquier cosa por tener agua o cultivos. Nuestra civilización se está apagando.

–¿Y no pueden hacer nada? Con la tecnología que tienen para viajar por el espacio, no me creo que…

–Eljus Daudrum cree en la fuerza. Quiere reunir a todo Marte bajo su cetro para iniciar la conquista de la Tierra, exterminar a los humanos, y colonizar tu planeta. Nosotros, en cambio, confiamos en la ingeniería social, y además en el desarrollo tecnológico que nos permita generar más agua. Hasta el momento, la alianza de naciones que lideraba Satrapium había conseguido crear grandes acueductos techados a través de los cuales transportamos el agua desde los casquetes polares de Marte hasta las regiones tropicales, pero ahora la desecación ha avanzado demasiado incluso para que eso sea una solución. Las tormentas de arena se vuelven más frecuentes y los valles fértiles quedan hundidos bajo las dunas, y la gente está desesperada.

Tecnófilo hizo un gesto de fastidio. Esperaba encontrarse con un mundo próspero y fértil, en donde la presencia funesta de Marbod el Bárbaro no le impediría conquistarlo a su antojo. Pero en vez de eso, se encontraba con un planeta moribundo, con habitantes también moribundos. Tecnófilo sería el último rey, el secundario gracioso que recita la última línea de diálogo en una obra teatral antes de que ésta se termine.

De pronto, allí donde había un color azulino en el cielo, éste comenzó a mutar en un tono rojizo, y luego un rojo oscuro, y a continuación el negro. Indiscutiblemente, era humo.

–¡Eljus Daudrum! ¡Ha iniciado la invasión de Satrapium!– dijo Kelennia.

–¡Princesa!– dijo Tecnófilo. –¡Mi armadura! ¡Habéis traído mi armadura! ¿Verdad?
Los soldados que escoltaban a Kelennia, la miraron con preocupación. Pero ella, obviando el hecho de haber sido llamada “princesa” y no “Su Supremacía”, probablemente por la gravedad de la situación, hizo un gesto mudo de asentimiento con la cabeza, y los soldados con obediencia retrocedieron hasta la nave.

Sacar la armadura empotrada dentro del dardo no fue misión sencilla, pero lo lograron. Tecnófilo la examinó acuciosamente, y se dedicó en cuerpo y alma a repararla. Finalmente pudo introducirse en ella, y utilizarla como correspondía.

O casi. Porque la gravedad marciana, mayor que la lunar, y la más o menos baja densidad atmosférica, hicieron que pronto Tecnófilo estuviera resollando con todas sus fuerzas para agarrar aire.

–¡Muévete, maldito, o yo mismo entraré ahí para moverte!– gritó Kelennia.

–¡Princesa…! ¡No sabéis…! ¡Lo feliz…! ¡Que me haríais…! ¡Si entrárais…! ¡En mi armadura…!– resolló Tecnófilo, pero su mente discurrió una idea. Usando su kit de herramientas, que portaba junto con la armadura por razones de seguridad, se fabricó un pequeño pellejo al que adosó un pequeño compresor de aire, que se alimentaría a si mismo conforme la armadura corriera hacia delante.

Tecnófilo hizo andar entonces la armadura. Con éxito.

El grupo entero comenzó a correr.

Ante Tecnófilo se presentó entonces un espectáculo como aparentemente ningún par de ojos antes había visto.

La ciudad marciana era una bella y ajedrezada colección de edificios semicristalinos, que parecían crecer desde el mismísimo suelo marciano. Estos salían desde robustas y chatas raíces y se elevaban un poco sobre el suelo, quizás treinta o cuarenta centímetros, antes de enroscarse en formas vivas y flamígeras, creciendo después hacia lo alto como enormes agujas que en su base tenían espacio suficiente para varias habitaciones, y en su cúspide servían como torreones. Las calles estaban pavimentadas con losas también semicristalinas. Aquello parecía una especie de bosque fantasmagórico, bajo una atmósfera en la que combatían los jirones azules que venían del lago, con los rojizos procedentes desde el desierto marciano tragándoselo todo.

Pero aquel paisaje estaba también poblado de estertores y humo: los gigantescos edificios cristalinos ardían refulgientes como diamantes echados a un horno, mientras eran atacados sin piedad por enormes máquinas que avanzaban como gigantescas caparazones de alguna clase de metal. Eran trípodes, máquinas de tres pies que se movían con mucha calma, implacables, calle a calle, y que proyectaban alguna clase de rayo calorífico: al contacto del mismo, el cristal de los edificios se cuarteaba y ardía como una hoja de papel. La ciudad entera estaba cubierta de cenizas, y el aire se hacía irrespirable a medida que avanzaban hacia el incendio.

–¡Su Supremacía, qué bueno habéis vuelto!– gritó un hombre también de piel azulina, éste anciano y barbado. –¿Habéis obtenido ayuda de los lunáticos?

–¡Esos malditos lunáticos están lunáticos!– gritó Kelennia, por encima del estruendo de la batalla. –¡No quieren abandonar su Luna para pelear esta batalla decisiva! ¡Tendremos que bastarnos solos!

–¡No os preocupéis, Su Supremacía, que yo, el fiel Uurgha, que ha servido a vuestra familia desde la generación de vuestro bisabuelo, pasando por la de vuestro abuelo y vuestro padre, estaré por siempre con vos a vuestro lado, y lucharé sin cesar para que el malvado Eljus Daudrum sea finalmente derrotado! ¡He aquí que yo, de pie, hago juramento solemne en esta hora de adversidad, para declarar que me mantendré firme y sin caer en la lucha contra…! ¡¡¡AGH!!!

Un rayo calorífico había alcanzado al pobre Uurgha, y ahora el viejo era una colección de huesos semicalcinados. Kelennia se agachó con reverencia ante él, y soltó una lágrima.

El trípode que había lanzado el rayo calorífico, enfiló ahora hacia Uurgha. Tecnófilo se puso entonces entre ella y el trípode. De pensarlo jamás hubiera hecho eso, pero el instinto reproductivo estaba muy activo en él desde que había visto los muslos y el busto de la princesa Kelennia.

El trípode disparó. El rayo calorífico golpeó directamente a Tecnófilo en su pecho.
Nada sucedió.

–¡Vaya! El coeficiente calórico de esta piedra lunar es… ¡Asombrosamente bajo!– soltó Tecnófilo, asombrado y boquiabierto. Y luego le gritó al trípode: –¡Muy bien, marciano, ahora te enseñaré!

Tecnófilo corrió hacia el trípode y le asestó primero un golpe y luego otro con sus puños recubiertos de la más dura piedra laja lunar que había podido encontrar, abollándolo irremisiblemente. Luego, cuando lo tenía trastabillando, apuntó directo y a bocajarro su cañón de brazo contra el único ojo que tenía, y desde el cual salía el rayo calorífico. El trípode trató de disparar, pero Tecnófilo fue más rápido, y le encajó uno de sus balines de piedra en el interior de su reactor. El trípode estalló por debajo, y su carcasa ahora muerta, se desplomó cuan corta era sobre la superficie marciana.

Tecnófilo revisó su armadura rápidamente. Para su irritación, descubrió que el pellejo del que dependía su propia respiración, se había roto. Además, otros trípodes asomaban alrededor, no demasiado atemorizados por el nuevo enemigo, y sí muy ansiosos de acabarlos.

Próximo capítulo: “Supervillanos de un planeta moribundo”.

lunes 7 de febrero de 2011

TCDM 01 - Más allá de las Columnas de Hércules.

Navegaba un día Tecnófilo más allá de las Columnas de Hércules, cuando de pronto una gigantesca tromba marina agarró su embarcación y se lo llevó, tras un viaje de siete días y siete noches, hasta la Luna. Sucedió de esta manera.

Perseguido a causa de ciertos crímenes cometidos contra la seguridad del Emperador Tiberio, incluyendo asesorías al traidor Sejano, juzgó prudente Tecnófilo desaparecer un tiempo desde el Orbe Terrarum, y utilizar sus magnos conocimientos científicos para conquistar a alguna tribu bárbara de la que hacerse su cabeza, y así conquistar el mundo. Con tales designios en mente, embarcase en un navío de homéricas velas, que acariciado por los rosados dedos de la aurora, dióse a la mar con rumbo a las Columnas de Hércules. Iba enmascarado bajo un nombre supuesto, y conocíanle los otros pasajeros tan solo como el Griego, habiendo adivinado que tal era su procedencia por su acento. Pensativo a través de la borda miraba, rumiando nefastos pensamientos de venganza en contra de Marbod el Bárbaro, el guerrero que en varias ocasiones habíale enfrentado y abortado sus planes en embrión, cuando de pronto acércase la antedicha tromba, y vuelan Tecnófilo, embarcación y tripulantes, todos aquellos por los aires.

Conversan entre sí entonces marineros, y dícense los unos a los otros:

–En verdad bien empleados nos están tales sucesos, por cuanto más allá de lo que le es permitido al hombre hemos tentado a navegar. Así, pues, hagamos acto de contrición hacia los dioses, roguemos con humildad, y quizás se dignen los divinos en regresarnos a la superficie a la cual pertenecemos.

–¡Pero cuánta necedad!– protestó otro, dándole expresión al mudo sentir de muchos, para quienes la humildad y la contrición vergüenza son, porque no debe un hombre arrodillarse enfrente de un dios, que a fin de cuentas es también hombre, sólo que con superpoderes. –Mas bien deberíamos averiguar cuál es la causa de la molestia, deberíamos echarlo a suertes, y pasajero que saliere elegido, a fe mía que pasajero por la borda arrojado es. ¡Ea, pues, dejemos tales dudas y vacilaciones, y empleemos tales métodos para llegar al fondo de esta verdad!

Y como protestare uno de ellos, violentamente acallado fue gritándosele: “¿Es que acaso temes ser vos quien ha provocado la cólera de los dioses…?”.

De esta manera echáronse a suertes los marineros, principiando por las nacionalidades, y entre ellas salió la griega. Luego echáronse a suertes quien de los griegos a bordo merecíase tan aciago destino, y resultóle tan negro sorteo a Tecnófilo.

Viéndose entonces perdido, plenos de violencia como estaban los marinos, tentó entonces Tecnófilo de dirigirles un discurso que placer en la pluma del poeta épico hubiera sido, y dióse entonces a las siguientes palabras:

–¡Compañ…!

–¡¡¡AGÁRRENLO, AGÁRRENLO, SE ESCAPA, A ÉL!!!

–¡Dénle una por mí!– dijo un enano que iba en la tripulación, que odiaba a Tecnófilo por principio ya que odiaba a todo el género humano por ser demasiado alto, pero que era de patitas demasiado cortas para emplearle algo al griego, o a cualquier ser humano, ya puestos.

Tecnófilo se refugió en la cocina de la nave, y trató de buscar entre las provisiones algún compuesto que le sirviera para preparar un arma química y defenderse. De pronto, luego de abrir un barril, exclamó:

–¡Eureka!

Y sacó entonces del barril un ejemplar de la revista infantil “Eureka”. REVISTA INFANTIL “EUREKA”, LA FAVORITA DE LOS NIÑOS GRIEGOS. CÓMPRELA EN SU KIOSKO ANTES QUE SE AGOTE.

Abrió otro barril, y volvió a decir “¡Eureka!”, pero ahora sí en el sentido griego de “lo encontré”. Y sacó lo que había allí, a saber, unas astillas de un árbol aromático que crece en Etiopía y que después la codicia de los seres humanos se encargaría de extinguir. Con dichas astillas, moliéndolas adecuadamente, podría fabricar un compuesto químico que, arrojado entre los marineros, desataría un aroma tan fuerte que los anestesiaría y drogaría lo suficiente como para incapacitarlo. De manera que empezó a moler para así fabricar su…

–¡¡¡AGÁRRENLO, AGÁRRENLO, SE ESCAPA, A ÉL!!!

La versión corta del cuento señala que Tecnófilo fue agarrado de esa manera, y arrojado limpiamente por la borda de la nave.

Pero consiguió agarrarse a una jarcia, y se columpió en ella, mientras por debajo veía el disco de la Tierra. Tecnófilo sabía que la Tierra era redonda gracias a que conocía adecuadamente bien la obra de Eratóstenes, galardonado en su día con un Premio Alexandros al Mejor Científico de 251 antes de Cristo por la Academia Científica Publicidad a Tolomeo. Pero otra historia era ver los mares, los continentes, el verdor de los bosques, el amarillo de las estepas y desiertos, el blanco de los hielos, los jirones de nubes desgarrando el manto azul de las olas…

–¡¡¡AGÁRRENLO, AGÁRRENLO, SE ESCAPA, A ÉL!!!

Mientras Tecnófilo empezaba a preguntarse si el guionista de su vida había escrito los diálogos de los marinos con copy-and-paste, éstos a punta de remos lo hicieron soltarse de las jarcias. Ahora sí que cayó a velocidad libre, de regreso a la Tierra.

Ni él ni los marinos murieron por asfixia porque por encima de la atmósfera existe el éter, como fue probado por los experimentos de Maxwell en el siglo XIX, y antes que él, por Micromegas en su gargantuesca visita a la Tierra, y aún antes que ellos, por Tecnófilo al evitar morirse de asfixia por encima de la atmósfera.

Pero eso no impediría que en algunas horas, Tecnófilo acabara estrellado contra la superficie terrestre.

Sin nada mejor que hacer en el largo camino que le quedaba hasta su previsible final, y decidido a dedicar hasta los últimos segundos de su vida al conocimiento científico, Tecnófilo agarró el ejemplar de la revista Eureka que, de alguna manera, seguía en su bolsillo, y se puso a leer. En la portada aparecía un grabado de Herón de Alejandría, con las siguientes palabras: “¡¡¡EXCLUSIVO!!! Entrevista con el inventor de la máquina de vapor: sus sueños, sus predicciones, su Premio Alexandros, y su proyecto de fabricar el juguete a vapor más grande de todos los tiempos”. En la primera página apareció un reclamo publicitario, con el grabado de una bella chica de senos turgentes promocionando una calculadora de Antikiera: “Sólo Antikiera es capaz de calcular con exactitud el diámetro de mis pechos”. Tecnófilo deploró que los segundos de su vida estuvieran contados, y hubiera desperdiciado algunos valiosos de ellos en publicidad.

En ese minuto, apareció una ballena y se lo tragó.

Debo escribirlo así porque de esa manera tan repentina es como sucedió. Pero ahora no pasará nada importante durante algunas horas, así es que aprovecharé de explicar. No es que Tecnófilo haya caído al mar y allí una ballena se lo hubiera comido; si tal hubiera sido el caso, como mucho se habría devorado sus restos molidos por el impacto. La ballena efectivamente estaba en el éter, porque más allá de la atmósfera, en el éter, viven las ballenas espaciales. No son demasiado abundantes, pero allí están: se alimentan de plancton del éter, y las atmósferas de los mundos para ellas son venenosas, por lo que no se adentran en ellas. La próxima vez que escuches aquello de que por suerte las vacas no vuelan, piensa en la suerte de que las ballenas espaciales vuelan demasiado lejos de la Tierra, y muchas veces sus deyecciones caen en muchas otras direcciones, a según la fuerza de gravedad, además de que se queman en la atmósfera. La próxima vez que le pidas un deseo a una estrella fugaz, considera que eso podría ser una cagada de ballena. Los astrólogos saben bien que esa es la razón de que no todos los deseos pedidos a las estrellas fugaces se cumplen, porque sólo valen los que se piden a los meteoritos.

Todo este devenir de los acontecimientos obró a favor de Tecnófilo, por una sencilla razón. Ustedes han escuchado aquello de que lo que te mata no es la caída sino el impacto, ¿no? Bueno, eso pasó con los pobres tripulantes de barco arrebatado por la tromba. Después de siete días y siete noches, la tromba azotó al barco contra la Luna. No sobrevivió nadie, ni siquiera el enano maldito que mencioné.

En cambio, Tecnófilo estaba bien asegurado en el interior de la ballena. El problema es que sólo tenía un alimento a disposición, que era el plancton del éter, medio digerido en el estómago de la ballena, lo que muchos hubieran considerado como algo vomitivo. Pero claro, si estás dentro de una criatura que jamás va a posarse ni en la Tierra ni en ningún mundo y no tienes reservas de alimento, entonces agradeces tener plancton del éter semidigerido aunque tenga gusto a… bueno, no tengo por qué ser suave aquí: aunque tenga gusto a vómito de ballena, que eso es exactamente lo que sería si una ballena decidiera rascarse el interior del gaznate con una pluma de garza de asteroide.

Ya se estaba resignando Tecnófilo a que pasaría el resto de su vida comiendo vómito no vomitado de ballena, y echando sus heces de manera tal que se irían a mezclar con las heces de la ballena para posteriormente desintegrarse en la atmósfera de algún mundo, cuando de pronto sintió que las paredes empezaban a llenarse de sangre. Tecnófilo estaba familiarizado con la obra de Hipócrates de Cos como para saber lo que era una hemorragia interna, pero éste las atribuía a la influencia del viento del norte cuando viene salino desde el mar, combinado con un temperamento que pudiera ser considerado como bilioso (melancólico o colérico, cualquiera de los dos, porque como se sabe, el temperamento sanguíneo viene de la sangre y el flemático de la flema). Preocupado por lo que pudiera estar sucediendo, Tecnófilo corrió arriba y abajo del sistema digestivo de la ballena, hasta que de pronto, vio como las paredes de su prisión (o sea, el cuerpo de la ballena, sus músculos, tegumentos, etcétera) eran arponeados. Y entonces entendió que se había topado con algo nuevo: arponeros cazadores de ballena del espacio.

Cuando todo acabó, la sangre seguía manando, y Tecnófilo, ahora completamente embadurnado, se corrió hacia la boca de la ballena para no acabar ahogado en un baño de sangre… dicho en forma literal. En la boca de la ballena, ahora entreabierta, alcanzó a ver algunas extrañas figuras. Estas aparentemente le vieron, y se gritaron entre sí algunas expresiones que Tecnófilo no pudo entender. Pero las criaturas entraron, y le sacaron a las rastras de ahí. Al verle, éstas se interrogaron entre sí: por los gestos que hacían a sus espaldas, Tecnófilo entendió que las criaturas se preguntaban por qué el humano carecía de alas.

Las criaturas que habían arponeado a la ballena espacial eran insectoides.de un enorme tamaño, incluso más grandes que un humano, pero bastante desgarbados. Tenían cuatro brazos, dos de ellos terminados en tenazas y dos en algo así como manos rudimentarias, y dos patas, y alas. Su coraza quitinosa parecía gruesa y muy resistente. Tenían ojos facetados, y carecían de pabellón auditivo.
Entonces Tecnófilo miró hacia el enorme disco que estaba delante suyo: era blanco como la leche, y enormemente brillante. Luego miró en otra dirección, y encontró el disco azul de la Tierra, colgando en el espacio. Entendió de inmediato.

–Por Zeus… ¡Estoy en la Luna!

Los insectoides se lo llevaron rápidamente atmósfera abajo, cargándolo como un trofeo. Conversaban entre sí con un idioma que parecía una mezcla de chasquidos y zumbidos, y que tenía una desagradable carencia de vocales.

A mitad de camino hacia la Luna, los insectoides que habían capturado a Tecnófilo se posaron sobre una plataforma. Tecnófilo la observó detenidamente, preguntándose qué había de raro en su arquitectura, cuando de pronto entendió: en realidad estaba sobre un gigantesco insecto que muy seguramente medía un estadio griego de largo o más, y que planeaba sobre la atmósfera lunar. Sobre dicho insecto, los insectoides habían construido algunos albergues. Seguramente eran el equivalente insectoide lunar a los bárbaros cazadores de pieles del norte de Europa o similares.

–Tecnófilo– se presentó.

–Tknflu– trató de farfullar uno de los insectoides.

–Tecnófilo. Tec… nó… filo.

–Tkn… flu– dijo el insectoide.

Y luego, en lo que parecía presentarse, se llamó a sí mismo:

–Trknsh.

–Vaya un nombre, el hijo d…

–¿Vrgkrish?

–Eh… er… nada. No importa.

Aquello fue seguido por una catarata de ruidos por parte de los otros insectoides.

Pasaron algunos días, y Tecnófilo confirmó que la plataforma era el hogar de los insectoides cazadores de ballenas, que la utilizaban como base de operaciones para perseguirlas más allá de la atmósfera y regresar. También descubrió que habían más insectoides en la superficie de la Luna, y que eran mucho más civilizados, algo esperable considerando que sobre la sólida superficie lunar había mucho más espacio para construir que allá arriba en el insecto convertido en plataforma.

En estas investigaciones, llegó una comisión de cuatro insectoides desde la superficie lunar. Uno de ellos claramente tenía más rango que los otros porque vestía una especie de capa corta de un tejido suntuoso. Ver a un insecto con tales ajuares era tan ridículo como ver a un mono coronado de rey, y Tecnófilo no pudo evitar reirse ante el espectáculo. Afortunadamente, los insectoides no entendieron qué cosa le causaba tanta gracia al humano.

Pero la sorpresa de Tecnófilo fue mayúscula cuando el insectoide lo miró y le dijo:

–Huuuu… mno.

–Humano, sí…– dijo Tecnófilo.

–Yo… so… Trgkptl.

–Trg… k… ptl– dijo Tecnófilo, que ya aprendía algo d el idioma de los insectoides, actividad favorecida porque en realidad no tenía nada mejor que hacer (la revista Eureka ya se la había leído de parte a parte, además de que había quedado casi ilegible después de estar bañado de sangre de ballena, y hacerse tocaciones con la chica de la publicidad ya le aburría por lo monótono). –Oye… ¿te puedo llamar Trug, mejor?

Los dos brazos derechos de Trgkptl se movieron con violencia y lo arrojaron contra el suelo. Tiempo después, Tecnófilo descubriría que la raíz léxica “trg”, pronunciada con una débil vocalización de la “r” que puede crear en oídos humanos la ilusión de haber una vocal “u” ahí, en realidad significa “cobarde de mierda” en el idioma principal de los insectoides, y que Trgkptl se sentía muy orgulloso de su nombre que significaba “Azote y perdición de los cobardes de mierda”, porque era un guerrero sin par.

Trgkptl chapurreaba algo de latín, y Tecnófilo comenzaba a entender palabras simples del idioma insectoide, de manera que ambos pudieron más o menos entenderse. Parecía ser que Trgkptl había sido enviado por el monarca más poderoso de los insectoides, en la noticia de que existía un humano vivo en la plataforma (los únicos humanos que conocían los insectoides eran los pobres desgraciados a los que de tarde en tarde aplastaban las trombas, de manera que en sus museos palatinos habían varios esqueletos humanos, pero ningún cuerpo completo, y menos aún un humano vivo para sus zoológicos). Por supuesto que el monarca ése, quería tener a Tecnófilo en su zoológico particular.

Dadas las circunstancias, Tecnófilo no tenía demasiado para elegir. Siguió dócilmente a Trgkptl, o más bien, fue llevado por éste. Trknsh, como jefe de la expedición que había descubierto por accidente a Tecnófilo, fue también llevado a la corte, en donde le esperaría una suculenta recompensa.

Al acercarse a la superficie de la Luna, Tecnófilo descubrió con asombro que casi toda su superficie estaba cubierta por un gigantesco y único mar con un líquido blanquecino, lechoso, que Tecnófilo no pudo identificar. En algunas partes, habían algunos cráteres, en cuyas paredes parecían haberse instalado los insectoides. (Los barcos azotados por las trombas, son despedazados contra la superficie marina, que a esa velocidad es como si fuera una pared sólida).
Se dirigieron a uno de los cráteres, que en su centro tenía un lago con ese mismo líquido lechoso, y al mismo nivel, por lo que Tecnófilo sospechó que existían túneles y canales submarinos conectando el interior con el exterior del cráter. En sus paredes se habían construido algunas fastuosas edificaciones, todas ellas en adobe o piedra porque no parecía existir demasiada madera disponible, incluyendo el que evidentemente era el palacio del monarca. Las ciudades insectoides no tenían calles porque no las necesitaban, teniendo los insectoides alas como las tenían, y eso les facilitaba construir en los acantilados y desfiladeros. Tecnófilo empezó a sospechar que la Luna sería un mundo bastante difícil para él, a no ser que se dedicara a su pasatiempo favorito de construir armaduras de madera y metal accionadas con poleas que pudieran, de alguna manera, suplir sus desventajas corporales.

El monarca era un insectoide más grande que sus pares, y tenía como tocado un gracioso gorro alto y abombado, terminado en punta. En su cuello se había anudado un largísimo pedazo de tela que le llegaba hasta donde debería estar el ombligo, y que a Tecnófilo, a la vista, le recordó la seda italiana, pero que en general producía un efecto ridículo en el insectoide. Sus partes pudendas estaban desnudas, como el resto de los insectoides, lo que para ellos no era problema porque carecían de órganos genitales visibles.

Trgkptl obró como traductor entre el monarca y Tecnófilo, con sus conocimientos de latín extraídos de vaya uno a saber dónde, y su horrífica pronunciación. Gracias a eso, Tecnófilo entendió que sería destinado a una celda en que sería exhibido por el monarca, como uno de sus más valiosos y raros tesoros (¡un humano VIVO!). Quizás no sería una mala vida, después de todo.
En la corte, muchos se fijaron en las ropas de Tecnófilo, obviamente ajadas después de todas las peripecias transcurridas. Muchos de ellos las miraron con curiosidad y chasquearon las pinzas de la boca: Tecnófilo había aprendido que esa era la manera de reirse de los insectoides. Particular gracia parecía causarles que Tecnófilo se tapara la sección entre las piernas, y hacían gestos que parecían indicar su incredulidad ante cómo Tecnófilo podría moverse con semejantes telas rozándole las piernas e impidiéndole abrir las piernas.

Durante los siguientes días, semanas y meses, Tecnófilo empezó a vivir su nueva vida en una celda. Era un poco incómodo, es cierto, pero el alimento no era malo. Aparentemente, los insectoides vivían principalmente de la pesca de especies sacadas del mar lechoso, y las cosas ésas no tenían mal sabor, aunque los insectoides tenían la nefasta costumbre de comer tales especies marinas casi crudas, aderezadas sólo con un producto vegetal que bien podría haber sido arroz, amasado y sobajeado hasta ser convertido en unas bolitas insípidas. Si Tecnófilo hubiera conocido alguna vez a un japonés, tampoco habría gustado del sushi, probablemente. No tenía material de lectura, porque los insectoides no parecían conocer la escritura, y lo que podría llamarse su arte literario eran espesas recitaciones de poetas que memorizaban sus obras de memoria, lo que para Tecnófilo era un suplicio por la barrera del lenguaje. Así, durante los primeros días se aburrió soberanamente, pero después, cuando un insectoide que lo observaba pasó con un par de palillos y el insectoide se los pasó, Tecnófilo tuvo algo con lo que divertirse, ejercitando su habilidad mecánica. Maravillados, los insectoides pusieron entonces a su disposición otras cosas que pudieran servirle como palancas, engranajes o piezas, y le contemplaban jugar con aquellos aparatos como un niño con sus juguetes.

En su desprecio por aquella criatura tan inferior que parecía incapaz de hablar de manera decente su idioma, y tan débil que ni siquiera tenía una caparazón de quitina, los insectoides no se daban cuenta de que Tecnófilo estaba desarrollando una nueva armadura de guerra. Lo único que veían eran piezas, placas y engranajes dispersos por aquí y por allá en la habitación de Tecnófilo, pero sin entender demasiado de aquello, le dejaban en paz como a un animal chiflado.

Eso, hasta el día en que la armadura de Tecnófilo estuvo acabada. Ese día, Tecnófilo salió de la habitación montado en una armadura de metal y placas de piedra, increíblemente pesada, que se movía gracias a unos ingeniosos mecanismos hidráulicos que Tecnófilo había improvisado utilizando el líquido lechoso, que tenía algunas interesantes cualidades hidrodinámicas para tales efectos. Incluso se las había apañado para convertir sus dos brazos en cañones que disparaban bolas de metal con un sistema de aire comprimido, con los cuales derribó a varios insectos en su camino.

Con una escalofriante carcajada, Tecnófilo apareció en el salón del trono, dispuesto a liquidar de una vez por todas al rey insectoide e instalarse en su lugar para apoderarse DEL MUNDO, o del satélite del mundo al menos.

Pero lo siguiente que vio, fue una hermosa doncella de piel delicadamente azulina, músculos muy tonificados, pechos turgentes sostenidos como en una copa por un corset de metal dorado, y los más bellos y profundos ojos negro azabache que Tecnófilo hubiera soñado con ver jamás.

Y turulato como estaba ante la arrobadora visión, fue derribado. Ahora, Tecnófilo tenía a los insectos encima, y no tenía escape posible. Sus sueños de conquista mundial, o mejor dicho lunar, habían durado apenas unos cuantos minutos, y se habían desvanecido apenas ante la visión de una tentadora.

Próximo capítulo: “Los trípodes de Marte”.